Pasen y vean

La pregunta del millón es ¿se hubiera dejado VOX arrastrar por una hipotética e imposible moción planteada por el PP a su única y dudosa gloria?

En el permanente y bochornoso espectáculo que, desde que prosperara la tramposa moción de censura del impostor Sánchez a un más que desorientado Rajoy (véase la sentencia definitiva del Supremo), especialmente enfangado por la inesperada (¿imprevisible?) pandemia, el pasado jueves supuso un serio punto de inflexión, a la vez que álgido.

La mascarada -nunca mejor dicho- a la que tuvimos que asistir en el Congreso hizo retratarse a todos los intervinientes. Desde los dos oponentes, aspirante y titular, hasta cada uno de los innumerables portavoces (y “portavozas”) que no pudieron resistir la tentación de aprovechar su minuto de gloria. Otra cosa es que de verdad aspiraran a dejar clara su posición, lo que hubiera resultado evidente -como lo fue- en el resultado de la votación; pero parece que consideraron necesario contribuir al mantenimiento de la confrontación dictada desde Moncloa y exhibir su impudicia alimentándola. Prácticamente sin excepciones.

¿Para cuándo un ERE de diputados? ¿para cuándo un control de su productividad real?

La sustitución de una oratoria seria y precisa por la abundancia de chascarrillos, diatribas e insultos varios, da cuenta de la auténtica calidad de nuestros políticos. La ausencia de proyectos, de planes sensatos, de medidas efectivas al menos en su propia formulación en cualesquiera de los asuntos prioritarios a los que España se enfrenta (pandemia versus democracia lo resume todo), contrastó con la gravedad de la situación general de la denominada segunda ola y el previsible desconcierto que evidenciaría la sesión vespertina de la conferencia de presidencias autonómicas.

Fueron recurrentes las citas extravagantes, las menciones al circo, las pérdidas de tiempo y la inutilidad efectiva de la sesión, que por evidentes no exigían mayor esfuerzo demostrativo. Lo que, sin embargo, no justifica la faena ni -mucho menos- el salario que por ella perciben (¿para cuándo un ERE de diputados? ¿para cuándo un control de su productividad real?).

El conocido “fuese y no hubo nada” no es sin embargo el final de este episodio. Más crispación, más engolamiento de unos, más vergüenza para otros, más división y más ineficiencia, son algunos de sus tristes corolarios. Tal vez es ése el sentido del “ocio alternativo” que el inefable Castells propone para los ahora díscolos -antes héroes- jóvenes (y “jóvenas”) universitarios.

Se ha dolido Santiago Abascal del “hasta aquí hemos llegado”, de la dura alocución de Pablo Casado, como lo haría el púgil noqueado que creía tener acorralado al contrario en un rincón del cuadrilátero y a su manager a punto de tirar la toalla. ¿Pero de verdad se ha sorprendido de la reacción de quien no era su oponente en esta sesión extraordinaria? (¿se ha sorprendido Redondo?). Yo no.

Ni creo que el PP deba lamentarse ni felicitarse en exceso. Creo que el horno no está para bollos porque la "situación es muy preocupante" y la despreocupación fáctica de los responsables políticos es lacerante y punible

Cabe valorar los excesos del discurso del popular, cabe también medir las carencias; es lícito especular sobre la disciplina partidista de voto y sobre la libertad de conciencia; es razonable establecer todo tipo de escenarios e hipótesis; y hasta legítimo apostar y conducirse por interpretaciones personales. Pero lo cierto es que el final de una moción absolutamente fallida estaba más anunciado que la famosa crónica de Gabo y más cantado que el Turandot de Puccini.

Pendiente, cuando escribo, de un nuevo estado de alarma y el consecuente toque de queda, la alarma social es una realidad y lo que de verdad queda es la bisoñez de lesa humanidad de nuestros dirigentes.

Y la pregunta del millón es ¿se hubiera dejado VOX arrastrar por una hipotética e imposible moción planteada por el PP a su única y dudosa gloria?

No creo en absoluto que el gobierno haya salido indemne, ni mucho menos reforzado, como coinciden en apreciar contrarios y partidarios. Ni creo que el PP deba lamentarse ni felicitarse en exceso. Creo que el horno no está para bollos (ni para chollos) porque la “situación es muy preocupante” (coincidencia generalizada por obvia) y la despreocupación fáctica de los responsables políticos es lacerante y punible. Así es la vida, que diría mi amigo Iñaki (Zaragüeta).

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