09 de abril de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT
  • Eduardo Arroyo

    Globalización

    Eduardo Arroyo es doctor en biología y licenciado en bioquímica y en filosofía y letras. Fue socio fundador y columnista de “El Semanal Digital” desde los inicios. Crítico con su época, aboga por una nueva ética de los deberes humanos como primera garantía de la libertad.

Rebelión contra el Cuarto Estado

Donald Trump.

Donald Trump.

“Durante los años del plomo franquista, vender libros era una forma de disidencia implícita. Por eso, cuando el sistema se supo débil, su rabia cayó sobre las Alberti, Tarántula y Lagun. El último libro de Manuel Rivas recupera su historia”. Así comienza un artículo bastante plúmbeo de Ángel Vivas en El Mundo, el pasado día 8.

Uno se pregunta de qué planeta llega este tipo, en un país en el que existen fiscales especiales “contra el odio” que secuestran libros que pueden gustar o no, pero que solo son libros. Vivas podrá encontrar, como los franquistas en el momento que él describe, la mar de comprensible que se secuestren los libros que sean por el impreciso y etéreo delito de “odio”, pero sucede que un análisis no ideológico se topará fácilmente con el hecho de que  todo sistema desarrolla un grado u otro de persecución contra sus enemigos. Por eso el actual régimen necesita gente como Rivas y Vivas: para mantener la fábula de que aquí las cosas ocurren de diferente manera.

El asunto esencial es que los antes citados periodistas pertenecen a lo que Thomas Carlyle y Edmund Burke denominaron “el Cuarto Estado”, equiparable a los “tres Estados” que la Revolución Francesa vino a subvertir. Concretamente a aquél que, en calidad efectivamente de “Cuarto Estado”, suplantó al odiado clero: estamos hablando de la prensa.

Ellos son los discípulos de Voltaire que han destronado a los hombres de iglesia como reyes de la nueva moralidad y rectitud. Es este “Cuarto Estado” el que decide qué puede decirse y que no, quienes son los réprobos eternos, indignos de aparecer ni en una pulgada de periódico, o los nuevos héroes de áureas edades. Ante todo, deciden qué es aceptable y qué no y qué términos deben emplearse para describir a este o aquél líder.

Se trata en realidad de ideólogos disfrazados de periodistas que utilizan enormes complejos financiero-mediáticos para impulsar agendas nada diferentes a las de los partidos políticos y a los gobiernos a los que dicen teóricamente controlar. De ahí que lo primero que hace todo partido que se precie es dotarse de un cártel mediático afín o, al revés: hay cárteles mediáticos que elevan hasta la arena pública a partidos políticos.

Este verdadero contubernio del “Cuarto Estado” entra en colapso mental ante “outsiders” como Donald Trump o Marine Le Pen. El caso de Trump les molesta especialmente porque no tiene ningún respeto por los corsés de lo políticamente correcto. Cada una de las transgresiones de Trump es destacada en los medios occidentales en términos que son todo menos bonitos: fanático, criminal, racista, etc. Pero Trump, lejos de pedir disculpas, redobla sus ataques. Y es que, como resulta que el “Cuarto Estado” desde hace trescientos años viene destruyendo por sistema cualquier árbitro de reglas y/o personas respetado por la generalidad, sus invectivas solo consiguen enardecer a los partidarios de Trump.

Así, cuando el “Cuarto Estado” muestra indignación sin límites por el mero hecho de que, en la mayor puridad democrática, Trump sea nominado el candidato del GOP, las bases republicanas rugen y preguntan: ¿quienes sois vosotros para decirnos a quién debemos votar? La falta de referentes genera situaciones ridículas cuando los políticos se hacen eco, sin quererlo ni decirlo, de la dictadura del “Cuarto Estado”: Por ejemplo, Sarkozy, refiriéndose a la victoria de Marine Le Pen en las regionales francesas, habla de “amenaza” para Francia.

Al parecer “Francia” son solo los que le votan a Sarkozy, no los que votan a proscritos del “establishment”. Pero el hecho es que por todas partes, Occidente está virando a posiciones que no gustan al “Cuarto Estado”. Por todas partes surgen partidos que ganan elecciones por asegurar fronteras y defender lo que sus países son. De hecho, el futuro es Marine Le Pen. Angela Merkel y sus “fronteras abiertas” -una política que comparten la Merkel y Antonio Baños en la CUP- son el pasado.

Por todo lo dicho, en la España constitucional, donde tanto gusta decir que la Constitución y la democracia nos devolvieron a la modernidad, comprobamos que el “debate a cuatro” para las elecciones del 20-D se realizó en torno tópicos del pasado. Aunque les pese a Iglesias o a Rivera, ellos son el pasado y por eso debatieron sobre asuntos que en Europa y en Occidente en general están quedando atrás.

En el tan cacareado debate obviaron temas sobre los que el “Cuarto Estado” ha promulgado su “fatwa” y ha decidido simplemente que no son asunto electoral: no competen a los electores sino a oscuras élites que deciden por ellos. Ni el invierno demográfico, ni las fronteras seguras, ni la soberanía económica se trataron salvo en clave “progresista”, un tono que gusta también a los liberales.

En el fondo se discutió dentro del terreno delimitado por la feroz dictadura de izquierdas desplegada en la España posfranquista por el progresismo ideológico. Lamentablemente para todos ellos, su política -tanto la “sensata” de Rajoy como la “nueva” de Iglesias y Rivera- es una política de corto recorrido. Los tiempos van a exigir en breve otra cosa y la ola de renovación llegará a España tarde o temprano. Rebelión contra el “Cuarto Estado” ya.

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