19 de agosto de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Felipe VI marcha a New York a decir lo que en España no se puede escuchar

Felipe VI en una de sus audiencias con Pablo Iglesias.

Felipe VI en una de sus audiencias con Pablo Iglesias.

¿Qué hubiera pasado si lo dicho por el Rey en la ONU lo hubiera soltado en cualquier escenario español? Escándalo: el Rey está borboneando, es no es su papel... y otras palabras más gruesas.

Así de claro: en estas próximas horas está en juego España y, más modestamente, la Monarquía constitucional que nació en 1978. Utilizo el adverbio porque, claro, esta Nación, la más vieja de Europa, está por encima de cualquier forma de Estado. La advertencia del peligro no es del cronista; esta misma semana, un hombre de Estado, político eventual que tiene más horas de vuelo que un piloto de líneas aéreas, avisaba, con énfasis y algún temor, que ahora mismo la percepción que empieza a abrirse paso en Europa, quizá en América y desde luego también en Asia, es que en un país, España, que, casi con certeza tiene que celebrar tres elecciones generales en un  año, “algo está fallando” y añadía (recojo su pensamiento con mis propias palabras) que es el propio Estado, su Constitución, y desde luego su principal representante, el Rey, lo que se encuentra en discusión porque las repúblicas ofrecen a sus presidentes mayores posibilidades de actuación en situaciones como la que ahora padecemos en España que las que nuestra Constitución depara al monarca.

“Al Rey, como solía afirmar Sabino Fernández Campo, se le ha puesto tan alto, tan alto que un día no se le va a ver”. Es decir, que su figura institucional resulte, advertía el que fue jefe de la Casa de Don Juan Carlos, sencillamente ineficaz. El personaje al que aludía líneas arriba plantea la cuestión de esta forma: “Si esto” fuera una República ¿estaríamos así?”. José Julián Barriga ha rescatado para el Grupo Crónica estos versos de Quevedo que vienen pintiparados para el caso: “Hablemos claro, mi rey;/ toda España va de rota,/ el portugués más se engríe,/ el catalán más se entona;/ lo militar no se ejerce,/ lo político lo estorba,/ lo que pierden nos gobiernan,/ los que ganan se arrinconan”

O sea, que quizá, aunque venga de antiguo, quien más esté sufriendo la parálisis que ahora mismo soportando en España es la institución que en mayor grado nos refleja: la Corona, cuyo titular no puede hacer otra cosa que ofrecer sugerencias o pronunciar discursos doctrinalmente generalistas como el que en estos días ha leído en la Asamblea de las Naciones Unidas. Tiene guasa desde luego que para pedir a los políticos que, por favor, por favor, dialoguen y se pongan de acuerdo, tenga Felipe VI que cruzar el Atlántico entero y soltar una homilía a individuos de todo jaez a muchos de los cuales les trae por una higa lo que aquí nos está ocurriendo.

¿Si lo hubiese dicho en España?

¿Qué hubiera pasado si lo dicho por el Rey en Nueva York lo hubiera soltado en cualquier escenario español? Gran escándalo: el Rey está borboneando, es no es su papel, se está metiendo en camisa de once varas. Eso sería lo más bonito que escucharía Su Majestad. Lo dirían los mismos que le quieren echar a patadas por Cartagena otra vez, o por cualquier aeropuerto en viaje regular, los que con su conducta se están encargando de vender al país una especie envenenada: la Monarquía no nos sirve, no nos resuelve casos como éste.

¿Es el Rey consciente de esto? Al decir de otro personaje, también muy ilustre aunque siempre callado porque su principal característica no es la valentía pública, sí lo es, tan consciente lo es que se ha leído con enorme atención el Artículo 59 de nuestra Norma Suprema que le convierte en “símbolo de la unidad y permanencia del Estado”. Si aplicáramos con rigor y justeza este artículo, pregunto: ¿podría el Rey encargar el Gobierno de la Nación a un sujeto que pretende aliarse con quienes quieren volar ese Estado? O, ¿qué otra cosa quiere perpetrar ese intolerable irresponsable que se llama Pedro Sánchez?

Algunos aseguran que va de farol, que sólo urde martingalas, a cada cual más torticera, para ganar tiempo y domeñar a sus huestes. Puede ser, pero también lo es que de esta forma está poniendo el peligro cierto a España entera. Incluida la Corona, naturalmente. ¿O es que los separatistas y soviéticos con los que aspira a concertarse van a respetar nuestra forma de Estado?

Este domingo nos la jugamos

Por eso comienzo otra vez: hoy nos la jugamos en Galicia y en el País Vasco, y más en el Noroeste que en las tres provincias vascongadas. El voto a Núñez Feijóo ni es para él, ni es siquiera para Galicia; es para España. Ganar pero no gobernar significaría un aval para la política destructiva, miserable de Sánchez que, a las diez y medía de este domingo anunciaría, con su proverbial antipatía, su decisión de formar gobierno en Galicia con los barreneros separatistas y de ayudar a Urkullu a sumar mayoría absoluta en Vitoria.

Y después a conchabarse con toda la ralea soviética y secesionista para componer un Ejecutivo de ultraizquierda que ponga a España boca abajo, que pierda totalmente el respeto internacional y que signifique también una problema vital para el resto de los países de la Unión que se niegan, por ejemplo, a volver a rescatar al Gobierno frentepopulista de Portugal o que contemplan con horror cómo el Brexit británico ha sido el primer gran triunfo del populismo feroz.

Hoy España se la juega en Santiago de Compostela en unas elecciones trascendentales para seguir manteniendo en alto nuestra Historia. Los gallegos tienen en su papeleta la oportunidad de terminar con la aventura egocéntrica, chequista y patológica de un individuo, Pedro Sánchez, al que su partido aún no ha tenido agallas de ejecutar políticamente.

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