23 de julio de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

España no aprende y se deja representar por personas que no la respetan

Alfred y Amaia debían haber sido excluidos como representantes de España en Eurovisión. Tienen derecho a no creer en su país; y éste a no dejarse humillar por nadie que piense de esa manera.

 

 

Seguramente a muchos les parece algo hinchada y superflua la polémica suscitada por las opiniones políticas de Alfred y Amaia, la pareja de cantantes seleccionada para representar a España en el inminente festival de Eurovisión.

Ambos, pero especialmente él, han mostrado una cercanía al independentismo sustentada  en imágenes, declaraciones y gestos que exhiben una evidente simpatía por la causa, rematadas con la exhibición de un libro de Albert Plá, titulado 'España de mierda', cuyo título -más que el contenido- lo dice todo sin necesidad de extenderse.

La discusión, sin embargo, no es baladí. Todo el mundo tiene derecho a tener y difundir las ideas que le parezca oportunas, siempre y cuando no traspasen determinadas líneas: defender la separación de Cataluña o creer que España es un país mediocre no las supera y son perfectamente legítimas, por mucho que desagraden a muchos o resulten evidentemente injustas.

La cuestión es si, con ese equipaje ideológico, se puede representar a España oficialmente en cualquier disciplina, y la respuesta es no. Alfred y Amaia, como ocurre con determinados futbolistas de la Selección, pueden pensar y decir lo que les parezca oportuno; pero España no tiene ninguna obligación de elegirles para simbolizar y competir por todo un país.

 

Un Mundial, o Eurovisión, no son simples competiciones individuales donde, con tener la calidad futbolística o artística suficiente y una incuestionable entrega profesional o compromiso con los compañeros, sea suficiente: cuando un país deposita en ellos su propio sentimiento nacional, compartirlo, defenderlo y representarlo no es una opción, sino una obligación y un orgullo que los propios participantes han de sentir para que tenga lógica su presencia.

Inimaginable en otros países

Nadie se imagina a Francia delegando en un separatista corso su representación en un certamen nacional, como nadie se extrañaría de que un cantante célebre fuera excluido como intérprete del himno amaericano en las inminentes finales de la NBA si antes ha considerado oportuno ironizar con un libro titulado 'Estados Unidos de mierda'.

 

Para representar a España no basta con ser bueno cantando o jugando al fútbol: has de compartir los valores que la sociedad delega en ti

No se juzga, pues, el derecho a la libertad de opinión y expresión de nadie; sino el de un país a escoger para encabezarle a quienes crean en él para, entre otras cosas, conectar y respetar a los que siguen estos acontecimientos llevados por un legítimo y plausible sentimiento nacional.

España tiene que aprender a respetarse, sin complejos ni alharacas, y a dejar de pedir disculpas por defenderse con la misma normalidad con que otras naciones lo hacen, sin que a nadie se le ocurra relacionar esa actitud con una imposición caprichosa e incompatible con libertad individual alguna.

Llueve sobre mojado

Si ya es extraño que artistas como Alfred o jugadores como Piqué quieran participar en nada bajo una bandera que no sienten, con una hipocresía llamativa que refleja su escala de valores, mucho más lo es que las autoridades españolas lo permitan: ni aunque gracias a todos ellos se tuviera la certeza en una victoria que sin ellos fuese imposible, tiene un pase mirar a otro lado y hacer como si no importara nada. Importa, y mucho. En estos desprecios se resumen muy bien los problemas inmensos que luego vienen de Cataluña o tuvieron lugar en el País Vasco durante demasiados años.

 

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