Llegado para quedarse

La Guardia Civil, la Monarquía o la Iglesia, están en la diana de disparos mucho más peligrosos que la broma de un fanfarrón que se graba apuntando a fotografías con escopeta en su garaje.

Esta “nueva normalidad” según la terminología acuñada por un gobierno nada normal, saca a pasear lo peor de cada casa. Sé que es una versión, no necesariamente la única, pues terminado -y hasta olvidado- el tiempo de balcones y aplausos, descoloridas las banderas y pancartas, abolladas las cacerolas y agotados los talonarios de sanciones por desobediencia, otras como la institucional de “saldremos más fuertes” (y mejores) ponen el énfasis en la natural condición de la bondad humana (ay Rousseau!) como excusa perfecta para el sometimiento y la renuncia de las libertades
ciudadanas.

Regalar el oído es más barato que cualquier otro escudo social tangible y comer el coco al personal más productivo que cualquier otro alimento subvencionado. En esta ceremonia de la confusión generalizada que con la complicidad imprescindible del COVID-19 están escenificando los poderosos del mundo, llamando a la población a su participación como figurantes entusiastas sin más compensación que su fugaz aparición ora como resignado damnificado, ora como héroe ocasional, el presidente Sánchez descubre siempre motivo para el libro Guiness o de Champion
League.

Asistimos a la entrevista a mayor gloria del dirigente desnudo que ofrece la cadena privada por antonomasia; al cinismo del revoltoso vicepresidente en Radio Nacional; a la ausencia de preguntas -toma transparencia- en la reseña de la portavoz del Consejo de Ministros

Sé de buena tinta que nada le pone más que saberse perejil de todas las salsas, que se alimenta de leer y oír su nombre -sobre todo pronunciado por sí mismo en cualquiera de sus acepciones secundarias- y de calificativos, eufemismos y neologismos varios producidos por esa factoría de agitprop en la que Iván Redondo ha convertido la Moncloa. Así que me resigno a ser uno más, seguramente el más modesto, de los que nutre su ego autoritario, desmedido y desordenado. Aunque no me alegro.

Menos motivos de alegría tengan tal vez sus propios corifeos, expuestos al pin pan pum -ese es el auténtico escudo diseñado para su protección final- de quien ose militar en la deslealtad gubernamental que, aun cursando a la baja, pudiera amenazar como foco de resistencia.

Desde Marlaska -pobre Marlaska- hasta Sandra Gómez -pobre Sandra Gómez-, desde Ábalos hasta Aarón Cano, cada uno juega su papel en una representación cuidadosamente proyectada con la técnica del laberinto y la promesa de un inexistente premio gordo tras encontrar la salida. La Guardia Civil, la Monarquía o la Iglesia, están en la diana de disparos mucho más peligrosos y efectivos que la broma de un fanfarrón que se graba apuntando a fotografías con escopeta de caza en su garaje (acabó detenido).

Salta a los medios la discreta boda de Sabina oficiada por el ministro (del Interior) mientras las redes se inundan de episodios biográficos oscuros adjudicados sin necesidad de justificación o comprobación alguna, cuyo origen pudiera ser el mismo. Tal es ya el nivel de confusión y perversión de una opinión pública dirigida a la pretendida felicidad universal de la ignorancia absoluta.

Y hay quien cree que no tardará Redondo en inaugurar una cervecería o un chiringuito por todo lo alto en Marbella, dónde murió Batista en los setenta, en el que pueda darse a la coquina su excelso señorito

Terminadas las agotadoras comparecencias semanales, en un triple salto mortal, asistimos casi de forma simultánea a la entrevista a mayor gloria del dirigente desnudo que ofrece la cadena privada por antonomasia; al cinismo del revoltoso vicepresidente en Radio Nacional; a la ausencia de preguntas -toma transparencia- en la reseña de la portavoz del Consejo de Ministros. Un guion propio de la Tuerka susceptible de ser almacenado en tarjeta a conservar primero y destruir después, por el bien de su eventual propietaria.

Cuando el dictador cubano -y mulato- Fulgencio Batista vio impedido su acceso al prestigioso Club Náutico de La Habana no dudó en montar el alternativo. Y hay quien cree que no tardará Redondo en inaugurar una cervecería o un chiringuito por todo lo alto en Marbella, dónde murió Batista en los setenta, en el que pueda darse a la coquina su excelso señorito.

Desconozco cuánto, qué y quién “ha llegado para quedarse”, frasecita de generalizada extensión que oculta ignotos y a menudo perversos deseos (teletrabajo, teledocencia, telereunión … todo de lejos, nada muy cerca) pero todo hace pensar que este marmolillo (primera acepción de la RAE) que oye los Himnos de España y Portugal en posición de descanso, pretende hacerlo contra viento y marea.

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