Hemos convertido el mar en una trampa mortal

Si vives cerca de la costa, seguro que si has caminado por la arena tras una tormenta o al finalizar un estival día de playa, has visto cómo lo llenamos todo de basura

Esta semana ha comenzado el verano, una estación íntimamente vinculada con el mar.

El mar, ese fascinante espacio, hogar de cientos de miles de especies animales que hemos convertido en un enorme vertedero.

Imagino que has leído algún artículo o has visto algún reportaje o documental que muestra la cantidad de plástico que termina en el mar y qué ocurre con esos más de 5 billones de fragmentos de plástico que según National Geogràfic flotan en nuestras océanos. Entre estos plásticos se encuentran tapones, bolsas, vasos, botellas, colillas, bastoncillos de los oídos…todo tipo de objetos, incluyendo las redes de pesca que, según estiman algunas organizaciones ecologistas, llegan a suponer el 10% de los plásticos abandonados en el mar.

Si vives cerca de la costa, seguro que si has caminado por la arena tras una tormenta o al finalizar un estival día de playa, has visto cómo lo llenamos todo de basura. Una basura que el mar nos devuelve siempre que puede para recordarnos el daño que le estamos causando.

Mi último paseo por una playa la semana pasada, de apenas media hora, me mostró sobre la arena bolígrafos, bastoncillos de los oídos, tapones, botellas de agua, de detergente, envases de yogur, juguetes, una taza, bolsas, un trozo de red de pesca y hasta una regadera. Esto, sin contar los millones de trozos de plástico de colores que, a modo de confeti, salpicaban toda la superficie sin poder ya distinguir cuál fue su origen, y cuándo se inició su deterioro.

Imagino que sabes que con el plástico que llega al mar, ocurren básicamente dos cosas.

La primera es que elementos como bolsas, cuerdas y todo tipo de arandelas y mallas, incluidas las redes de pesca, son una trampa mortal que termina estrangulando a peces, mamíferos marinos e incluso a las aves, al no saber ni poder esquivarlas y quedar incrustadas en sus cuerpos.

La segunda es que los plásticos se van fragmentando como consecuencia de la acción de la radiación solar y el desgaste a que los somete el agua del mar. Estos trozos de plástico, de mayor o menor tamaño, son consumidos por los animales, terminando por bloquear su sistema digestivo, lo que impide que se alimenten y terminen muriendo por inanición.

¿Imaginas qué doloroso pasar días, incluso semanas, agonizando mientras te vas apagando, con una sensación terrible de hambre, y aun teniendo acceso a la comida, no puedes ingerirla?

Qué forma más perversa de provocar a alguien la muerte.

Y digo provocar la muerte porque estos animales no mueren por accidente. A estos animales los matamos. Con nuestra acción directa y con nuestra indiferencia.

Y no debemos pensar que este problema afecta solo a los animales que viven en el mar o del mar. A finales del año pasado la aparición de un ciervo muerto en Tailandia con 7 kilos de basura en su cuerpo se hizo viral, aunque no es el primer caso documentado de animal terrestre infestado de basura.

Por no hablar de la cantidad de plástico que se ha demostrado que ingerimos cada día, no solo a través de los animales que se utilizan como comida, si no a través de la sal que tomamos y posiblemente del agua que bebemos.

Nuestras acciones está sobradamente demostrado que tienen una repercusión tremenda en el resto de habitantes con quienes compartimos este hogar común, el planeta tierra, aunque con buen criterio, el otro día escuchaba al divulgador científico Manuel Toharia, comentar que este planeta debería llamarse planeta agua, y es que casi las tres cuartas partes de sus hábitats son acuáticos.

Esta reflexión, que pone de manifiesto el antropocentrismo con que funcionamos, da pie a una nueva consideración...apenas ocupamos un 30% de la superficie del globo terráqueo y sin embargo, somos capaces de llevar los efectos de nuestra derrochadora forma de vida a casi su totalidad, lo que ocasiona un terrible sufrimiento inmediato a los otros animales y complica mucho el futuro a las generaciones venideras de nuestra especie.

Estoy segura que en numerosas ocasiones te has planteado que te gustaría hacer algo para ayudar a los animales, pero no tienes tiempo. Pues bien, ante ti se presenta otra forma muy sencilla de hacerlo.

Sólo debes evitar utilizar plásticos, reutilizar hasta el infinito los que tienes y reciclar los que ya no vas a utilizar, no sin antes romper aquellos elementos que puedan resultar una trampa mortal, como arandelas, mallas, asas,...

Pequeños gestos que apenas suponen esfuerzo, sobre todo una vez interiorizas unas pautas, y que sumados a los de millones de personas que en todo el mundo deciden hacer lo mismo, salvan vidas.

 

*Coordinadora provincial de PACMA en Valencia

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