Embajada: La huerta agoniza

Lo peor está aún por venir, los pocos labradores que quedan ya están mayores. Siguen aferrados a sus campos porque no saben vivir ni morir de otra manera.

La huerta valenciana muere por abandono. Lo que antaño era un vergel, hoy es una selva de matorrales y hierbajos donde las zarzas devoran a los naranjos.

Las mismas tierras que dieron de comer a nuestros abuelos, ahora son el quebradero de cabeza de nuestros padres y las alquerías que les dieron cobijo ahora son su ruina. Lo peor está aún por venir, los pocos labradores que quedan ya están mayores. Siguen aferrados a sus campos porque no saben vivir ni morir de otra manera. Una hierba en uno de los huertos que heredaron de su familia es para ellos una deshonra que les impide conciliar el sueño.

Pero esos hombres se irán sin relevo. Valencia será entonces una ciudad rodeada de malas hierbas, ratas y cucarachas. Lo mismo pasará en la Ribera, la Costera, el Camp de Morvedre, etc. Si nadie lo remedia, buena parte de la Comunidad Valenciana acabará siendo, más pronto que tarde, un secarral infecto.

Con la huerta desaparece también una cultura, una forma de entender la vida y la convivencia
entre vecinos. Eso que da en llamar un bien inmaterial de la humanidad.

Pero todo eso parece importarle un bledo al poder político valenciano. Se les llena la boca hablando de economía sostenible, del cambio climático y de la arquitectura bioclimática, pero que no se arremanga a buscar una solución al problema de los campos de cultivo. La solución no es fácil, porque lo que no es rentable es difícilmente sostenible. Pero si existe alguna forma de evitar el desastre, desde luego no se encontrará haciendo el avestruz. Así es que, si nadie lo evita, legaremos a nuestros hijos unas ciudades con autobuses eléctricos pero rodeadas de desiertos que elevará las temperaturas y dará pie a que los apocalípticos digan que el fin del planeta se aproxima porque nos empeñamos en encender los aires acondicionados.

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