19 de septiembre de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Marlaska, el buen juez que vendió su alma al diablo político de Sánchez

En Moncloa se siente el cerco y los nervios afloran por la profunda e inquietante polémica con la Guardia Civil, provocada por un hombre que fue respetado y hoy milita en las trincheras.

 

 

El titular de Interior fue incapaz de dar una explicación coherente sobre el cese de Diego Pérez de los Cobos mientras la Oposición pedía su dimisión en el pleno del Congreso de los Diputados. Fernando Grande-Marlaska no quiere pronunciarse sobre el fondo de la cuestión, que no es otro que la injerencia política en una investigación judicial sobre el 8M y la expansión del virus.

Ya puede el ministro atrincherarse cuanto quiera tras el cargo, venderse como el mayor valedor de la Guardia Civil o filtrar a su gusto y por fascículos un informe “secreto”. Ninguna de las maniobras de distracción o, mejor dicho, de confusión puestas en marcha, tan del gusto de este Gobierno, puede tapar la depuración que ha supuesto el relevo del coronel de la Benemérita.

El proceder de Marlaska demuestra, otra vez, la inclinación del equipo de La Moncloa por usar las instituciones como sus correas de transmisión partidistas. Nada nuevo. Pedro Sánchez ha hecho lo mismo con la Presidencia del Gobierno, el BOE, la fiscalía general del Estado, el CIS o RTVE, todos ellos devaluados en manos de la coalición social-comunista. ¿Por qué iba a actuar de otra manera su responsable del Interior?

Pero en este caso Marlaska ha cruzado un punto de complicado retorno en su ya desgastada credibilidad. Va a quedar estigmatizado por su intentona de silenciar el malestar en el Instituto Armado. Además, no creo que los ceses y dimisiones entre uniformados verdes hayan terminado.

 

En la noche de este miércoles se conocía la renuncia del Teniente General Fernando Santafé, que se unía a la de Laurentino Ceña. La cúpula de la Guardia Civil ha quedado descabezada. El estropicio es enorme, pero aún puede ser peor.

 

 

También, resulta humillante cómo ha buscado “comprar” a sus hombres y mujeres con una justa subida salarial, retrasada durante meses y lanzada ahora a toda prisa. Esa ofensa degrada todavía más al ministro ante quienes durante tantas décadas, en cualquier circunstancia, han dado su vida por España.

Marlaska está atrapado por su actuación cargada de soberbia. Está obligado, si no desea sentarse en el banquillo,  a negar que se le exigiera a Pérez de los Cobos revelarle una investigación de la que el coronel, por mandato judicial, jamás podía descorrer la cortina. La directora de la Guardia Civil, María Gámez, hizo el trabajo sucio, por lo que resulta de una lógica aplastante pensar que cumplía las órdenes del ministro.

El cerco

Una sensación de cerco se ha apoderado de La Moncloa en estos últimos días. Desde luego, no es para menos, ante la imputación del delegado del Gobierno en Madrid, José Manuel Franco, político de la total confianza de Sánchez, por permitir la celebración de la manifestación feminista del 8 de marzo cuando existían evidencias de la veloz propagación de la epidemia. Ahora se ve comprometido a declarar en sede judicial hasta dónde llegó para complacer al Palacio de La Moncloa.

El también secretario general del PSM deberá finalmente elegir entre proteger a Salvador Illa y al doctor Fernando Simón con su silencio -y asumir las consecuencias- o testificar que actuó cumpliendo órdenes. El Gobierno de Sánchez podrá seguir negando tercamente la realidad. Claro. Pero está acorralado por una autorización que, según todo parece señalar, priorizó las razones ideológicas sobre la salud de los ciudadanos. 

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