Los primeros intentos de conquista de Jaime I: el asedio de Peñíscola (1226)

Cuando el emir de Balansiya (Valencia), Abu Zayd, le ofreció la quinta parte de sus rentas a cambio de que sus territorios no fueran atacados, el rey aceptó

A mediados de la década de 1220 Jaime I ya no era un niño. Y conforme crecía y maduraba, la nobleza veía amenazada su posición, reforzada extraordinariamente por los acontecimientos que siguieron a la batalla de Muret.

Jaime I comenzaba a reinar y fortalecía sus posiciones, por ejemplo, con acuerdos favorables en torno a la sucesión del condado de Urgell. Ello le granjeó la oposición de la poderosa familia de los Montcada, con intereses territoriales en aquella zona. Estos mantenían un conflicto abierto por motivos privados con Nuño Sánchez, señor de Rosellón y Cerdaña, entre otros.

Las luchas nobiliarias impedían la paz del rey y la ofensiva de este, aunque inicialmente triunfal, fue frenada en seco en el sitio de Montcada. En tres meses Jaime I fue incapaz de tomar el castillo y tuvo que retirarse ofreciendo muestras de una peligrosa debilidad que fue rápidamente aprovechada por sus enemigos y supuestos aliados.

La nobleza dejó de lado sus luchas internas y pactó en contra del rey: Pedro Fernández de Albarracín, Guillem de Montcada e incluso su tío Fernando de Montearagón o Nuño Sánchez, al cual había defendido. Y fueron a buscar al rey para confinarle, junto con su esposa, en el alcázar de Zaragoza.

Se colocaron guardias en sus aposentos más para evitar su huida que para garantizar su protección. Fueron veinte largos días de secuestro vergonzoso en 1225 y solamente acabaron cuando el rey aceptó los requerimientos de los nobles. Entre ellos, Guillem de Montcada le exigió reparaciones de guerra.

Resultaba imperioso lograr la estabilidad interna y controlar a la nobleza levantisca. El rey concibió un plan en la que todas las partes, incluido él mismo por supuesto, podrían salir beneficiadas. La ambición territorial y la fuerza militar de los nobles debían ser proyectadas hacia el exterior, hacia las tierras del Islam.

Ciertamente, la empresa exterior aunaría voluntades. El rey obtendría prestigio y le permitiría recomponer los acuerdos. La nobleza obtendría nuevas tierras a cambio de su colaboración y desde luego, podría sacar partido de un rey debilitado si este fracasaba. Las ciudades, cuya relevancia iba en aumento, también ofrecerían estimados recursos a cambio de franquicias comerciales y otros privilegios. Y la Iglesia, a la cual siempre había sido fiel Jaime I, secundaría sin duda semejante actuación contra los infieles. Por todo lo cual, la búsqueda de apoyos se saldó con un notable éxito.

Cerrada la expansión por el norte y occidente, quedaba el sur, el Sharq al-Andalus. El objetivo era igualmente ambicioso: el castillo de Baniskula (Peñíscola) en el emirato valenciano. La pieza era valiosa, pero igualmente formidable. Situada en un península rocosa en medio del mar, comunicada a tierra firme tan solo por un estrecho istmo de arena, era prácticamente inexpugnable, si los defensores tenían tiempo suficiente como para encerrarse dentro con los víveres necesarios. Y lo cierto es que hicieron buen acopio de ellos cuando la hueste del rey inició el asedio en el mes de agosto.

Jaime I volvió a fracasar en el asedio de una poderosa fortificación. ¿Es posible que no fuera informado debidamente de los enormes desafíos que planteaba la plaza con el objetivo de desprestigiarle? En octubre, transcurridos dos meses de penalidades y sin perspectivas de lograr nada, decidió levantar el sitio. El desastre fue omitido deliberadamente de su crónica real, el Llibre dels fets, como si nunca hubiera existido.

Fue un duro golpe, pero no se rindió: en los meses siguientes recompuso sus apoyos para intentarlo de nuevo al año siguiente. Esta vez dirigiría su ataque desde el interior, emulando los pasos de su padre en Ademuz (1210).

Pero las expectativas de una gran colaboración aragonesa en la empresa se diluyeron muy pronto: fueron muy pocos los que acudieron a su llamada en Teruel en 1226. La expedición había fracasado incluso antes de empezar. Cuando el emir de Balansiya (Valencia), Abu Zayd, le ofreció la quinta parte de sus rentas a cambio de que sus territorios no fueran atacados, el rey aceptó. Algo, al menos, se había obtenido.

 

*Doctor en Historia-UV

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