26 de junio de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Si el PP no es una charca (y no lo es), que no reaccione como una rana

El director de ElSemanal señala la improcedencia de una 'causa general' contra el PP de quienes quieren, con ello, asaltar los cielos. Pero también denuncia la inanidad de los populares.

 

 

Para quienes durante años hemos defendido la gestión del PP en la Comunidad de Madrid apelando a la sacrosanta autoridad de los datos frente a los prejuicios y el sectarismo campante en España (comprueben ustedes los índices de crecimiento del PIB, la tasa de desempleo, el progreso escolar, el aumento de la renta o la combinación de deuda y déficit y llegarán a la misma conclusión), la detención de Ignacio González en la ‘Operación Lezo’ es, más que un jarro de agua fría, una dolorida invitación a dar la razón a quienes habían inducido una causa general contra el aguirrismo por la corrupción para compensar por esa vía su falta de éxito ante los ciudadanos.

La detención de González es una dolorida invitación a dar razón a quienes habían inducido una causa general contra el aguirrismo para compensar por su falta de éxito electoral

La convivencia de un evidente éxito en la gestión, por mucho que moleste a tanto trompetista de Jericó que lleva siglos diciendo burradas de Madrid (“Vamos a tener que ir al hospital con la tarjeta de crédito en la boca") a pesar de los incontestables progresos experimentados por la región en contraste con casi todos los demás territorios de España (y ello sin un régimen financiero similar al de Euskadi o Navarra, que se quedan lo ‘suyo’ mientras la Comunidad madrileña lo comparte con todas); con una fenomenal trama –sí, en esto y para esto sí tiene razón Podemos aunque duela- de corrupción orquestada desde la cúpula del Gobierno no es sólo un baldón escandaloso para sus indecorosos protagonistas; sino también una triste enmienda a la totalidad de un proyecto y de una manera de gestionar que se echa y se echará de menos en España.

Entiendo que afirmar esto, mientras el pájaro de Granados está en la jaula y el capo González de la banda rival también, puede resultar contradictorio e incluso molesto para el lector, pero si ha habido alguien capaz de ofrecer un modelo alternativo al blandiblú socialdemócrata que apenas diferencia a populares y socialistas de toda Europa capaz, tal vez por ello, de frenar el nacimiento de nuevos populismos dispuestos a llenar el vacío dejado por la falta de chicha de unos y otros; ése era el representado por Esperanza Aguirre. La única antisistema, aun con su pinta de Theresa May pasada por Chamberí, que ha dado la política española en algunos lustros.

Tan razonable es que a Aguirre la adoraran sus votantes como que la detestaran todos los demás, pues ha sido de las pocas con las suficientes dosis de convicción, valor y decencia personal para intentar que el Bienestar del Estado no se lleve por delante al Estado de Bienestar, agotando los recursos públicos en la estructura que los atiende en nombre de un ciudadano al que no le llegaban los servicios: allá donde no haya un político dispuesto a enfrentarse a los gremios –empezando por el suyo- que han obrado el pavoroso milagro de obsequiar al ciudadano con una doble dosis de recortes y subidas fiscales sin lograr con ello bajar la deuda (piénselo, trovadores del inexistente austericidio, y verán que el gasto no ha bajado, lo que ha pasado es más grave aún), se mantendrá una insoportable estructura de gasto público que no frenará la deuda ni cambiará modelo productivo alguno ni augurará a España otra cosa que ser un país de chachas, camareros y reponedores por la imposibilidad de las heroicas pymes patrias de dar un salto cualitativo en su asfixiada actividad.

Grandes logros pese al hedor

Haber superado en PIB a Cataluña, mientras se aporta más del 90% del dinero del fondo de reequilibrio territorial y se infrafinancia al madrileño con arreglo a su renta (un vasco o un navarro reciben el doble o pagan la mitad con los mismos ingresos) y haber empatado en rendimiento escolar con los países escandinavos son dos logros de Aguirre incontestables y revolucionarios que ni el hedor de su charca circundantes puede ni debe tapar.

Que probablemente expliquen el formidable odio que generaba fuera y dentro de su formación y la inquina incluso de Podemos, sagaz a la hora de identificar quién de verdad podía contraponer al populismo, tan facilón desde la calle o la oposición, un discurso, unos principios y unos logros en lugar del miedo, la nadería y la falta de relato que a menudo acampan en el PP y se han alojado por completo en el PSOE.

Pero todo eso, con errores obvios y una chulería a menudo innecesaria, puede quedar enterrado por la repugnante evidencia de que los dos Príncipes de la Reina pueden ser en realidad Rinconete y Cortadillo y que, mientras, ella no se daba cuenta en su trono.

Es infumable querer meter en el saco a todo el PP, a Aguirre, a Cifuentes y hasta a Rajoy para compensar así la falta de votos

Cualquier aficionado al análisis del lenguaje corporal, de la mirada y de la voz coincidirá conmigo en que la Aguirre que lloró al salir de su declaración en la Audiencia Nacional por la Gürtel estaba diciendo la verdad y todo lo que salía por su boca era sincero: los mismos gestos forzados que delatan a Pedro Sánchez cada vez que comparece en público para dejar claro que ni él se cree lo que dice son, en el caso de la lideresa, testimonio de que siente y cree lo que perora aunque para muchos sean una actuación digna de la gran Meryl Streep.

