La ciudad no es para mí. Mangantes

Me propongo escribir hoy sin utilización de “negritas” referidas a nombres propios. Póngalos ustedes. No será difícil.

La mangancia -ignoro si la RAE ha optado por incorporar ya el término al rico acervo del español hablado- parece haber transitado en España, desde la aptitud y la costumbre hasta la actitud. De falta a virtud, de vicio secreto a modelo a imitar. Es conocida la capacidad de adaptación de las especies, y la humana no es excepción.

Los naturalistas y biólogos observan con detenimiento los cambios anatómicos y morfológicos, no siempre como un proceso de mejora estética, aunque habitualmente de optimización funcional. Sociólogos y psicólogos se ocupan de cambios más profundos, individuales y colectivos, normalmente de acomodación, y no tanto de aumento en valores éticos.

Tal vez la mangancia tenga su origen en la supervivencia y el mito paradisíaco que acabó con el consumo de la manzana prohibida y sabe Dios como terminará. Si bien en aquella ocasión la pena o condena, puede llegar apreciarse excesiva por su duración y contundencia, convengamos en que la impunidad es corolario frecuente de la mangancia contemporánea.

No encuentro exagerado -y de hecho lo hago a menudo- calificar de avaricia el capitalismo de última generación. Ni tampoco lo es recordar que, en la práctica, el comunismo ha resultado coartada universal de la mangancia generalizada. Si a los políticos toca referirse, vale rememorar preceptivas platónicas o aristotélicas que, tan distintas, resultan coincidentes en cuanto a los responsables del buen gobierno de los ciudadanos. Gobernanza es, por cierto, el término imaginado para prescindir por innecesario del adjetivo. (Es decir, gobernanza es algo así como gobierno carente de mangancia, una contradicción in termini, un oximorón postmoderno, o una ilusión).

Algo parecido a lo de la famosa “vivienda digna”, supuesto derecho constitucional en los estados modernos, de muy compleja consecución. (Porque la vivienda si no es digna no es vivienda. Abrigo, cobijo o refugio son otra cosa)

La mangancia coetánea lejos de la ocultación o el disimulo, es popular (popular, socialista, podemita o lo que toque, que no va por sus connotaciones políticas el adjetivo), fashionable cabe decir, puesto que la incorporación de anglicismos al discurso justificativo de lo injustificable -relato se llama ahora- es recurso admitido y productivo. Actores y artistas, escritores y poetas, futbolistas y cantantes (en ocasión en sociedad matrimonial), clérigos y prebostes, policías, jueces y fiscales, profesores y maestros, profesionales diversos … la ejercitan con denuedo, hasta erigirse en perversos modelos para jóvenes y niños. Y para no pocos adultos también.

La mangancia como medio ante la ficticia importancia del fin, alejándose de la moralidad y la ética más elementales, acaece indicio de inteligencia, oportunidad y eficacia. Por lo que resulta despreciable en apariencia y de reconfortante justificación popular (popular, socialista, podemita … ya saben …) hasta el punto de que no ejercerla pudiera aproximar el fracaso social o ser indicio de ello.

Finalmente, la elección de víctimas propiciatorias donde no las hay (en esta Comunidad hay una continua, perversa, fructífera y eficiente estrategia de la izquierda para ello) es el colmo de la hipocresía, del cinismo y de la maldad.

(Venezuela es hoy el templo de los mangantes y no hay azote para sus mercaderes, ni dirigente que los expulse. Ejemplo, aunque no único, universal)

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