La masacre de Valencia y la proclamación de la I República

José Peris y Valero emprendió rápidamente medidas de fuerte carácter popular, como la abolición de impuestos o la reorganización de la milicia popular



A lo largo de la década de 1860 comenzó a conformarse una gran coalición de fuerzas contra el moderantismo isabelino. En 1866, en el exilio, progresistas y demócratas alcanzaban en Ostende un pacto para aunar voluntades y derribar al principal obstáculo para instaurar un régimen de libertades, la reina Isabel II.

En la península, los pronunciamientos e intentos de levantamiento, como los protagonizados en Valencia por parte del general Prim en 1865 y 1867, constituyeron un preludio de lo que estaba por venir, pero también demostraron que era preciso contar con un mayor soporte popular para superar los instrumentos represivos del gobierno. La crisis económica y agraria de 1866-1867 hizo el resto.

La llamada Revolución Gloriosa comenzó con la sublevación de la Armada en Cádiz en 1868. Alcoy y Alicante se sumaron apenas dos días después, aunque las tropas isabelinas y la Guardia Civil lograron recuperar momentáneamente el control. Sin embargo, el campo estaba infestado de partidas armadas.

Poco después, el 28 de septiembre, el general Serrano derrotó en batalla a las tropas leales a la reina, precipitando su inmediata fuga y la constitución de juntas revolucionarias locales y regionales por todo el país.

La presidencia de la junta de Valencia recayó en la persona de José Peris y Valero, y emprendió rápidamente medidas de fuerte carácter popular, como la expulsión de los jesuitas, la supresión de la Guardia Civil, la abolición de impuestos o la reorganización de la milicia popular bajo el nombre de Voluntarios de la libertad.

Precisamente la adopción de tales medidas y las exigencias de las múltiples juntas que habían proliferado a lo largo y ancho de la geografía española atemorizaron al gobierno central en Madrid, de corte mucho más moderado. La revolución social o los intereses de la clase obrera no formaban parte de sus reformas. Para no perder el control de la situación ordenó la disolución de las juntas en octubre de 1868, lo que no hizo sino reforzar la posición de los republicanos federalistas en el litoral mediterráneo.

Las elecciones de 1869, las primeras en la historia de España con sufragio universal masculino, posibilitaron la Constitución más liberal de todo el siglo XIX, con una amplia ganancia de derechos civiles que debían respetarse y reconocimiento de la libertad confesional.

El triunfo de los monárquicos impuso una monarquía constitucional como forma de gobierno. Los republicanos, por su parte, se constituyeron como una destacada minoría parlamentaria y ganaron las alcaldías de Valencia, Castellón, Alicante y Alcoy.

Amadeo de Aosta de la casa de Saboya fue proclamado como nuevo soberano, Amadeo I, en diciembre de 1870. Su breve reinado, de poco más de dos años, fue un cúmulo de problemas. Antes de su llegada su principal valedor, el general Prim, fue asesinado.

El inicio de la guerra de los Diez Años en Cuba (1868-1878) significó una sangría de recursos e imposibilitó abolir las odiadas quintas. En la península estallaba la tercera guerra carlista (1872-1876). Tildado de extranjero, los monárquicos alfonsinos lo rechazaban. Los progresistas, fundamentales para la estabilidad política, se hallaban divididos entre los radicales de Zorrilla y los constitucionalistas de Sagasta.

La crisis agraria, el auge del anarquismo, el movimiento obrero de la Internacional, desarme de los Voluntarios de la libertad... un creciente descontento que se canalizó en favor de los republicanos federalistas que se presentaron como verdadera alternativa al régimen. Los de mayor acción consideraban que la reciente Constitución era una auténtica traición al espíritu de 1868.

Si bien en Alicante sus maniobras pudieron ser reprimidas con éxito, en Valencia y Alcoy estalló una sublevación federal en el mes de octubre. En la capital del Túria fue donde los combates alcanzaron una mayor gravedad. El ejército bombardeó la ciudad y la lucha urbana se prolongó durante nueve días. Los muertos superaron el millar, un episodio calificado por el galés Henry M. Stanley del New York Herald como una auténtica masacre.

Amadeo de I abdicó el 11 de febrero de 1873. Tras su renuncia, el parlamento proclamó la  República, junto con un paquete de medidas como la supresión de las quintas, para aplacar una posible revolución democrática y liberal.

No obstante, el advenimiento de la República hizo eclosionar de nuevo multitud de juntas revolucionarias por toda la geografía nacional y los federales, liderados por Pi y Margall, ganaron las elecciones de mayo. Al mes siguiente, se proclamaba la República federal. Pero la radicalización política y social no cesó de crecer en los meses inmediatamente siguientes.

*Doctor en Historia-UV

 

 

 

 

Carlos Mora Casado

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