17 de enero de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT
  • Antonio R. Naranjo

    El Gran Carnaval

    Como en la película de Billy Wilder, la política española es un carnaval solemne, cómico y trágico a partes iguales. Y así es esta bitácora de un analista perplejo que cada día lo observa todo en ESdiario y Herrera en Cope.

Perdónanos Greta

La llegada del Apóstol del Clima coincide con la extensión del populismo en España y genera un cóctel inquietante pero con un antídoto bien sorprendente. Es éste.

Confieso que cuesta no reírse con y de Greta Thunberg, cuya hiperventilación espontánea es en sí misma una amenaza para el clima tan intensa como la contaminación acústica que provoca Javier Bardem cada vez que abre el pico y le aflora esa mezcla de contradicciones y epítetos marca de la casa.

Pero si el segundo es un gran actor, por encima de todo, la primera es una niña de 15 años, ante todo. Conviene no olvidarlo. Yo mismo lo olvido con frecuencia y no me resisto a bromear con los Bardem-Cruz pidiendo coches eléctricos mientras anuncian cruceros, que es como predicar el veganismo desde el Asador Donostiarra.

Y comencé el Sábado de Advenimiento de Greta colgando un facilón tuit en el que le pedía permiso, con foto incluida, para zamparme un plato de huevos fritos con chistorra que contradice todos los consejos de la COP25 e impacta en los hábitos saludables de consumo y sostenimiento del planeta, según sus teorías, como tres docenas de vacas apuntando a la troposfera, ojal en ristre, con sus flatulencias.

 

Ocurre a menudo con las causas más nobles. Se hacen incómodas y ridículas por la catadura de sus portavoces, incesantes zahorís de nuevas minas de las que extraer material para vejar al contrario, excluirle de desafíos comunales y convertir las mejores banderas de consenso en lanzas de agresión en las que no caben todos, empezando por los que no votan lo que ellos.

Los buenos y los malos

Ahí tienen la igualdad, la pobreza o la inmigración como ejemplos de ese insoportable afán privatizador de sentimientos y emociones con el que, siempre, pretenden dos cosas: pegarse autohomenajes facilones, a menudo incompatibles con sus comportamientos posteriores, y dividir en la medida de lo posible a la sociedad en ese tedioso juego maniqueo donde unos son buenos, otros son malos, y entre los primeros solo están ellos y los suyos.

Hacen con el planeta, con las mujeres o con la asistencia social lo mismo que con la exhumación de Franco y la apuesta por la dialéctica guerracivilista: todo aquel que no repita sus mantras hiperbólicos, presentados entre solemnes golpes de pecho y grititos como el de Greta -"¿Cómo os atrevéis?"-, es franquista.

O degrada el planeta. O defiende a La Manada. O le excitan las fosas comunes. O cree que la mujer solo sirve para planchar. Por eso conviene replicar a tanto cretino sin arramblar a la vez contra la causa que colonizan: tirar el agua sucia de la bañera sin desprenderse del bebé que está dentro bañándose.

 

 

Porque ninguna de esas banderas le debe ser ajena a nadie, por mucho que quienes la ondeen lo hagan, sobre todo, para darte con el mástil en la cabeza- y se deje la piel en conseguir la inviabilidad del objetivo que paradójicamente dice perseguir: el consenso, la unanimidad, el compromiso compartido.

No sea que se logre el objetivo y, de repente, no sepan qué hacer ni de qué vivir en ese país inexistente que caricaturizan de xenófobo, machista, contaminante, fascista, homófobo y violador que al parecer construye y defiende todo aquel que no vota a Pedro Sánchez, no se pone Al Rojo Vivo de ira o no sufre repentina dislexia al pronunciar la palabra "España".

Los Gramsci, Laclau, Mouffe y otros filósofos posmarxistas de cabecera de Greto Errejón, Pedro Thunberg o El Marqués de Galapagar ya definieron hace lustros la teoría de la "hegemonía cultural" como esa herramienta de necolonización social consistente en crear un nuevo código de símbolos, luchas, himnos y banderas que disimulara con cánticos colectivistas la burda concentración de poder en sus manos, previo lavado colectivo de cerebro.

Pero hay cadáveres pendientes en las cunetas. Mujeres que mueren asesinadas por los hideputas de sus parejas y tantas otras que sufren más que los hombres para realizarse hasta donde su mérito y capacidad deberían llevarlas. O gais que no se pueden permitir serlo con la normalidad que sentimos quienes nos gustan las chicas más que comer con los dedos.

Si, estamos amenazados

Esta tropa gretina quiere que usted contamine. Que sea racista y homófobo. Que denigre a las mujeres o las envíe a fregar. Que se comporte y hable como si llevara encima la pala de excavar tumbas anónimas para rogelios fusilados. Que se despiporre con la mayor crueldad posible de una menor de edad hiperventilada. Y que se comporte como un negacionista de cosas, que en realidad usted no niega, por lo insoportables que se le hacen todos los Gretos que invaden las causas más razonables para acariciarlas como el Gollum al anillo de Frodo.

 

No se deje. El planeta está amenazado, como prueban los rigurosos estudios científicos que tienen más solvencia pero menos altavoces histéricos. Las chicas necesitan más defensa ahora que los chicos. Los muertos del franquismo se merecen una restitución. Y los necesitados o los inmigrantes existen y no son una conspiración concertada para saquearle a usted ni quitarle sus ahorros ni reconvertirle al Islam ni violar a sus hijas.

Ciérrele la boca a las Gretas por el sano método de darle la razón a lo que dicen y atizarle con toda la contundencia al cómo lo dice y el para qué lo dice. Porque se la bufa el calentamiento global: lo que pretende es su calentamiento y que se parezca usted a la caricatura deforme que de usted hace, so facha. 

Así que perdónanos Greta. Perdónanos Sánchez. Perdónanos Junqueras. Perdónanos Iglesias. E idos todos un poquito a la mierda, que estamos ocupados salvando el planeta. También de vosotros.

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