11 de julio de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Ni hay varias naciones ni Sánchez tiene derecho a vender España por un sillón

Es inaceptable que Sánchez juegue con la propia idea de España para adaptarla al gusto del soberanismo con el único fin de quedarse en Moncloa. Mintió a los españoles antes de votar.

 

 

 

Todos los coqueteos del sanchismo, desde hace años, con la idea de conceder al independentismo lo que busca sin que lo parezca, están cerca de concretarse esta semana a cambio de la investidura del líder del PSOE.

Que el mismo personaje que posaba con una gran bandera de España, pedía el endurecimiento del delito de rebelión y advertía con el 155 antes del 10N acepte ahora la chusca idea de la "Nación de Naciones" le retrata como un irresponsable capaz de decir una cosa y hacer la contraria, por dañina que sea, con tal de obtener lo que le interesa.

Pero no hay que engañarse: Sánchez es en estos momentos presidente, siquiera en funciones, gracias al voto de ERC y del conjunto del independentismo, el mismo que total o parcialmente va a mantenerle en La Moncloa tras acudir a las urnas, de nuevo, negando toda posibilidad de acuerdo con los dos previsibles socios que compartirán con él todo el poder o le cobrarán una factura por concedérselo.

 

 

 

Es en esa clave en la que hay que leer el mensaje de Sánchez, traducido por un teledirigido Miquel Iceta, al respecto de la existencia de "ocho y hasta nueve" naciones en España. Una frivolidad histórica y un peligro político que se orean con infinita irresponsabilidad y sin calibrar las consecuencias de empeñar la propia existencia de la España constitucional a las necesidades de un gobernante sin principios.

 

España es una Nación, la primera de Europa, desde finales del siglo XV. Y la convivencia en ella de lenguas, tradiciones y culturas de gran acervo no son indicio de la existencia de otras naciones, sino prueba del abolengo de la única existente: sólo las muy antiguas tienen tras de sí esa variada paleta sociocultural, que aquí se presentan como justificación  para la separación cuando en realidad son prueba de lo contrario.

Más allá de que ni Sánchez ni ningún presidente pueda reconocer algo que no esté en su mano ni reformar la Constitución unilateralmente ni, desde luego, permitir referendos autonómicos que afecten al conjunto; que se busquen sucedáneos de esas perversas ideas y se ofrezcan compesnaciones de toda laya es en sí mismo una victoria del soberanismo. Ése al que Sánchez, mintiendo sin pudor a los españoles, se comprometió a frenar. 

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