El valor de la experiencia de nuestros mayores

Sintámonos orgullosos de los que antes nos dieron la mano y ahora somos nosotros los que ofrecemos nuestro brazo para que se cojan, y recordemos

Cuando somos niños nos encanta escuchar historias de nuestros mayores. Los que hemos conocido y disfrutado más o menos tiempo de nuestros abuelos, de nuestras iaias y iaios guardamos en nuestros corazones sus historias y vivencias. Después, de adultos, algunos piensan que las batallitas son cosas de abuelos y dejan de despertarles el mismo interés, pero los recuerdos autobiográficos compartidos son importantes en todas las etapas de nuestra vida.

En estos tiempos de pandemia que nos ha tocado vivir, en mi humilde opinión cobran valor esas personas mayores de hoy, las que siguen luchando en este deshumanizado siglo XXI, y las que conocimos algún día y ya no están en este mundo terrenal y, para los que somos cristianos, partieron a la Casa de Dios Padre. Voy a simbolizarlo en algunos amigos y familiares que habitaron en esta Valencia Marítima, como mis abuelos paternos Paco y Fermina, o maternos Bernabé y Filomena, o mis tias Pepa y Vicen, o  mi amigo Aníbal Gimenez.

Aníbal Gimenez, que falleció en mayo de 2017, era hijo de Próspero Aníbal Giménez Sala, de la dinastía de los pichones de Torrevieja. Su abuelo, Vicente Gimenez Gallud, fue uno de los mejores patrones de cabotaje de la capital de las Salinas. Mi amigo sacó la tremenda humanidad de su padre y la dulzura de su madre, María Rizo, a los que conocí en su casa de la calle Progreso. Aníbal fue Jefe de máquinas del yate de Onassis.

Su vida profesional transcurrió en RTVE primero en Madrid, y luego en nuestra Valencia, en el recordado centro territorial en la calle Lebón. Era uno de los históricos llevaba la parte técnica y fue el cámara que aquella noche fatídica del 23 F, cuando nuestra democracia estuvo en jaque unas horas, y la ciudad de Valencia tomada, el junto a Emilio Sandín y el chófer Gerardo, escaparon de los militares por la puerta de atrás del centro territorial y cogieron el 124 negro de la tele, al que colocaron una bandera metálica del antiguo NO-DO y se la pusieron en la parte delantera y desfilaron junto a los tanques.

Aníbal grababa con la cámara escondida bajo la axila, y luego se escondió debajo un camión y grabó la entrada de la columna militar en Valencia. Gracias a su audacia tenemos esas imágenes en el archivo de RTVE, y todo con el toque de queda en nuestra ciudad y el bando de Milans del Bosch.

Su generosidad y vocación de servicio a los demás no tenía límites, y varias generaciones de jóvenes fueron formados en valores cristianos por su labor en nuestra parroquia de Nuestra Señora del Rosario. Algunos de ellos fueron cámaras de RTVE y Canal nou gracias a Aníbal, apellidos como Polit y Vicent lo saben. Compartimos charlas y procesiones en nuestra querida Hermandad de Vestas del Santísimo Cristo del Buen Acierto. Yo era un joven y él, ese hombro donde poderte apoyar por su sapiencia de la vida.

Mis tías Pepa y Vicen Martínez Selva, que partieron una en 1999, y la otra en el 2000, cuantas cosas aprendimos mi hermano Jorge y el que suscribe con ellas, sus valores sus enseñanzas, su cercanía, esa casa a la que podías acudir cuando pensabas que tus padres no te entendían, sus sabias palabras, fruto de una vida que nunca fue fácil para nadie. Seguro que mi prima Mati, o mi prima Amparo también se acuerdan de ellas, como yo también me acuerdo de su madre, mi tía Amparín, su bondad, sus historias que te cautivaban y el valor de lo vivido.

