Cuando las puertas se abran de par en par

Las puertas se abrirán

Las puertas se abrirán

Cuando el coronavirus empiece a ceder, los escenarios que encontraremos serán complicados y complejos. Abriremos las puertas y veremos que el trabajo será mucho

Cuando se abran de par en par las puertas de casas, comercios, empresas, fábricas, bancos, oficinas institucionales, iglesias, guarderías, escuelas, universidades, museos, centros culturales, restaurantes, bares, cafeterías, cines, teatros y más, las personas ya no vamos a ser las mismas de antes. No debemos ser las mismas. No sólo reconstruiremos un pueblo, una ciudad, un país. Tendremos que empezar a reconstruirnos nosotros mismos.

La normalidad del pasado quedará en el pasado y surgirá una nueva y difícil realidad. Debemos salir con la lección bien aprendida, la primera y más dura de tantas que seguro vendrán: cuidar nuestra salud y la de nuestro prójimo, sin egoísmo ni soberbia y orgullo. No nos veremos igual. No nos besaremos ni nos abrazaremos como antes, pero aprenderemos a saludarnos con una mirada de nueva vida.

No debemos volver a vernos por colores sino por valores. Aprenderemos a dar las gracias al despertar y al anochecer a un Dios, a la vida, al universo. A quien se quiera y en quien se crea. Cada día las sonrisas primarán sobre las quejas, los reproches y, cuando las lágrimas aparezcan, serán de agradecimiento, de emoción, de alegría por estar vivos.

Debemos mirar más a nuestros vecinos y aprender a saludarlos, a darles el buen día. Seremos capaces de retomar la antigua costumbre de llamar por teléfono a nuestros padres, hermanos, primos y amigos y dosificaremos la comunicación a través de los mensajes escritos. Comeremos en familia sin la compañía de un televisor o un móvil y charlaremos.

Valores

El respeto, el agradecimiento, la honestidad, la solidaridad, la responsabilidad y la conciencia serán nuestras herramientas de vida y batalla. Tendremos que aprender a ser personas íntegras.

La crítica que salga de nuestra boca y de nuestro dedo índice, será para construir no para destruir. Bendeciremos el pan sobre la mesa y valoraremos el trabajo que tengamos, o buscaremos con fe el que hayamos perdido.

Cuidaremos nuestra alimentación y el dinero, así como el agua, la luz y el gas. Aprenderemos a ahorrar. Tomaremos más conciencia de nuestras compras, incluso de nuestras basuras. Será obligación en las charlas de café hablar más del medio ambiente que del último cotilleo.

Estaremos obligados a tocar las flores y a oler sus fragancias; a que nuestro oído busque el canto de un pájaro y el ladrido de un perro. Y a dar las gracias por esos instantes. Respetaremos el bullicio y la alegría de los niños, recordando que un día también lo fuimos. Ayudaremos a una anciana a cruzar la calle y seremos capaces de entablar conversación con un hombre mayor que esté sentado con su soledad en el banco de un parque.

Compromisos

Tendremos la obligación de visitar más seguido a nuestros muertos en el recinto donde descansan y a ser capaces de expresarles unas palabras o una oración. Habrá que visitar a nuestros enfermos, sean jóvenes o viejos, a quienes les manifestaremos nuestros sentimientos y les haremos compañía.

Una, dos, tres o más veces al año será necesario hacer labor social o voluntariado no sólo para alimentar el corazón, sino para reafirmarnos como personas. Miraremos al desprotegido y le brindaremos una manta, un plato de comida y un abrazo sin repulsión ni asco.

Estaremos obligados a reír más que a llorar. A leer lo que nos construya y no lo que nos destruya. La música, en compañía de un buen libro, será nuestra eterna compañera y no el cigarro, el alcohol y las drogas.

Haremos poesía cuando dediquemos más tiempo a nuestros hijos y estos lo compensen con un beso y un abrazo, más que con un salto de alegría por haberles regalado el móvil de marca.

Nos callaremos con palabras, no con gritos ni golpes. Haremos pactos solidarios con nosotros mismos para trabajar por nuestra comunidad, nuestro país, haciendo a un lado la idea de que todo lo tienen que hacer los gobiernos. Tendremos que enseñar a nuestros hijos a amar y respetar la vida y la tierra, pero siempre con el ejemplo.

Nunca olvidaremos la pandemia de 2020. No deberíamos, porque esta desgracia mundial nos marcará con el nacimiento de una nueva era. Derramaremos lágrimas por aquellos que el virus letal nos arrebató en el dolor y la soledad. Y elevaremos oraciones, palabras y recuerdos por ellas y por ellos. Cada vez que los recordemos les rendiremos un merecido homenaje.

Cuando las puertas se abran de par en par, tendremos pasado, presente y futuro. Éxitos, fracasos, experiencias, anécdotas, aprendizajes, recuerdos, lágrimas, risas y preguntas, muchas preguntas cuyas respuestas quizá llegarán, quizá no, y lo único que nos quedará será volver a empezar...

*Periodista 

 

 

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