12 de noviembre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

El PP especula sobre las oscuras intenciones ocultas de Aznar con Soraya

Sáenz de Santamaría, entre Aznar y Botella.

Sáenz de Santamaría, entre Aznar y Botella.

En La Moncloa son muy conscientes de que va a haber nuevos bocinazos del expresidente. Incluso, que lleguen a revivirse situaciones “de tensión” entre los entornos de Rajoy y de Aznar.

El mundo al revés, o casi. Resulta que el PSC y C´s elogian el cambio de estrategia adoptado por Mariano Rajoy en el contencioso catalán y va José María Aznar y se desahoga contra la (esta vez) conciliadora Soraya Sáenz de Santamaría. La paradoja de Aznar es su capacidad de otorgar vigencia a sus ideas cuando resultan útiles a sus propósitos.

¿Olvida Aznar cuando hablaba catalán en la intimidad, o cuando entregó la cabeza de Vidal-Quadras a Pujol?

El ex presidente parece a veces decidido a querer borrar su historia. El “arte de lo posible” en la política le permitió hablar “catalán en la intimidad”, según sus propias palabras, y le sirvió para comprometer los votos de CiU a su investidura a cambio de la decapitación de Aleix Vidal-Quadras al frente del PP catalán. Aquello convino a su táctica.

Sin embargo, en la actual coyuntura, Aznar no ha dudado en introducir un gratuito factor de distorsión en los esfuerzos de Sáenz de Santamaría por reconstruir puentes con Cataluña y evitar la ruptura total que busca el independentismo. Dejando claro la vicepresidenta que, en caso de llegar a asomarse a ese precipicio, serán los soberanistas y no el Gobierno de Rajoy quienes habrán dinamitado la posibilidad de acuerdo.

Además, en La Moncloa son muy conscientes de que va a haber nuevos bocinazos del expresidente. Incluso, que lleguen a revivirse situaciones “de tensión” entre los entornos de Rajoy y de Aznar. Esteban González Pons ha puesto inteligentemente el dedo en la llaga: “A Aznar se le respeta, pero a Sáenz de Santamaría se le apoya”.

El portavoz europeo del PP se ha guardado para sí, aunque seguro que lo tenía en la punta de la lengua, que se le respeta mientras se ciña al papel que le corresponde como presidente de honor del partido y expresidente del Gobierno. Porque, lógicamente, si Aznar se convierte en un político más al uso y entra en la refriega diaria, no debería quejarse si le contestan como a cualquier otro político más a quien se apoya o se critica.  

Hay quienes atribuyen el brusco movimiento del expresidente a su temor por el nuevo perfil que puede adoptar el Partido Popular. Algunos populares apuntan incluso que recela de un posible éxito de Soraya Sáenz de Santamaría que la propulsase en la carrera sucesoria. Demasiado imaginar me parece. Pasado, presente y futuro: esas palabras, siempre entrelazadas, forman el complejo pensamiento de Aznar, donde en ocasiones la medicina que él aplica es peor que la enfermedad.

Pero las circunstancias son las que son… y ellas son las que mandan en política. Es obvio que el diálogo entre Mariano Rajoy y Carles Puigdemont será imposible mientras exista la amenaza de una convocatoria de referéndum ilegal. Condición imprescindible para explorar terrenos de entendimiento debe ser que se orille el debate sobre la independencia. Ahora bien, tal como están las cosas, Rajoy debe auspiciar una rebaja en el nivel de conflictividad entre Madrid y Barcelona.

Quizá así pueda buscarse una salida pactada dentro de la legalidad. Salvaguardando, por supuesto, que un Gobierno siempre está sometido a sus obligaciones constitucionales. Ni qué decir tiene que en el PP todo el mundo da esto por descontado. Y no se entiende bien que Aznar no lo haga también.

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