06 de noviembre de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Sánchez, bunkerizado en La Moncloa, tira de Iglesias para amordazar la protesta

Pedro Sánchez, en un acto reciente

Pedro Sánchez, en un acto reciente

El Gobierno se ha lanzado por una pendiente autoritaria que incluye el estado de alarma, el acoso al Poder Judicial y el control de la crítica y la protesta. Y no tiene intención de recular.

 

El Gobierno se mete por rutas peligrosas. Las críticas no le gustan. Los tiempos en los que nos movemos están llenos de informaciones perjudiciales para sus intereses. ¿Acaso pensó que la negligencia no tenía precio? Nadie se salva en el Consejo de Ministros, y menos todavía Pedro Sánchez. No digamos ya Pablo Iglesias, con tanta causa judicial y política abierta que siembra de obstáculos su camino.

Dentro del cuadro de pintura negra que padecemos, destaca el intento de Unidas Podemos de constreñir la libertad de expresión, vía proposición no de ley en el Congreso de los Diputados. Sorprendentemente, el PSOE se ha sumado entusiásticamente a la “mordaza”. El “delito de odio”, tan denigrado siempre por la izquierda, lo ven ahora de otra forma. Se habla sin tapujos de controlar las redes sociales.

Por ahí se empieza, pero ya veremos hasta dónde llegan una vez descorchado el champán liberticida. De momento, el gusto presidencial por gobernar sin ataduras le ha llevado a decretar, ¡por seis meses!, un estado de alarma para restringir derechos fundamentales. Ni siquiera ha querido explicarlo en el Parlamento. Se ha echado el cerrojazo a la cámara soberana. La pandemia se usa para cuestiones que poco tienen que ver con el virus. 

El olor autoritario es insoportable. Se desea “vigilar” el espacio digital y eliminar mensajes embarazosos para el interés gubernamental

Viniendo la iniciativa de las huestes moradas, las cosas aún suenan peor. Iglesias lo reviste todo de ideología radical. Incluso su conversión en “bravucón” de Sánchez. Pero el vicepresidente, pese a su ego, no es un ideólogo, simplemente es un activista.

La estrategia parlamentaria parece dirigida a dejar al Gobierno con manos libres para acallar la crítica molesta sin pasar por “el incordio” de los jueces. La censura de toda la vida, tan incompatible, por cierto, con el fondo y la forma de la democracia.

 

El olor autoritario es insoportable. Se desea “vigilar” el espacio digital y eliminar mensajes embarazosos para el interés gubernamental, al igual que se hace un “totum revolutum” con las protestas legítimas en las calles de tantos sectores económicos maltratados por el Gobierno y los “cojo Manteca” antisistema que saquean tiendas. Así se incapacita toda la oposición de una tacada.

Marketing desesperado de quien vive en estado de bunkerización ante las negras perspectivas que se le vienen encima por la peste y el hambre. Zarpazos de un líder que acapara poderes máximos para cargar su incompetencia a los demás. Desbarajuste. La Moncloa no convierte a un mortal en dios. Por más que cada día escuche a los aduladores elogiar sus virtudes sobrehumanas. 

 

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