La ciudad no es para mí. Cuento triste de Navidad

Con motivo de las fiestas navideñas –Feliz Navidad queridos lectores- el gran Teatro Colón de Buenos Aires programó un recital antológico de un viejo cantante de tangos ya retirado. Dos españoles, tras disfrutar en La Biela de una tarde soleada en el entorno de la Recoleta, decidieron asistir a la representación.

El Colón –al que nadie osó jamás cambiar el nombre- estaba repleto y el ambiente, pese a las difíciles circunstancias económicas y sociales, era festivo y alegre. Diverso de edades, aspectos y clases sociales. El gallinero más ruidoso y tal vez más entregado. En los palcos, más contenido, la entrega no fue menor.

El repertorio, toda una antología del tango, era de corte fundamentalmente clásico, sin apenas concesiones a la fusión o a lo fashion. El público, locales y visitantes, escuchaba en silencio y aplaudía con entusiasmo.

Terminado el espectáculo la bandera nacional argentina ocupó el fondo del escenario con su sol brillante en el centro. Al tiempo sonó el himno. El auditorio se puso en pie al completo. Fue entonces cuando mis amigos se dieron cuenta de que la mayoría llevaba escarpelas o pins con el escudo nacional. Dicen que la emoción y las lágrimas –ya se sabe- resultaron contagiosas. El aplauso atronador dio fin a un gran espectáculo.

En el parisino estadio del Parc des Princes –no consta republicano alguno que haya propuesto cambiar el nombre- dos españoles aficionados al fútbol, tras visitar por la mañana los Kandinskis del Beaubourg, asistieron al partido de Navidad entre el Paris Saint Germain y el Nantes. El Parc des Princes estaba repleto y el ambiente, pese a las difíciles circunstancias económicas y sociales, era festivo y alegre. Diverso de edades, aspectos y clases sociales. El gallinero más ruidoso y tal vez más entregado. En los palcos, más contenido, la entrega no fue menor.

Fue un partido limpio y sin estridencias ni agresiones, sin lesiones reales o fingidas. Puro futbol. El público, locales y visitantes, apreciaba el juego y aplaudía con entusiasmo.

Terminado el espectáculo la bandera nacional francesa, invariable desde la Revolución de 1789, ocupó el centro del campo. Al tiempo sonó la Marsellesa. El auditorio se puso en pie al completo. Fue entonces cuando mis amigos se dieron cuenta de que la mayoría llevaba escarpelas o pins con el emblema nacional. Dicen que la emoción y las lágrimas –ya se sabe- resultaron contagiosas. El aplauso atronador dio fin a un gran espectáculo

Los cuatro españoles, crecidos por el gesto, colgaron de la empuñadura de sus maletas una cinta rojigualda. Al recogerlas en Barajas, en sus maletas algún malnacido había escrito FACHAS.

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