Y estoy de acuerdo con Aurelio Martínez, actual presidente de la Autoridad Portuaria, que el otro día en la entrevista que le hacía Isabel Domingo en LP, decía: “El Puerto es una infraestructura de la que tendríamos que estar orgullosos”. Los que vivimos aquí lo estamos, y sabemos de su valor, y de su importancia.

Y esto me trae al recuerdo a mi iaio Bernabé Martínez, del que casi no disfruté, amarrador de buques y conocido como “Manotes”, que por su profesión tenía unas grandes manos. Mi tío Ramón continuó la saga, y hoy mi primo Paco Martínez prosigue al frente de los amarradores del Puerto. Mi iaia Filomena era la dulzura personificada.

Y esas vistas desde Casa Calabuig, en casa de mis abuelos Paco y Fermina, en el chaflán del número 1 de la calle Ingeniero Manuel Soto, con la Avenida del Puerto, 336, como entraban los barcos cada tarde, o las comidas allí con mis primos, o cuando acompañaba a mi abuela a comprar a Casa Balmaña, o a la Ferretería Blasco en el paseo Colón.

Mi abuelo Paco como gestor comercial de Ferrocarriles, en su Gestora Levantina me llevó a la estación del Grao, que se construyó en 1852. Fue la tercera en ponerse en funcionamiento en el territorio nacional, después de Barcelona, Mataró y Madrid-Aranjuez. Pero, además, aunque ya está en desuso y arrinconada, es la estación más antigua de toda España que, todavía, se mantiene en pie. Estaba al lado de su casa, y allí realizaba sus gestiones con empresas vinícolas.

Y es que como me contaba mi amigo José Aledón, coordinador de Canyamelar en marxa, el Grao de Valencia consigue situarse a la cabeza de los puertos exportadores de vino de nuestro país, y en 1883 se embarcan más de un millón de hectólitros.

Esa es la época en que se crean las grandes bodegas del Grao, Juan Antonio Mompó se instala en 1870; Pons Hermanos, en 1880, luego hijos de Pons Hermanos, familiares de esa gran persona que fue don Paco Martinez Bermell, y que también está en el cielo y representa el valor de la experiencia de nuestros mayores. Cuántas cosa me enseñó en esas charlas con él; Vicente Gandía en 1885, ampliándose la lista con estos ilustres apellidos: Garrigós, Selma, Algarra, Mendoza, Lorenzo y el Marqués de Caro.

También abrieron casa en el barrio portuario vinateros foráneos como Françoise Laurens (1877), Barbier, Lalanne y otros. Ya en el siglo XX se instalan C. Auguste Egli (1903), Cherubino Valsangiacomo (1905), Bodegas Schenck (1927), Erik Teschendorff y Ferdinand Steiner. Teschendorff e Hijos de Pons Hermanos fueron clientes de mi abuelo, recuerdo sus carpetas en su despacho de  Casa Calabuig.

El conocimiento y la experiencia adquirida a lo largo de la vida de nuestros mayores debemos ponerlo en valor. Intento cada día, en esta vida ajetreada y diferente por la pandemia, y visto que a mi padre se le han borrado todos sus recuerdos, compartir con él de otra manera, y ver cómo lo agradece, a pesar de que me dice, hijo yo no sé porque ya no me acuerdo de las cosas, se me ha borrado casi todo.

Sintámonos orgullosos de los que antes nos dieron la mano, y ahora somos nosotros los que ofrecemos nuestro brazo para que se cojan, y recordemos. Aprovechemos la sabiduría que nos han brindado nuestros mayores para que cuando un día miremos hacia atrás, tengamos la certeza de que volveríamos a vivir la misma vida si tuviéramos otra oportunidad.

Por último, ya saben que siempre les recomiendo escuchar a nuestro corazón, obrar el bien a los demás, y sentir estos lares marineros. Volvemos a tener una cita, en un par de semanas, aquí, en el lugar donde la información para decidir es importante, y demos gracias a Dios en estos días de luto oficial por los que han marchado en esta pandemia mundial, y al igual que los que marcharon antes por cualquier otra causa, sepamos dar el reconocimiento que merecen a nuestros mayores.

 

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