28 de noviembre de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

El confinamiento de niños como cortina de humo para una gestión lamentable

7.5 millones de menores han estado "arrestados" pese a no tener apenas contagios: parece una medida política más que sanitaria, para borrar la huella de los errores previos.

 

 

 

7.5 millones de niños de menos de 14 años han estado confinados por completo durante 45 días en España, y lo seguirán de forma parcial al menos hasta el próximo 9 de mayo. Un encierro masivo sin parangón en ningún lugar del mundo: en muchos de ellos ha habido restricciones, pero en ninguno de forma absoluta y tan prolongada.

Mes y medio después de esa medida, ya puede conocerse la estadísticas por zonas, edades, contagios y gravedad, con una conclusión en el caso de la población infantil que pone en tela de juicio la decisión del Gobierno y estimula la duda sobre a intención de esta clausura.

Porque, según los datos oficiales del propio Ministerio de Sanidad, solo se han contabilizado 770 casos de contagio entre niños de 0 a 14 años, con un grado de consulta en el médico de apenas el 25% y un único caso mortal. Es decir, el coronavirus apenas tiene efectos entre los más pequeños, hasta el punto de que solo se infectó un inapreciable 0.0001% de ellos.

 

¿Es normal que con una estadística en la práctica inexistente se haya procedido a un encierro masivo de esa magnitud? ¿Han tenido confinados a 7.5 millones de niños pese a que sabían que su exposición al Covid-19 era mínima y de poco impacto?

Eso dicen las cifras, sin asomo duda, y no parece que haya ganas ni de conocerlas ni de difundirlas, en un debate nacional que prescinde por completo de las estadísticas, en general, y establece conclusiones por mera intencionalidad ideológica o por simple ignorancia.

 

 

Ni siquiera la evidencia de que los menores pueden no sufrir la patología pero pueden transmitirla a los segmentos más vulnerables, afectados por una mortalidad terrible, es suficiente: hubiera bastado con que se señalaran espacios al aire libre donde, con cuidado y por tiempo limitado, hubieran podido salir a la calle desde el primer momento sin la presencia de otros adultos que uno de sus padres, preservando de paso a sus abuelos y permitiendo que ellos también tuvieran sus zonas propias.

Siendo esto tan obvio, ¿por qué el Gobierno no lo ha hecho? La sospecha de que el confinamiento total de toda la población es antes una herramienta política que en una respuesta sanitaria es más que razonable. Al igual que no tiene sentido encerrar a millones de niños por una enfermedad que no están sufriendo; no parece tenerlo enviar a millones de personas a trabajar, sin mascarillas ni guantes y en trasporte público, para luego impedirles unos momentos al aire libre.

¿A maquillar una gestión horrible?

Pero el cierre total del país sí ayuda a un objetivo político: dibujar un paisaje global de desastre que diluya la responsabilidad del Gobierno y haga olvidar su horrible gestión, diluida en un apocalipsis general inevitable frente al que se reacciona lo mejor que se puede.

Si a la ciudadanía se la convence de que había que echar el cierre a todo el país, cuando en realidad el contagio masivo y sus letales consecuencias proceden de las fechas iniciales de marzo en que el Gobierno se negó a tomar medidas, es más fácil persuadirla de que la pandemia es un desastre natural y no la consecuencia directa en cuanto a estragos, de las decisiones del Gobierno. Y el abuso cometido hacia los niños es, tal vez, la mejor y más lamentable prueba de todo ello.

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