La Ley de Bases Arancelarias de 1906 y los inicios del valencianismo

Vicente Blasco Ibáñez denunció que Barcelona "envía a nuestra ciudad sus productos libremente, y, en cambio la pasa, la naranja y las legumbres valencianas pagan un enorme tributo"

La economía valenciana en el tránsito del siglo XIX al XX se caracterizaba por su dinamismo y capacidad de adaptación a las exigencias cambiantes del mercado. La agricultura estaba cada vez más integrada en el mercado internacional y sus exportaciones tradicionales fueron sustituidas por una nueva tríada hegemónica: el vino, el arroz y sobre todo, la naranja, cuya superficie de cultivo se multiplicó por doce. Dotada de una alta rentabilidad, logró atraer capitales urbanos y estimuló la expansión industrial, con un predominio de la pequeña y mediana empresa, configurándose como la tercera región más industrializada del país.

Es decir, la economía valenciana estaba orientada al exterior. Algunos productos manufacturados y sobre todo, buena parte de la producción agraria tenían como salida natural los mercados internacionales. Una evidente vocación exportadora que contrastaba con el repliegue interno que definía la economía española a principios de siglo.

El continuo recurso al crédito por parte del Estado convertía a los títulos de deuda en inversiones atractivas en detrimento de la economía productiva. Se intentó combatir la crisis con un período ultraproteccionista que comenzó a partir de 1891.

Sin embargo, los sectores más dinámicos de la economía valenciana, sobre todo los vinculados a la agricultura comercial, se inclinaban por una política más aperturista. Se hallaban así en una complicada encrucijada.

Por otra parte, el catalanismo se desarrolló en estrecha relación con la creciente influencia económica y política de la burguesía catalana. La producción catalana había capturado el mercado interno, pero sus propias características la hacían poco competitiva frente a los productos extranjeros.

Enric Prat de la Riba llegó a considerar los aranceles librecambistas como un instrumento más de la represión castellana contra Cataluña. En 1901 fue uno de los fundadores de la Lliga Regionalista de Catalunya, el partido de la burguesía industrial, decidida defensora de una política de proteccionismo generalizado, de corte conservador-autonomista, vinculada al sistema restauracionista.

Sus principios tuvieron éxito y llegó a convertirse en el partido dominante en Cataluña. Por el contrario, el incipiente valencianismo político estaba menos organizado y sufría la feroz y eficaz oposición de las fuerzas políticas ya asentadas. Hasta 1918 no se fundó la Unió Valencianista, que tan solo pudo conseguir limitados resultados electorales.

La promulgación de la Ley de Bases Arancelarias de 1906, que contaba con el apoyo de la Lliga, prácticamente cerró las puertas al mercado exterior. También provocó en la burguesía agraria y comercial valenciana una precoz aversión al catalanismo político, interrelacionada con la cuestión de los aranceles.

El artículo La lepra catalanista (1907), atribuido a Vicente Blasco Ibáñez, denunció que Barcelona «envía a nuestra ciudad sus productos libremente, sin que sufran ningún impuesto de entrada, y en cambio la pasa, la naranja y las legumbres valencianas pagan un enorme tributo».

El resultado era que la agricultura valenciana se moría «por imposición del industrialismo catalán, porque catalanes y vizcaínos han conseguido la confección de sus infames aranceles que nos tapan los mercados internacionales para la exportación de nuestra fruta, sometiéndonos a una pérdida anual de más de cien millones de pesetas, que se traduce en hambre y congoja en el campo y languidez en la vida comercial de la ciudad».

En definitiva, Valencia «ha sido siempre menospreciada y vejada por Barcelona». A estos alegatos le seguirían otros, como los de Rossent Gumiel (Quan mes amichs més clars. Contra’ls egemonistes cataláns, 1908) o Vicent Ballester Soto, quien en El microbio separatista (1916) escribió: «Cataluña es eminentemente industrial; Valencia, agrícola, estando sus productos contrapuestos al arancel. El favor a la primera es perjuicio para la segunda».

Con todo, la política arancelaria impuesta por el gobierno acabó beneficiando a los arroceros valencianos (en la Ribera constituía casi un monocultivo), que pasaban por duros momentos desde el último cuarto de siglo por la competencia de las importaciones asiáticas. Sin embargo, el balance final era negativo, al impedir el desarrollo de la economía competitiva, la iniciativa empresarial y óptima distribución de recursos.

*Doctor en Historia-UV

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