La ciudad no es para mí: Más madera

El ministro valenciano José Luis Ábalos

El ministro valenciano José Luis Ábalos

El papelón de Ábalos en el affaire venezolano, probablemente por simpatía con la vicepresidencia de Iglesias, raya la felonía.

No se cortan, y cuesta trabajo seguir con atención este rosario de despropósitos que empieza a inquietar hasta a los suyos. Porque apenas recuperados de la certeza de la pitonisa Isabel sobre la pertenencia al Estado de los infantes, el propio timonel ha abierto la caja de los truenos sediciosos o la del confeti secesionista. Que resulta ser la misma.

En el sumidero de la bajeza moral y con el desparpajo al uso, Sánchez proclama su sumisión (con razón la ministra portavoz ya le llama “president” en sus comparecencias) mientras ignora al Tribunal Supremo, tras el primer revés de la Fiscalía. Esa combinación letal: te sigo reconociendo y rebajo las penas de tus socios, no es una anomalía democrática, es un vicio totalitario.

Y ya lo puede explicar la lumbrera Lastra en plan coloquial y con todo cuajo: que está atrasada (la Constitución; ella no), o el ministro de Justicia, más cauto y preciso pero con idéntico argumentario: que hay que actualizar. Con el mismo complejo de inferioridad, con la misma carencia de gallardía y de españolidad, mirándose en el otro, no por bueno sino por ajeno. Qué nivel.

No se queda a la zaga Ximo Puig en este camarote de los hermanos Marx que los socialistas han convertido la política española, permuta de principios incluida. De mesas y camas redondas...

Ya puede decirlo con contundencia el oráculo Felipe González -bien descontado lo tiene Sánchez a propuesta de Redondo- en las antípodas de Rodríguez Zapatero, a propósito de Guaidó. O con ese estilo castellano-manchego propio de García Page, a propósito del mercadeo con el código penal. De horror.

El papelón de Ábalos en el affaire venezolano, probablemente por simpatía con la vicepresidencia de Iglesias, raya la felonía. Y si de felones se hablara, ojo con el nuevo director de la Inspección de Trabajo, el valenciano Héctor Illueca, que además de pretender faena para todo quisque se la quiere quitar al monarca, que “es un obstáculo para España” (sic).

Mientras nuestro huésped ocasional es recibido con los honores que merece en la capital y en su comunidad, ninguneado por la presidencia del Gobierno, el que desde abril se hospeda en la embajada de España en Caracas, Leopoldo López, lleva dos meses sin luz eléctrica y asediado por la policía corrupta de Maduro. Iglesias, fiel a sus valores bolivarianos, llama al primero “jefe de la oposición”, no sé con qué ignominia pretenderá calificar al segundo. Qué vergüenza.

No se queda a la zaga Ximo Puig en este camarote de los hermanos Marx que los socialistas han convertido la política española, permuta de principios incluida. De mesas y camas redondas, la consellera Bravo tendrá el martes, de telonera, a la fiscal jefe Teresa Gisbert. De opereta.

À Punt volando muy bajito en audiencia y resultados, y buscando capitán tras el fracaso de su primera andadura, se les escapa el juicio del metro.

Andan revueltos en À Punt volando muy bajito en audiencia y resultados, y buscando capitán tras el fracaso de su primera andadura cuando, a decir de Álvaro Errazu, se les escapa el juicio del metro. Catorce años de un proceso doloroso por esencia, sustanciado en una instrucción perpetua y repetitiva, escrutando en los mismos hechos, retorciéndolos e interpretándolos a antojo, como si de vísceras augures se tratara. Costoso en medios humanos y recursos. Aliñado con comisiones parlamentarias populistas y desmedidas hasta la alegalidad recordada por el propio Constitucional. Y ampliado en la calle por la oportunista utilización de algunas de las víctimas. De un dolor y una tristeza sostenidos de los que hoy, felizmente, resultan definitivamente exculpados y de quienes, con ejemplaridad humana, lo han posibilitado. Qué oprobio.

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