De los autores de “Amancio paga tus impuestos” llega ahora “Juan, el españolazo"

Una excéntrica polémica que en cualquier otra latitud sería poco menos que extraterrestre, aquí parece normal. Normal en una sociedad en la que banderas y nombres están sometidos a juicio.

Desde Fuster a Casp llevamos décadas peleando por el nombre de la cosa.La epistemología es incapaz de discernir por qué carajo ocupamos tantas horas en debates baldíos, como la discusión sobre como nombrar obras, asuntos o países. Sin embargo, antes de entrar de lleno en el asunto de hoy, a los lectores no introducidos en las miserias de los valencianos les prologaré la última polémica que aviva las redes.

El empresario Juan Roig es, a todos los efectos, el epítome valenciano de lo que para un gallego sería Amancio Ortega. Aunque tanto uno como otro y sus emporios empresariales desbordan de forma evidente e intencionada cualquier tipo de fronteras. Son “glocales”, de lo local a lo global, en casos que se estudian en las escuelas de negocios. Roig es enemigo de la obsecuencia, suele desplegar un complejo mecanismo coral de seguridad anti-pelotas y es habitualmente discreto en la gestión de sus intimidades. Lo digo porque no necesita defensores.

Juan Roig es, a todos los efectos, el epítome valenciano de lo que para un gallego sería Amancio Ortega

Los no exégetas del mecenas no le conocen ni donde veranea, ni donde ni vive. No hace alarde, no va con él. Además, siempre y sobre todo en los últimos años, ha desarrollado una estrategia reputacional -muy cuidadosa- basada en hechos y no en palabras, eligiendo bastante bien a los
compañeros de viaje -con alguna excepción- y cumpliendo su premisa básica: dar para recibir, más hacer lo que dices y menos decir lo que haces. Sus obras de mecenazgo, su filosofía del compartir y el beneficio tangible de la comunidad -cualquier comunidad de proximidad pero especialmente la que compartimos los valencianos- jalonan su, por otro lado, exitosísima trayectoria empresarial y el ebitda es, para él, una herramienta de acción y empoderamiento emprendedor.

Luis Motes

Cuidadoso con los gestos, especialmente prudente a la hora de elegir caminos determinados en la gestión de clubes o el deporte profesional, había evitado hasta el momento embarrarse en cualquier tipo de polémica habida cuenta de que la marca que abandera es especialmente sensible a mayor gloria de su exposición al público. A quien suspira porque ojalá hubiera comprado el Valencia CF hay que decirle, ingenuo él, que pudiendo hacerlo jamás se lo habría podido permitir. Pero eso es otro tema.

 

Vamos al lío pues. Como digo, los primos de la jauría que ha espoleado a algunos centenares de españoles -contados- a cargar contra Amancio Ortega por su contribución desinteresada con equipamiento hospitalario a la salud de sus compatriotas han aprovechado un asunto de “naming” para cargar contra Juan. De los autores de “Amancio paga tus impuestos” llega ahora “Juan, el españolazo”. Y todo a cuenta del nombre por el que se conocerá la última contribución de Roig al progreso, la cultura y el deporte de los valencianos.

A determinados gobernantes no les gustan los benefactores ni los mecenas. El mismo alcalde de Valencia, Joan Ribó, de Compromís, exhibe un entusiasmo discreto en esta cruzada.

Resulta que Juan Roig, sobre suelo público, va a construir en pabellón multiusos más moderno de Europa gastándose él, de su bolsillo, ¿suyos eh?, más de 200 millones de euros. Allí jugará el Valencia Basket dando un salto de gigante en todos los sentidos pero, además, los valencianos disfrutaremos de una instalación para conciertos que hasta el momento, los políticos -algunos de los cuales van de plañideras desfilando tras la polémica- nos habían negado. Y todo porque Roig ha decido bautizar con el nombre de “Casal España Arena” la instalación. Como podrán imaginar, el problema está en … “España”. La cosa no es baladí. O sí. A ver. Roig se puede fumar un puro si quiere con esta quimera pero conociéndolo un poco, imagino que ahora andará algo preocupado el hombre.

Lo verdaderamente triste es que tenemos gobernantes que, junto a sus palmeros y terminales mediáticas, interpretan gestos como el de Roig como una intromisión en las sacrosantas funciones del Estado. Porque el Estado son ellos, nadie más.

