19 de septiembre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

La equidistancia de Sánchez

Pretender que Maduro encabece la convocatoria electoral es un despropósito de Sánchez que arrastra a la Unión Europea y prolonga el drama de los venezolanos.

 

 

 

En La Moncloa tocan madera. La crisis en Venezuela le ha estallado al Gobierno a horas de su visita oficial los días 29, 30 y 31 a República Dominicana y México. Este último destino ha sido el más ansiado por Pedro Sánchez desde su llegada al poder, viéndose forzado a retrasar la visita al izquierdista Andrés Manuel López Obrador desde su toma de posesión como nuevo presidente, a la que quiso acudir, pero se le solapó con la Cumbre del G-20 en Argentina.

Tampoco pudo volar justo después por las elecciones en Andalucía del 2 de diciembre. Llegado el momento, cala la sensación de que el presidente tiene “mal fario” para ampliar su book fotográfico con López Obrador, quien es, por cierto, un entusiasta del régimen chavista.

 

Sánchez llegará a México habiendo lanzado guiños al opositor venezolano Juan Guaidó, incluido un reconocimiento de su “coraje”, aunque dejando en el ambiente la sensación política de que sus “inquietantes” apoyos parlamentarios le han impedido seguir la vía ética que cualquier Gobierno español debería tomar sin demoras ante lo que ocurre en un país tan próximo como Venezuela.

¿Un mensaje?

Equidistantes, desde La Moncloa tuvieron interés en vender la carga simbólica de la llamada de Sánchez entre las nieves de Davos a Guaidó y la cita en el foro con los líderes de Colombia, Ecuador y Costa Rica, que sí han otorgado la legitimidad al nuevo presidente de Venezuela. “Eso ya representa un mensaje”, repetían colaboradores del presidente.

No es Maduro, precisamente, quien puede encargarse de hacer elecciones libres en Venezuela como “candorosamente” pide nuestro presidente

Luego, Sánchez recalcó estos pasos en su comparecencia institucional, sin preguntas, este sábado para volver a pedir elecciones o, en caso de no convocarse, amenazar con reconocer a Guaidó en ocho días.

En realidad, un parche para burlar la presión interna. No hay dictaduras más llevaderas. La esperanza venezolana se abre gracias a la valiente lucha de sus ciudadanos, deseosos de ver el final del drama humano de Nicolás Maduro.

El descrédito

Pero, en su consecución, se hace indispensable la presión internacional. No es Maduro, precisamente, quien puede encargarse de hacer elecciones libres en Venezuela como “candorosamente” pide nuestro presidente.

Un contrasentido, qué duda cabe. Cada hora que pasa sin reconocer a Juan Guaidó como presidente legítimo, el Gobierno de España se desacredita sorteando liderar una respuesta europea que mire los ojos de los venezolanos.

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