La rampa de un autobús: fundamental para personas con discapacidad

Delicado sería que fuesen los conductores quienes arbitrariamente determinasen los que suban y los que no sin un motivo poderoso

Las ciudades desean humanizarse, y en esa labor desempeña un papel fundamental que exista una buena red de transportes. En la actualidad son los ancianos, los que portan carros de bebés y las personas con movilidad reducida quienes utilizan con mayor asiduidad el autobús, casi diría que son mayoría, propiciado por su cercanía, por la extensa red distribuida en toda la ciudad y también por la facilidad que, al menos en Valencia, proporciona el “Bono Oro”.

En contraposición está el metro, que lo utiliza mayoritariamente gente joven. Sus accesos son enormemente más complicados para quienes tenemos dificultad para movernos. —Esas interminables escalinatas y los insufribles ascensores que fallan más que las escopetas de feria—.

Es difícil quitarse de la cabeza el episodio del niño de seis años en silla de ruedas, al que los empleados del metro negaron ayuda para bajar las escaleras estando el ascensor averiado, replicando a su tía que fueran hasta la siguiente parada, ¡en un día de lluvia! Me indigna solo pensarlo, yo también he sufrido la avería durante semanas de esos montacargas. Y sobre todo me enoja que la dirección de FGV les dé la razón argumentando que no es su cometido.

¿Dónde quedó la solidaridad y la empatía? ¿Por qué no existe un protocolo para casos como este? Y es que no lo olvidemos, este suceso saltó a los medios por la denuncia de la mujer, pero ¿Cuántos quedan ocultos en el silencio de la impotencia?

 En general el bus en Valencia es cercano y llega mejor y a muchos más sitios, por eso en ocasiones estaría bien preguntarse qué pasaría si algunos autobuses circularan con los espejos retrovisores colgando, los asideros rotos o las puertas de acceso bloqueadas, impidiendo una correcta entrada y salida.

Sin duda sería impensable, e incluso negligente, un autobús urbano debe de cumplir con unas normas de seguridad, comodidad y accesibilidad para circular con garantías por las calles, en esto todos estaríamos de acuerdo; entonces ¿por qué se consiente que esos mismos vehículos salgan de las cocheras con el elevador de silla de ruedas averiado?

Es habitual escuchar la advertencia del conductor indicando que la rampa de acceso no funciona cuando en una parada alguien necesita usarla, sugiriendo esperar al siguiente. Hace escasos días fui testigo de cómo un hombre subía a un anciano levantando forzadamente las ruedas de la silla para salvar la altura de la acera al bus, exasperado, después de que, según dijo: “es el tercer autobús que pasa con la rampa estropeada”.

Este hombre, incitado por su enfado, se empeñó y subió, pero ¿y si no tienes quien te empuje o si conduces una silla eléctrica? Evidentemente es imposible, y por eso casi siempre no queda otra que resignarte; ahí te quedas, convertido en un ciudadano de segunda, sorbiéndote la rabia por otra maldita nueva condena a la que estás abocado.

 Una amiga, Isabel, después de esperar su autobús durante veinte minutos, se encontró con que el conductor se marchó sin sacar la plataforma para que ella pudiera acceder; así, sin explicaciones. Un colega que allí esperaba el cambio de turno le comentó que no tenían obligación de abrirla, que no lo exige el reglamento; algo que no es verdad.

La ordenanza en vigor, de 2005, dice en el artículo 19.3 que: “Únicamente podrán viajar al mismo tiempo en el autobús un número total de sillas de ruedas que no supere el de cinturones o enganches de seguridad especiales de los que para ellas esté dotado el autobús en cuestión”. Nada especifica que sea el conductor quien decida, salvo que ya estén ocupados esos enganches, algo que parece ser no sucedía.  

Delicado sería que fuesen los conductores quienes arbitrariamente determinasen los que suban y los que no sin un motivo poderoso. Estoy seguro de que todos hemos vivido la ingrata experiencia de correr hacia alguno con la mano en alto y que cuando estamos a su altura el autobús salga corriendo como alma que lleva el diablo dejándonos en tierra, jadeantes y con cara de panocha, vislumbrando una ligera mueca a través de los ojos chispeantes de quien lleva un mal día.

Ambos casos, que no funcione la rampa o que quien maneja tenga demasiada prisa, quizás porque debe cumplir un horario, son demasiado habituales

Ambos casos, que no funcione la rampa o que quien maneja tenga demasiada prisa, quizás porque debe cumplir un horario, son demasiado habituales. Pero por uno u otro motivo, quienes de verdad terminan por comerse el berrinche junto a la doliente sensación de hachazo a su consideración como ciudadanos siempre son ellos, las personas con discapacidad.

Pero la realidad dicta que en esto, como en la vida, hay de todo. Un conductor en París ha desalojado su autobús al completo porque nadie se movía un milímetro para que pudiera entrar un hombre en silla de ruedas (y sí, soy consciente de que elogiar este hecho contradice lo escrito antes de que un conductor tenga esos privilegios, pero es que proteger la dignidad de un ser humano sí que me parece un motivo poderoso).

También yo mismo vi hace poco como un chófer advertía a voz en alto que “Esta mujer tiene que sentarse sí o sí”. La mujer, de origen subsahariano, estaba embarazada. Aplaudo estas actitudes y las de esos profesionales que esperan unos segundos a que llegues, cojeando o no, sosegando después tú falta de resuello con una sonrisa. Estas sí que son actitudes que se dan a diario, porque al final todo deriva hacia una cuestión de nobleza humana.

Y por eso este escrito que exige compresión, que lo que pretende es aportar un simple granito de arena en la concienciación de que las personas con movilidad reducida o con impedimentos para caminar también tienen derecho a ser respetadas en sus desplazamientos, al igual que en sus propias vidas. El tiempo es el mismo para todos, e igual de valioso e importante.

 Y como colofón, la peatonalización del centro de Valencia. “Humanizar la ciudad” prohibiendo el paso de vehículos por determinadas calles del centro. Esta medida, que personalmente alabo por ecológica, debería, creo, excluir el transporte público. Sin él, acceder al centro convierte en laaaargos paseos para llegar a los sitios a quienes tenemos dificultad para desplazarnos.

Las paradas quedarán muy lejos. Cocemfe-Valencia ya lo ha denunciado, y creo que tienen razón, con estas medidas no piensan en nosotros, quienes andamos con dificultad, porque Valencia tiene una deficitaria red de metro por determinadas partes del centro de la ciudad.

No son capaces de imaginar quienes tienen unas piernas fuertes y sanas el suplicio que suponen esos cientos de metros de más.

 Muchas veces lo que se pretende “humanizar”, en realidad, deshumaniza. 

*Autor de Sueños de escayola.

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