17 de julio de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

¿Va a protestar el ministro Borrell por la afrenta de Los Ángeles a Colón?

 

 

La ciudad de Los Ángeles ha decidido quitar la estatua de Cristóbal Colón, alegando que representaba un "genocidio" y que con ello se restituía el honor de la población indígena supuesta arrasada por el marino italiano que protagonizó, bajo bandera española, una de las mayores gestas nunca experimentadas por la humanidad.

Además, sustituirán el Día del Descubrimiento por el de los Pueblos Indígenas, suscribiendo así todo el relato que el populismo latinoamericano -y también el español- ha esparcido durante años para transformar una proeza en un exterminio.

España no puede consentir que se extienda por EEUU una idea falsa e injusta de lo que supuso el Descubrimiento

Solo desde una combinación de mala fe e incultura puede sostenerse un discurso tan zafio, injustos y falso, que reescribe con falacias una historia de progreso y civilización sin precedentes: no solo por la formidable aventura de un visionario que, partiendo de Huelva, unió los dos hemisferios y cambio para siempre la evolución del mundo; sino también por cómo lo hizo.

Llevó la civilización

A diferencia de otras colonizaciones, y sin obviar las tempestuosas costumbres tribales y bélicas de la época con y sin descubridores; la española integró desde el primer momento a las poblaciones autóctonas, procurándoles derechos, civilización, instrucción educativa, respeto a su fe y unas leyes muy similares a las existentes por entonces en España.

El mestizaje, del que la propia nominación de Los Ángeles es la mejor prueba, caracterizó un proceso de integración natural que, por ejemplo, no existió en buena parte de los Estados Unidos con los antecesores de los políticos locales que ahora destrozan a Colón: los verdaderos indígenas de Norteamérica -sioux, apaches, etc- fueron arrinconados en reservas, mermados en todos los sentidos e ignorados por un proceso que impuso una manera de entender y organizar la vida cultural, social o religiosa que simplemente les ignoraba.

¿A qué esperan el Gobierno y Borrell para emitir una protesta e intentar frenar una escalada que continuará?

Por eso España no puede ni debe mirar para otro lado. La diplomacia debe tomar medidas, con urgencia, para protestar por este abuso analfabeto, so pena de que el discurso que aquí tienen dirigentes como Rufián o no pocos de Podemos no se extienda en un país crucial en todos los órdenes que tiene en su genoma fundacional ese matiz hispano indeleble.

Consentir sin más el exceso equivale a regarlo, en un momento en el que se juegan muchos intereses y valores en el conjunto de Europa y, desde luego, en los Estados Unidos. Ya está tardando el ministro Borrell, en fin, en poner en marcha la maquinaria y darle a este vergonzoso episodio la importancia que tiene.

 

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