30 de mayo de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

El Gobierno de España no tiene Plan B porque tampoco tiene Plan A

Pedro Sánchez

Pedro Sánchez

Sánchez juega con el encierro y el desconfinamiento, como con el Estado de Alarma, para protegerse a sí mismo en un país hundido y sin medidas ni horizontes claros.

 

 

Una masa de personas ha salido este fin de semana a la calle, agrupadas en poco espacio y en horarios muy concentrados, sin que se les haya sometido primero a test de detección del coronavirus. Muchas de ellas llevan además semanas trabajando y utilizando el transporte público, sin siquiera una mascarilla para protegerse y proteger a los demás.

Todo eso solo puede significar dos cosas: o es una temeridad más del Gobierno, que abre la mano del desconfinamiento y sin ninguna garantía por el temor al estallido social y la ruina económica; o tiene controlados los parámetros de contagio y mortandad del COVID-19, cuya gravedad es máxima en los mayores de 80 años; alta desde los 65 y muy matizada de esa edad hacia abajo.

Es decir, lo que hace letal al coronavirus no es tanto su gravedad intrínseca como la extensión del contagio y el subsiguiente colapso sanitario, que es lo que en realidad pasó en España cuando el Gobierno despreció las alertas internacional y, entre finales de febrero y principios de marzo, alimentó un contagio masivo incompatible con una atención sanitaria eficaz: el alud de enfermos es, en fin, más grave que el virus en sí para buena parte de los segmentos de edad.

 

Superado ese momento trágico, en el que las decisiones gubernamentales (desde permitir eventos de masas hasta mantener vuelos con Italia incluso el 10 de marzo) contribuyeron decisivamente a extender el virus de forma masiva, es razonable pensar que el Gobierno se haya instalado en la política del confinamiento formal y del desconfinamiento real, para intentar cuadrar el círculo de no tener paralizado el país y a la vez no ponerlo de todo en marcha y que llegue el momento de exigirle responsabilidades.

 

 

La alternativa a esto es que no sepa lo que hace y que, después de 51 días de encierro masivo derivado del error de origen y no de las necesidades intrínsecas de la enfermedad (allá donde se localizaron pronto los focos se pudieron contener y la vida no se ha detenido), esté probando a ver si con suerte funciona.

En ambos casos, se refleja una terrible mezcla de improvisación, cálculo y disimulo que retrata a un Gobierno ineficaz y superado que lo confía todo al confinamiento de la opinión pública en una burbuja nacional en la que la excepción española, fruto de la desastrosa gestión y de la inaceptable imprevisión, es la norma internacional.

Y no, España sufre como nadie porque ha tenido y tiene un Gobierno cercano a la negligencia que ahora quiere prolongar el Estado de Alarma para protegerse a sí mismo antes que por proteger a una ciudadanía y a una sociedad a las que ha añadido un sufrimiento insoportable que la mayor parte de países del mundo no padece. Que Sánchez diga no tener Plan B es lógico: tampoco ha tenido nunca Plan A.

Comenta esta noticia