La conquista del Reino de Valencia: las primeras cabalgadas (1233-1235)

Los cristianos arañaban ya los muros de Balansiya y Jaime I no dejaba de añadir nuevas conquistas y aumentar su prestigio

En la conferencia de Alcañiz se decidió acometer la conquista del reino de Valencia por la parte norte. En este sentido, el rey había aprendido de sus anteriores fracasos a la hora de sitiar poderosos castillos y centraría sus esfuerzos en la conquista de los centros urbanos.

Después de todo, era allí donde se localizaba la riqueza, los recursos y la población. El objetivo inicial sería la villa de Burriana. Situada en llano y relativamente cerca del mar, ofrecía a las fuerzas del rey mayores facilidades tanto para asaltarla como para aprovisionarse.

Sin embargo, las primeras conquistas escaparon al control del rey. En 1232 las milicias de Teruel se apropiaron de Ares y poco después la importante y fortificada villa de Morella caía en manos de un noble aragonés, don Blasco de Alagón.

Una iniciativa que respondía a un privilegio concedido por el rey en un contexto bien diferente, en 1226, por el cual se le reconocería como señor de todas las tierras que fuese capaz de arrebatar a los infieles. En aquel momento el rey lograba desviar la atención del noble y ganarse su favor, a la vez que también creía que en aquellos años tan conflictivos sería incapaz de conquistar nada. Pero el tiempo había pasado y el noble conservaba todavía aquella prerrogativa.

Jaime I tuvo que reaccionar para enmendar lo antes posible su error, ya que afectaba al poder y preeminencia del rey en el proceso de conquista. La iniciativa no podía pertenecer a particulares. Se desplazó inmediatamente hasta Morella y se presentó allí antes que don Blasco, para después lograr que este se la cediera. A cambio, el noble mantendría el dominio feudal sobre la villa y sería recompensado con otros lugares en cuanto estos fueran conquistados: Coves de Vinromà, Culla, etc.

Resuelta la cuestión de Morella, la hueste se dirigió a su objetivo y puso sitio a Burriana a mediados de mayo. Pero todas las previsiones fallaron. Los defensores no se dejaron amilanar ni por las fuerzas reunidas en su contra, ni por el prestigio del rey ni por los ingenios de asedio que fueron desplegados. Plantearon una defensa a ultranza y las penalidades por las que pasaron los sitiadores fueron muchas.

Faltos de víveres, una parte destacada de nobles aragoneses, encabezados por su tío don Fernando y don Blasco de Alagón –aún receloso por lo sucedido en Morella–, le propuso levantar el sitio y cobrar el dinero que Zayyán ibn Mardanish, rey de Valencia (Málik Balansiya), sin duda ofrecería a cambio de una tregua.

En caso contrario, le advirtieron que todavía podría perderse mucho más tiempo hasta lograr la rendición de un lugar de escaso valor. Pero el prestigio de Jaime I, conquistador de Mallorca, estaba en juego. Reunió al resto de nobles que le apoyaban y los aragoneses, al comprobar que el resto manifestaba públicamente su voluntad de seguir allí, tuvieron que retirar su postura.

El pulso también pasaba factura a los sitiados, cuyas provisiones se estaban agotando a la vez que sus ánimos se diluían, pues pasaba el tiempo y no llegaba socorro alguno desde Valencia. Cercados por los cristianos, pero conociendo sus dificultades, ofrecieron una tregua y la rendición de la villa si al cumplirse un mes no habían recibido auxilio alguno. Jaime I comprendió sus verdaderas intenciones y rechazó estos términos y otros más favorables de forma tajante, hasta que les quedó claro que tiempo era lo último que estaba dispuesto a concederles.

Finalmente, se les otorgó cuatro días a los habitantes para abandonar la villa con todo lo que pudieran cargar. Según la crónica real, salieron de ella un total 7.032 personas. Tras dos meses de sitio, el rey pudo entrar en la villa, seguido de su nobleza, que bien hubiera preferido un saqueo que compensase sus sufrimientos en lugar de un pacto en tales términos.

Incluso entre los partidarios del rey surgieron dudas sobre las dificultades y conveniencias para mantenerse allí, a tan solo dos jornadas de tierra de moros, pero de nuevo Jaime acalló las voces discordantes e impuso su voluntad.

La estrategia de centrarse en núcleos urbanos y no en grandes fortificaciones ofreció pronto sus resultados. Privadas de sus fuentes de suministros y lejos de la capital, el poderoso castillo de Peñíscola, aquel frente al cual años antes había fracasado el rey, se rindió.

Y después le siguieron otros: Cervera, Pulpis, Xivert... Desde Burriana se practicaron cabalgadas en toda la zona circundante: Onda, Nules, Almenara, la Vall d'Uixó... Se consiguió botín, se atemorizó a la población musulmana y se atrajo así a nuevos guerreros.

Unos éxitos que permitieron ampliar el radio de acción de tales ataques: Sagunto, Puçol, Alzira, Cullera,  Paterna, Manises, Albalat, Silla... Ni siquiera la huerta de la capital permaneció a salvo, pues fueron atacadas varias torres que la defendían.

Los cristianos arañaban ya los muros de Balansiya y Jaime I no dejaba de añadir nuevas conquistas y aumentar su prestigio, pues en 1235 las islas de Ibiza y Formentera ampliaron sus dominios.

 

*Doctor en Historia-UV. Dottore di ricerca-UniCa

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