Un gobierno de reality

Nunca me habría imaginado que la actualidad de un gobierno estuviera más pendiente de las supuestas infidelidades de un vicepresidente con su señora ministra, que de poder super la

Uno siempre ha pensado que el gobierno de un país es algo serio, compuesto de personas ejemplares en sus usos y costumbres y que emanan un aura de respeto y formalidad. Pero o estaba muy equivocado, o al menos en España, se nos ha ido al garete cualquier similitud con esa imagen de dignidad responsable que yo tenía.

Tal es la lamentable imagen a la que nos hemos acostumbrado de nuestros ministros y ministras, que el debate sobre si puede ser o no Jorge Javier Vázquez un futuro ministro puede llegar a tener bastantes visos de realidad. Y es que nuestro parlamento empieza a parecerse más al plató de Sálvame que a la institución más importante de nuestro país, por lo que el afamado presentador bien podría ser hasta presidente de un futuro gobierno.

Después de la discusión que mantuvo con Belén Esteban en su programa, no sería ella una de sus ministras, ya que siendo su nombre artístico “la princesa del pueblo” todo me hace pensar que sería la líder de la oposición. Ahora, parece ser, que para ser ministro o ministra de izquierdas tienes que tener un apodo algo más rimbombante, como por ejemplo el de marqueses, que aun siendo de mucho menor protocolo que el de princesa, a ésta le penaliza el añadido plebeyo de su título.

Nunca me habría imaginado que la actualidad de un gobierno de mi nación estuviera más pendiente de las supuestas infidelidades de un vicepresidente con su señora ministra, que de poder superar de nuevo la barrera del 20% de tasa de paro. Jamás pensé que la igualdad que con tanto griterío defiende el socialcomunismo, fuera que las señoras ministras utilizaran términos como “chiqui” o “tía” en sus intervenciones públicas.

Se han visto cosas extrañas y de discutible gusto en la política española, pero hemos tenido que esperar a 2020 para ver a un ministro disfrazado de astronauta haciéndose un book de fotos en su despacho. O yo estoy muy chapado a la antigua o hay más de uno que no sabe dónde está, y lo que es más grave, ni a quién está representando.

Hay cargos que conllevan un fondo y unas formas, y aunque está claro que un traje o una corbata no tienen por qué ser requisito para ser ministrable, sí debe serlo el no ser el prototipo de “tronista televisivo”, porque esto no es un gran hermano, es la realidad, que ya es dura por sí sola.

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