25 de agosto de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

El 'procés' enseña su cara violenta alimentada desde las instituciones

El 'procés' en su conjunto es violencia pura por tratar de imponer por la fuerza un sistema antidemocrático. Abochorna que algo tan obvio no goce de unanimidad en la condena.

 

 

La violencia es, según la Real Academia Española, la "Acción violenta o contra el natural modo de proceder" o, en otra de sus acepciones, la "Acción y efecto de violentar o violentarse". Y eso es precisamente lo que Cataluña padece desde hace años, de distintas formas, la más agresiva de las cuales se está perpetrando con bastante impunidad en la última semana a partir de la detención en Alemania de Carles Puigdemont.

Cortar autovías, prender fuego en plena calle, enfrentarse a los Cuerpos de Seguridad y, en general, repetir el modus operandi de la ínclita kale borroka que durante lustros alteró la convivencia en el País Vasco son comportamientos netamente violentos, injustificables y, aunque partidos como Podemos, ERC o la CUP y personajes como Guardiola se nieguen a condenarlo, cercanos al terrorismo de guerrilla urbana.

No es simple vandalismo, pues atiende a un objetivo político -por lo demás también ilegal-; está perfectamente organizado, convocado y anunciado y, por último, cuenta con el impulso de organizaciones identificables como Arrán y el respaldo, infame pero legitimador, de formaciones al frente de instituciones catalanas o con gran presencia en ellas.

Todo el 'procés' es violento en sí mismo, pues promueve un Golpe a la democracia sirviéndose de todos los recursos para ganarlo

Pero esta violencia no es la única ni es aislada, sino el clímax de una situación violenta por definición desde que en 2012 la Generalitat iniciara el camino a la independencia unilateral y se organizara todo el aparato institucional catalán para lograrla por la fuerza.

Saltarse la Constitución, despreciar las resoluciones judiciales, ignorar a la oposición, secuestrar las instituciones, utilizar los recursos públicos para acabar con el Estado de Derecho, incitar a la revuelta popular, financiar a los actores de todo ello y ponerse al frente de un Golpe tan evidente a la democracia es, en sí mismo, un acto de violencia reiterada que justifica, sin la menor duda, el encausamiento por rebelión que incluye el juez Llarena en sus autos de procesamiento.

Complicidades en lugar de condenas

Sorprende la ligereza con que, desde trincheras ideológicas o mediáticas, se repite con seguidismo la falacia pacifista del soberanismo; ayudándole con ello en su campaña de propaganda que pretende convertir en víctimas de la represión a los instigadores de un Golpe nefando, de un lado, y legitimando de paso sus alocadas aspiraciones, de otro.

 

 

 ¿Cómo no va a ser violento subvertir el orden democrático, instigar las revueltas callejeras, acosar a los 'disidentes', pervertir la naturaleza de los Mossos, agredir a la Policía y la Guardia Civil, malversar la naturaleza y fines de las instituciones, saquear fondos públicos para organizarlo todo, intentar comprar armamento y crear un Ejército, expulsar a empresas y a ciudadanos, hacer irrespirable la convivencia incluso en las familias;  espiar a los rivales con una especie de KGB paraoficial, pisotear un pilar esencial del Estado de Derecho como la separación de poderes y, finalmente, movilizar a los más radicales para que vayan al choque?

La kale borroka de los últimos días no es un hecho aislado ni descontrolado, sino la consecuencia de la estrategia de la Generalitat

La discusión sobre la violencia del 'procés' es absurda, pues todo él es violento por el mero hecho de existir, en una valoración conceptual y también material. El debate habría de ser sobre si la tipificación que recoge el Código Penal es lo suficientemente precisa para recoger jurídicamente lo que es evidente y visible o si, al no pensarse en su día que una situación así tendría lugar, el legislador no fue lo suficientemente puntilloso a la hora de aquilatar este grave delito.

Encapuchados y políticos

Dicho de otra forma, la violencia está en la base del 'procés' y debería estarlo por tanto en la del Código Penal; para evitar que simples tecnicismos e imprecisiones libraran a los cabecillas del Golpe de pagar por el peor y más evidente de los delitos que probablemente hayan cometido. La violencia no es sólo entrar un día concreto en un Congreso, como hiciera Tejero pistola en mano aquel infausto 23F de 1981.

También lo es "la acción de violentar" y "contra el natural modo de proceder". Y si algo se ha hecho en Cataluña desde hace demasiado tiempo es precisamente eso. Los encapuchados quemando contenedores, paralizando autovías o intentando paralizar las infraestructuras y los transportes catalanes no son una excepción ni un hecho aislado, sino el corolario inevitable instigado por Puigdemont y todos los golpistas que le han ayudado a definir e intentar imponer  por las  bravas un sistema antidemocrático. Son violentos y la violencia ha sido el pilar fundamental de todos sus abusos.

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