21 de febrero de 2018
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Iglesias asumió todo el poder, pero rechaza toda responsabilidad en el fracaso

En el aniversario de Vistalegre 2, Iglesias se perfila como el líder que creó a Podemos pero también quien puede hundirlo. El balance, en todos los sentidos, no puede ser más tétrico.

 

 

Pablo Iglesias cumple un año al frente de Podemos en su segunda etapa, aquella que comenzó en la llamada Vistalegre 2 y puso fin al supuesto romanticismo que, hasta ese momento, impulsaba a la formación: la ruptura entre el secretario general revalidado y su alter ego, Íñigo Errejón, simbolizó el tránsito de un partido que decía ser distinto a otro marcado por el hiperliderazgo, tan lógico en este ámbito como incompatible, sin embargo, con la propaganda previa.

Apenas queda rastro del Podemos original, un partido radical desde sus inicios que, pese a eso, tuvo la virtud al menos de incorporar a mucha gente ajena a la política y de agitar las aguas de la política tradicional, necesitada a veces de este tipo de fenómenos para salir de su espacio de confort y reaccionar.

Iglesias ha acabado con los Círculos y toda su estrategia se limita a conserva el poder interno sin disidencias

Hoy no queda rastro de los Círculos, apartados ya desde el origen al prohibírseles presentarse a las Elecciones Municipales. La disidencia es cortada en seco y apartada de toda representatividad. Y la frescura primigenia, más fruto de la forma que del fondo -siempre caduco y mil veces visto-, ha derivado en anquilosamiento, nepotismo y una falta de imaginación para afrontar los problemas reales, sustituida por improvisaciones ya no cuelan o debates tan absurdos como el de Irene Montero y su 'lenguaje inclusivo'.

Podemos se ha hundido hasta la cuarta plaza, en una caída que no tiene visos de acabar pronto,  tras aspirar a la hegemonía en la izquierda y al Gobierno de España, y no parece sencillo que salga de ahí: lejos de rectificar en su política territorial errática, clave en el momento actual, la ha profundizado hasta convertirse en una especie de socio inútil de un independentismo que, a más inri, no le tiene en cuenta.

Líder único

Y si el auge de Podemos es imputable a Iglesias, su caída también debe serlo. Él mismo avaló esa lectura al convertir su proclamación de hace un año en una rendición incondicional de todo y todos en su partido a sus designios, tanto en el modelo de organización cuanto en su hoja de ruta, sus objetivos y sus propuestas.

 

En Podemos nadie levanta la voz y los inscritos no participan: es el legado de Iglesias y la antítesis de lo que defendía

 

¿No sería razonable que, del mismo modo que se asume todo el poder, se asuma toda la responsabilidad cuando el resultado de esa estrategia es tan objetivamente negativo? ¿Hay algo más antiguo en política que monopolizar el mando y esquivar las consecuencias cuando los resultados son adversos?

Si Podemos fuera el partido que aún hoy sus dirigentes dicen que es; de su seno saldrían voces disidentes exigiendo cuando menos una reflexión y cuando más una salida. Y los simpatizantes, tan utilizados en su momento como emblema de una nueva forma de hacer política, no dejarían de reclamarlo por todos los conductos oficiales y públicos.

Sin participación

Que ninguna de ambas cosas suceda es una prueba más del estado de la formación y de la manera de gestionar el poder de Iglesias: los críticos no existen o no se atreven, lo que les juzga también a ellos muy negativamente; y la participación de los inscritos simplemente es residual.

Si a ambas certezas se le añade la evidencia de que, para una mayoría de españoles, no hay nada más arcaico que una izquierda radical, ajena a la Constitución y más empática con Bildu o ERC que con el PP, el PSOE o Ciudadanos; la conclusión no puede ser más atronadora: Iglesias es un líder en caída libre; y es probable que Podemos le acompañe en esa ruta hacia la nada si nadie en la organización es capaz de romper amarras con un dirigente único en todas las acepciones, positivas y negativas, del término.

 

 

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