23 de noviembre de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Lisboa y el desierto

Sergio Ramos, animando a sus compañeros desde la grada del Etihad.

Sergio Ramos, animando a sus compañeros desde la grada del Etihad.

Aún en este fútbol sin público y sin alma, me tiene absolutamente martirizado que el Madrí no esté en Lisboa intentando ganar la Decimocuarta.

En el imaginario del juntaletras que esto escribe, Tracey Thorn es, junto con Maritrini y las chavalas (ya no tan chavalas, cómo pasa el tiempo, glups) de Mocedades, integrante del podio de las cantantes más feas del mundo. Tracey Thorn, poseedora de una voz colosal, era la cantante de Everything but the girl, un dúo británico de pop conocido en cualquier rincón del planeta por su Missing, más aún con aquel fondo de drum&bass que le añadió Todd Terry.

La letra del tema, la mejor composición lírica de un británico desde Shakespeare, orbita alrededor de una mujer que visita el antiguo domicilio en el que convivió con una pareja (masoquistas somos todos un rato, sí) y descubre que allí, donde se amontonan tantos recuerdos, él ya no vive. Y ella, incapaz de remontar el vuelo, se desnuda: “And I miss you, like the deserts miss the rain”.

El Atlético vuelve hoy a casa de una de sus ex parejas. A Lisboa. Lo hace envuelto en el mismo perfume que entonces, eau del Cholo, pero con ligeros retoques en la indumentaria. La convivencia con su pareja lisboeta acabó como acabó para los rojiblancos, con Sergio Ramos firmando la separación justo cuando cerraban el juzgado y la Copa de Europa marchándose con el piso, los niños y una generosa pensión de alimentos a la calle Concha Espina.

Pero al contrario de Tracey Thorn, la choloneta de Simeone tiene plan, porque ha quedado con el RB Leipzig del pipiolo Nagelsmann mientras encima de la chimenea del estadio Metropolitano cuelga la cornamenta del Liverpool, el último galán que intentó llevársela al huerto. Otro palo sentimental, con la etiqueta de gran favorito que le ha colgado toda la Prensa patria al Atlético, sería una cornada de doble trayectoria a un equipo que, no lo olvidemos, ha construido su relato alrededor de los fracasos y considera las victorias como accidentes del camino. Ser del Aleti es del género raruner y no lo podemos entender, ni falta que nos hace.

Además, tengo que reconocer que vivo en un estado contradictorio. Por un lado, el hecho de que el Madrí, mi Madrí, no esté en Lisboa me tiene absolutamente martirizado, más aún cuando nadie ha tenido las agallas de salir a contarnos a los madridistas que caer dos años consecutivos en octavos, cosa que no pasaba desde Ramón Calderón (sí, desde Calderón), es un fracaso. Pero por otro lado, en este fútbol sin público, este programa de televisión sin alma, casi me da igual que los de Zidane no estén.

A muchos nos gusta el fútbol no por la pelota, el pasto, el olor a linimento, ganar o perder, sino porque socializamos, cosa que a los de natural eremita nos viene de perlas: vemos partidos en bares, viajamos con otros aficionados de nuestro equipo recorriendo distancias que ni el Falcon de Sánchez, vivimos mil y una aventuras y hacemos amigos, incluso cuando éramos jóvenes hacíamos amigas.

Aunque el Madrí hubiera estado en Lisboa tendríamos que ver por la tele las gradas llenas de cemento y no de alegría, no podríamos ir al Casino de Estoril a ver a nuestra croupier de la suerte, “Aga” Ramos, y si se diera la casualidad de que la Decimocuarta hubiera sido ahora, tampoco hubiéramos podido celebrarla como se celebran estas cosas. Pero qué gaitas: claro que me gustaría que el Madrid estuviera en Lisboa en lugar del Aleti y no atravesando su enésimo periplo por el desierto europeo.

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