Los del aggiornamento escolar falso

Hay gran incertidumbre acerca del próximo curso. Lo principal, de momento, es asegurarse de no matricular a los niños en un colegio que pueda sentirse aludido al oír lo siguiente:

Colegios, colegietes y colegiurrios

 

Aparentáis un aggiornamento pedagógico, pero es ficticio. Simuláis que os importa mucho estar a la última, pero no es cierto. Incorporáis algunas técnicas modernas, instaláis algunas herramientas electrónicas, os mostráis informatizados y audiovisualizados, queréis convencer a vuestra escasa clientela de que sois un colegio avanzado, de que os habéis puesto al día, de que ofrecéis la misma calidad que los demás.

Sin embargo, se percibe a la legua que no es verdad: que tenéis pizarras digitales, pantallas, proyectores y otros aparatos auxiliares; que habéis hecho cursillos y habéis obtenido títulos y certificados de calidad, pero seguís expresándoos como los arrabaleros que sois, continuáis gritando a los alumnos, exigiéndoles poco esfuerzo, silenciando cosas a los padres para no «molestarlos». Así que sois el mismo colegio pero con una careta; la misma zafiedad recubierta de tiros largos. Sois, pues, modernos; o fingís que lo sois porque toca serlo, porque se ha puesto de moda; y eso, en realidad, no es un defecto exclusivamente vuestro.

Todo el mundo presume ahora de seguir la estela de María Montessori. Más de un siglo después, el método Montessori, las teorías de Montessori, la visión lúdica y un poco ñoña de la enseñanza que tuvo Montessori hace furor en los colegios. No lo hacía veinte años atrás; ni treinta; ni cuarenta. Hace furor ahora, cuando —¡qué casualidad!— escasean dramáticamente los nacimientos y los numerosos colegios que dieron servicio a una época superpoblada sobreviven repartiéndose las migajas demográficas del tiempo más nuligesto de la historia.

Mientras hubo niños en abundancia, la enseñanza utilizó, sin ponerlas en cuestión, las maneras tradicionales del esfuerzo y la constancia, y mantuvo el pensamiento abstracto entre sus elementos consubstanciales. En cambio, cuando ha llegado la escasez, cuando los alumnos han pasado a ser artículos de lujo y pocos colegios logran llenar sus aulas, han recordado a María Montessori todos a la vez.

Y no sólo a la Montessori, sino a un auténtico ejército de filósofos de la pedagogía cuyas obras llevaban décadas acumulando polvo en las bibliotecas universitarias. Y vosotros, como todo quisque, os habéis apuntado al carro de la «innovación», que consiste, paradójicamente, en aplicar procedimientos antiguos —lo cual, dicho sea de paso, no deja de ser antipedagógico—.

Pero no pasa nada, porque la electrónica le confiere a todo una pátina de novedad, un brillo futurista, un oropel maravilloso. Es lo de Montessori pero apretando botones y mirando pantallas, que siempre queda muy digital y contemporáneo. Ya os habéis instalado en la enseñanza muelle, la enseñanza del momento, el algodón de azúcar docente que piden los padres porque han oído que otros lo piden.

Lo que no han oído, ni quieren oír, es que los fabricantes de aparatos electrónicos obligan a los profesores de sus hijos a garantizar, mediante contrato, que no utilizarán tales aparatos. Pero esto es la excepción, el cuchillo de palo en casa del herrero. Los colegios, hoy, deslumbran a los padres con la electrónica, con lo divertido que hacen con ella el aprendizaje de unos niños audiovisualizados, hipnotizados y atontados que ya no son capaces de prestar a tención a un discurso más de cinco minutos.

Y vosotros intentáis no quedar obsoletos. La diferencia estriba en que modificar los métodos conlleva modificar la mentalidad; en que una enseñanza electrónica trae aparejadas, por ejemplo, vías de comunicación electrónicas a través de las cuales los padres pueden seguir casi en directo los progresos, los aciertos y —¡ay! — los tropiezos de sus hijos, de manera que se implican más estrechamente en su formación.

Uno de los rasgos principales del aggiornamento pedagógico es, precisamente, conseguir esa vinculación paterna. Los colegios de la nueva era buscan activamente, decididamente, la colaboración de la familia, pero vosotros eso lo tenéis vetado. Vosotros sabéis que a los padres de vuestros alumnos les halaga que seáis electrónicos, digitales y audiovisuales a más no poder, pero que siguen tan reacios como siempre a compartir vuestra carga; que siguen considerando las horas lectivas como una liberación y un descanso.

Por eso tenéis lo de ahora, pero seguís en lo de antes. Bastan, como prueba, las jornadas de puertas abiertas que, como novedad, y acuciados por la desesperación, habéis empezado a organizar. En ellas exhibís los nuevos medios con los que contáis, las innovaciones que habéis añadido —y que a veces utilizáis, aunque no lo decís, para entretener a los niños con dibujos animados—.

El objetivo es atraer familias nuevas. Pero no vienen. Solamente acuden unas pocas, las más allegadas entre las que ya tienen a sus hijos en el centro. Eso, para un día de puertas abiertas, es un fracaso total —aunque vosotros, porque sabéis la razón, hacéis como si no lo vierais—. Y esa razón es que os conocen. Saben qué clase de colegio sois. Y la mona conocida sigue siendo un simio aunque se vista de seda.

Estáis en una localidad pequeña donde hay otros colegios, y el pescado está vendido. Tanto da que organicéis días de puertas abiertas o no. Todo el mundo sabe dónde quiere matricular a sus hijos. Y en un contexto como éste, lo que os urge cambiar no es únicamente la tecnología.

Si queréis que os elijan, que cambien su opción inicial y os prefieran a vosotros, tenéis que cambiar en otros aspectos: perder el miedo al desempleo y rechazar de plano la grosera coacción que muchos padres, indiferentes al aprendizaje de sus hijos, ejercen sobre vosotros; recuperar la dignidad y la fidelidad a vuestros principios; incrementar el nivel académico; volver al reglamento como única forma de mantener la disciplina, y refinar un poco —algunos un mucho— vuestros modales y vuestro vocabulario. Sería un buen comienzo, una transformación imprescindible para que la electrónica no sea un mero disfraz.

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