Juan Roig -se equivocará quien haga demasiadas cábalas con el color de su voto, por ejemplo- está siendo carne de Twitter desde ayer porque ha decidido bautizar con el nombre de su país a una
excelsa obra arquitectónica que significa un punto de inflexión para la ciudad. Y tal cosa, una excéntrica polémica que en cualquier otra latitud sería poco menos que extraterrestre, aquí parece normal. Normal en una sociedad extraña en la que banderas y nombres están sometidos a permanente juicio, cuando no camufladas.

Miren, efectivamente el nombre de las cosas es importante. Una de las decisiones más importantes que tomamos en la vida es darle nombre a un hijo o una hija. Intentamos elegir aquella conjunción de letras pensando que eso va a condicionar, en parte, su vida. Y así es. El arte de conectar es
una disciplina difícil y acertar suele ser obra maestra. No se trata solo de hallar nombres registrables, sino de conjugar términos para crear una marca, una continuidad de sílabas y sonidos que transmitan sensaciones y significados, percibidas como consensuables, emocionales, directas y
rompedoras. Es un arte inspirar con una sola palabra una idea evocadora.

Se trata, simple y llanamente, de aprovechar el único resquicio para la polémica que la juiciosa mente gris de la primera empresa de distribución agroalimentaria de España ha exhibido para abalanzarse sobre la figura del benefactor.

Personalmente soy un clásico en esta técnica. Por mi trabajo y en ocasiones debo buscar, junto a mi equipo, como llamar a las cosas. Y bueno, para una instalación deportiva quizás no hubiera elegido la denominación de marras. Habida cuenta de que no hay grandes referencias en el nomenclátor del club, porque es relativamente joven, hubiera trabajado otras líneas. Personalmente prefiero los vintage Luis Casanova, José Rico Pérez, Santiago Bernabéu o Fernando Buesa, en honor al político socialista asesinado por ETA. Incluso me parece legítimo el debate o la decepción de quienes han visto “caerse” del voladizo del pabellón el nombre de la ciudad que lo acoge. Pero no hasta el punto de crucificar al empresario con la clásica estrategia borroka.

A mi tampoco me gusta el nombre que tendrá la Fonteta. Pero esta polémica por la denominación de la que será la mayor obra pública en Valencia en esta década excede cualquier debate limitado al arte del nombrar. Se trata, simple y llanamente, de aprovechar el único resquicio para la polémica que la juiciosa mente gris de la primera empresa de distribución agroalimentaria de España ha exhibido para abalanzarse sobre la figura del benefactor.

Miren, en Valencia solemos quemar las fallas varias veces al año. Aquí arde el Túria porque un señor de Singapur es el dueño de un club que se arrastra sin pena ni gloria por la Liga y le echamos la culpa  Peter Lim, como si el fracaso de la institución, del Valencia CF, no fuera objeto de la dimisión colectiva de la sociedad y sí del businessman oriental. Y sin embargo, cuando alguien nacido aquí recupera cultura, deporte y patrimonio para devolvérselo a la sociedad, también es objeto de la crítica más cáustica y despiadada. A determinados gobernantes no les gustan los benefactores ni los mecenas.

Tenemos concejales, aquí digo, en Valencia, a quienes lo del Arena, ni fu ni fa. Preferirían una ciudad en la que se vendieran patatas en su plaza principal, los coches circularan tirados por caballos como en Walking Dead

El mismo alcalde de Valencia, Joan Ribó, de Compromís, exhibe un entusiasmo discreto en esta cruzada. Todo en él es discreto, la verdad. En un país en el que no nos ponemos de acuerdo en educación o sanidad, lo de los nombres es lo de menos. Lo verdaderamente triste es que tenemos gobernantes que, junto a sus palmeros y terminales mediáticas, interpretan gestos como el de Roig como una intromisión en las sacrosantas funciones del Estado. Porque el Estado son ellos, nadie más.

Eso es tan cierto como que tenemos concejales, aquí digo, en Valencia, a quienes lo del Arena, ni fu ni fa. Preferirían una ciudad en la que se vendieran patatas en su plaza principal, los coches circularan tirados por caballos como en Walking Dead sorteando maceteros horribles de los que brotan plantas salvajes. Eso sí, “autòctones”.

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