15 de octubre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

¿Qué van a hacer los políticos para acabar ya con la inseguridad en sus calles?

 

 

Seguramente las televisiones han hecho de ello un espectáculo veraniego, pero la sensación de inseguridad en las calles de medianas y grandes ciudades de España es un fenómeno muy cierto que no se mide solo por las estadísticas concretas de delitos.

Si los vecinos creen que puede pasarles algo, los alcaldes y las autoridades en general tienen un problema objetivo que no están sabiendo entender ni gestionar y que, en casos como el de Ada Colau en Barcelona o Manuela Carmena en Madrid, han incentivado con sus irresponsables políticas de tolerancia ante el abuso y la ilegalidad desde un falso humanitarismo que no ha ayudado a nadie.

En incontables municipios de España es fácil ver plazas céntricas tomadas por grupos de actitud agresiva o incívica; la suciedad del espacio público y el deterioro del mobiliario urbano es galopante, y la sustitución de la población residente tradicional por ciudadanos de otras religiones, nacionalidades y costumbres es evidente.

Los mayores, desatendidos

Esto último, por supuesto, no tiene que ser ni estigmatizado ni acusado, pero es obvio que contribuye a generar una sensación de desatención para capas de mayores incapaces de reconocer su entorno de toda la vida.

Ante esto, y según cada fenómeno, ha de activarse una respuesta social, policial o reparadora que empieza, sin duda, por la mera presencia de operarios de todas esas áreas, de manera constante y visible.

No es normal que los Ayuntamientos dediquen buena parte de sus recursos públicos a grandes plantillas de policías, barrenderos o trabajadores sociales y que luego no se les vea

No es normal que los Ayuntamientos dediquen buena parte de sus recursos públicos, obtenidos en no menor medida de una galopante presión fiscal a sus vecinos, a grandes plantillas de policías, barrenderos o trabajadores sociales y que luego en la práctica no se les vea en los barrios, de manera constante, fija, como parte del paisaje cotidiano.

Por si solo eso tendría un efecto positivo, disuasor y tranquilizador de primera magnitud que contribuiría a calamar a los vecinos y, también, a integrar mejor a los foráneos que se asientan allí para desarrollar un proyecto de vida personal desde el esfuerzo y el trabajo.

Auditar el gasto en personal

Por eso, más allá de las grandes palabras y los grandes proyectos, lo que deberían hacer todos los Gobiernos y oposiciones municipales es auditar con urgencia en qué se gastan el dinero de todos y con qué eficacia.

¿Por qué hay poca Policía Local en las calles si sus plantillas no han dejado de crecer? ¿Por qué la limpieza urbana es tan deplorable, por lo general, pese a el ingente gasto que comporta? ¿Qué sistema de trabajo, recogido a menudo en convenios colectivos que anteponen la comodidad del empleado a sus obligaciones con el ciudadano, puede modificarse para paliar este abandono?

Son preguntas razonables que han de tener respuestas concretas, con cifras y explicaciones detalladas. Porque de no haberlas, el hartazgo vecinal acabará conduciendo a la creación de patrullas aficionadas, con lo que esto supone de fracaso y de riesgo para la convivencia.

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