Cataclismo por obcecación

La violencia rampante, la escasez de productos básicos, una inflación disparada y un desacreditado gobierno bolivariano han hundido a Venezuela en una crisis sin precedentes

La perseverancia y la flexibilidad son dos grandes virtudes que algunos confunden con debilidad y las sustituyen por las no tan deseables obstinación e intransigencia, animados por un deseo de destruir al adversario. Los efectos de adoptar estas posiciones pueden variar mucho en escala, pero en conjunto acaban conduciendo al mismo punto: el desastre más absoluto.

La toma de posesión de Nicolás Maduro en Venezuela es un ejemplo extremo. Años de políticas populistas profundamente antidemocráticas (y económicamente inviables), controlando todo el aparato estatal y judicial sin el más elemental respeto a los derechos y libertades fundamentales, han convertido un país rico en recursos naturales y con gran potencial en un paria internacional.

La violencia rampante, la escasez de productos básicos, una inflación disparada y un desacreditado gobierno bolivariano que creó instituciones paralelas para evitar reconocer el triunfo de la oposición, han hundido al país en una crisis sin precedentes y para la que no existe una salida clara. Veinte años de dictadura bolivariana requerirán de un largo periodo de reconciliación nacional, dada la polarización política y social de estos años.

Preocupante, pero al menos dentro de un sistema democrático donde el sistema de equilibrios entres los poderes ejecutivo, legislaivo y judicial funcionan, es el de Estados Unidos. Desde que el histriónico Donald Trump irrumpiera en política y ganara, casi por sorpresa, las primarias republicanas que le auparon a la Casa Blanca como 45 Presidente, la política norteamericana no ha vuelto a ser la misma.

Si John Fitzgerald Kennedy fue un presidente mediático, consciente de la importancia de la imagen, Trump es un presidente compulsivo e impaciente que gobierna a golpe de tuit y sin pararse a reflexionar sobre las consecuencias. Los medios que le son hostiles. En general, cualquiera que no cante sus alabanzas se convierte por definición en enemigo. No comprende ni acepta que éstos son precisamente guardianes de la libertad y lo último que deben hacer es rendir pleitesía a nadie.

La cuestión del muro con México ha conducido al cierre del gobierno más largo que se conoce en la historia norteamericana, que amenaza con prolongarse indefinidamente; un desastre y verdadero despropósito para una democracia consolidada. Ni las razones que esgrime para erigirlo son reales, ni los resultados que espera con ello serán los previstos.

En Europa, Theresa May gobierna un barco que va directo hacia el hundimiento. Siendo conscientes de que las negociaciones del Brexit serían duras, su gobierno no quiso ver la realidad de su posición de debilidad y de las consecuencias perniciosas de la salida hasta que fue tarde. Ya saben que una salida sin acuerdo será caótica, pero no acaban de atreverse a dar marcha atrás y convocar otro referendum, donde previsiblemente saldría un no a la salida, que les permitiría salvar la cara.

Viktor Orban en Hungría se enfrenta a la mayor crisis de su gobierno al haber aprobado una polémica ley de horas extras que afecta inclusive a sus propios votantes, que aunque puedan estar de acuerdo con sus ideas antieuropeistas y contra la inmigración, así como el acoso sistemático a la oposición, no les parece tan bien poder ser obligados a trabajar como esclavos. La deriva populista de este antiguo país de la órbita comunista puede estar entrando en un punto de inflexión.

Es posible extenderse hasta el infinito en este tema, pero la esencia es la misma: la obcecación no es una virtud que conduce al cataclismo.

*Politólogo y abogado.

 

 

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