Al borde del precipicio

El tiempo se agota y no queda ya más margen para conseguir negociar un nuevo acuerdo de salida. Las opciones británicas se reducen a aceptar el actual acuerdo

Un conjunto de despropósitos condujeron a la celebración el 23 de junio de 2016 de un referendum sobre la permanencia de Reino Unido en la Unión Europea. Otro montón de desatinos llevaron al triunfo del NO, muy ajustado y desigualmente repartido territorialmente. Un tercer cúmulo de dislates amenaza con conseguir justo lo contrario que los partidarios del Brexit defendían: ni más independencia, ni más prosperidad, ni el fin de sus problemas.

La renuncia de Nigel Farage, el histriónico y populista lider del Partido de la Independencia de Reino Unido (UKIP), una vez obtenido el NO a la permanencia, debería haber servido de aviso a navegantes de lo que iba a ser la tónica general del Brexit: arrojar la piedra pero esconder la mano.

Quienes debieran haber pilotado el abandono de la UE, viendo el desolador panorama que les esperaba, se retiraron a un discreto segundo plano desde el que despotricar con seguridad sin aportar soluciones y sin exigencias de responsabilidad.

Una Theresa May, a la que hay que admirar por su tesón de soportar una carga incómoda, más las puñaladas de muchos de sus propios compañeros de partido, además de las lógicas críticas de la oposición, se ha visto obligada a defender a capa y espada el mayor error de la historia de Reino Unido, ya que nadie más se atreve a ponerse al frente de ese desaguisado.

Poco tardaron en darse cuenta de que volver a un status imperial era imposible, que el mundo había cambiado y ya no eran la metrópoli poderosa e influyente de antaño; salir sin llegar a acuerdos con la UE era poco aconsejable, pero negociar y ceder supondría traicionar todas las promesas hechas a los euroescépticos, una parte de los cuales, de modo suicida, prefieren una salida a las bravas, sean  cuales sean las consecuencias.

Las negociaciones para el divorcio con la Unión han seguido esta tónica de intentar contentar a los ultras, a la vez que se cede lo suficiente para que la economía británica no se colapse con un Brexit duro.

Sin embargo, esta equidistancia no ha contentado a nadie y ha conducido a una humillante derrota del gobierno de Theresa May al intentar aprobar el acuerdo alcanzado con los negociadores europeos; derrota no muy sorprendente, que ya había sido precedida por una sucesión de renuncias dentro de su propio gobierno.

Con todo, ni a propios ni a extraños les interesaba la caída del gobierno de May, puesto que superó con holgura la moción de censura planteada esta misma semana. Nadie quiere asumir el coste político de ser el Premier que llevó al país a la ruina.

En todo caso, el tiempo se agota y no queda ya más margen para conseguir negociar un nuevo acuerdo de salida. Las opciones británicas se reducen a aceptar el actual acuerdo, salir sin acuerdo alguno. Conseguir una prórroga de la UE, que no les saldría gratis, o, si alguien se atreve a liderar un proyecto sensato, promover un nuevo referendum con una defensa clara del SÍ que movilice todos los partidarios de la permanencia que se quedaron en casa el 23 de junio de 2016 y agitar la bandera del miedo entre los que votaron NO.

Cierto es que el resto de Europa sufriría igualmente las consecuencias de un Brexit sin acuerdo, pero mientras que unos conservarían multitud de acuerdos bilaterales y multilaterales, Reino Unido comenzaría de cero con buena parte del mundo, sometido únicamente a las reglas de la Organización Mundial del Comercio. Y eso sin olvidar que los residentes comunitarios en suelo británico y los británicos en el resto de Europa se encuentran a la espera de pasar a un limbo engorroso como preámbulo a un verdadero infierno si no se clarifica su futuro.

Las elecciones europeas del 29 de marzo son la fecha límite. ¿Habrán tomado los británicos una decisión para entonces, o preferirán caer por el precipicio?

*Abogado y politólogo.

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