Imaginarla pillando o consintiendo que pillen el tal Paco y el cual Nacho –qué decepción señor González, qué decepción- es muy complicado incluso para quienes querrían verla colgada de una pérgola, patas arriba como Mussolini; y en la razonable petición de responsabilidades políticas que ya sólo podían ser su confirmado abandono del Ayuntamiento, ni puede ir incluida una acusación delictiva personal ni, mucho menos, una causa general contra todos sus mandatos, contra el de su sucesora Cifuentes y ya puestos contra todo el PP de Rajoy.

A nadie se le ha ocurrido ampliar a todo el PSOE los escándalos de sus dos últimos presidentes, con Susana Díaz al lado

Si vergonzoso sería negar el monumental escándalo que constituiría la demostración de que todas las cosas que se dicen en el auto de Eloy Gonzalo son ciertas; lamentable sería emplearlas para extender la mancha al total de un partido que, simplemente, viene ganando las sucesivas elecciones autonómicas o nacionales: primero porque sería despreciar al elector, de sobra informado cuando acude a las urnas y vota lo que le parece; y segundo porque vendría a confirmar la deriva antidemocrática de quienes se sienten legitimados para alcanzar el poder por una inexistente autoridad moral superior que ora emana del auténtico pueblo, ora lo hace del inaplazable abordaje del estanque de las dichosas ranas.

Al igual que a nadie se le ha ocurrido ampliar a todo el PSOE el estigma derivado de las imputaciones de sus dos últimos presidentes, Chaves o Griñán, por una corrupción sistémica que no le pillaba demasiado lejos precisamente a su inminente lideresa, de nombre Susana y de apellido Díaz; hacerlo al PP en toda su extensión por los bochornos vividos en Madrid o Valencia es tan improcedente como peligroso a efectos constitucionales: esa interpretación ad hoc de cuál debe ser la respuesta adecuada a un fenómeno determinado, por encima de legalidades, plazos y procedimientos; es la que ha explicado a lo largo de la historia desde el levantamiento de Franco hasta el encarcelamiento de los rivales de Maduro. Como tenemos razón, se dicen todos los movimientos tiránicos, vamos a coger lo que debe ser nuestro y punto.

 

En una democracia sana se acatan las decisiones judiciales, se persigue al delincuente, se convoca a los ciudadanos a las urnas y se respeta el reparto de funciones que cada pilar del Estado encarna con arreglo a unos procedimientos regulados para cada uno de los casos; sin atajos ni hogueras ni prebendas arrogadas desde una premisa tan inmunda como los males que se dicen perseguir, consistente en concederse el derecho a implantar el bien por lo civil o por lo militar.

En una democracia sana se acatan las decisiones judiciales, se persigue al delincuente, se convoca a los ciudadanos y se respeta el reparto de funciones sin atajos

En tiempos de posverdad, que no es más que el neotérmino de un fenómeno tan antiguo como la simple propaganda, la realidad cuenta menos que la versión extrema que de ella se dé; y en esto el PP ha sido una calamidad tanto para replicar el discurso económico, político y social que ha hecho germinar al populismo cuanto para defenderse de una causa general que pretendía convertir la escandalosa corrupción de unos pocos (demasiados) en la vara de medir del conjunto de una organización presentada como una diabólica maquinaria austericida y corrupta, a ver si así la echaban del campo de juego.

A Rajoy le votaron sabiendo sus famosos SMS con Bárcenas. Aguirre ganó las Elecciones con Granados en el trullo. Cifuentes se convirtió en presidenta con esas dos mochilas ajenas a su espalda, los tres desde una misma formación que tiene bastantes más ovejas blancas que negras por mucho que éstas huelan a kilómetros de distancia.

El ciudadano, en fin, votó y vota con toda la información y, frente a esa ‘explicación’ que le presenta como idiota o rehén de ladrones y mangantes, simplemente supo distinguir las (espeluznantes) excepciones corruptas de la categoría y priorizar egoístamente aquello que le venía mejor pese a la atronadora ceremonia de criminalización de su voto antes y después del paso por la urna.

Sobre la corrupción, que pretende convertirse en causa general por los mismos antisistema que intentaron la misma estrategia con las castas, la pobreza o Europa con insuficiente éxito; la única forma democrática de que se derrote ya está en marcha desde hace tiempo, por impulso del propio PP (le luzca poco o mucho y lo sepa explicar o no) por imposición de Ciudadanos; por decisión de los electores o por la acción de la Justicia: nuevas normas (desde la de transparencia hasta la de financiación de los partidos), una respuesta judicial sin injerencias destacables ni excepciones (ahí tienen al propio Rajoy citado de testigo sin ningún tacto por el cargo que ostenta), un catálogo de exigencias de sus aliados vinculadas al apoyo parlamentario (sea en Murcia, Madrid o para España) y un retroceso en los comicios a modo de inequívoco aviso.

Impulsar causas generales por corrupción es el miso truco probado ya con la pobreza, la austeridad o las castas

Una caída notable y precusora de otras mayores si no se reacciona con energía, sin duda, pero menor de la esperada por quienes, desde el PSOE sanchista a Podemos, no han hecho otra cosa que bajar sin frenos o crecer menos de lo esperado en el mismo periodo. No es casualidad que Ciudadanos haya sido el único, con sus errores y aciertos pero en todo caso una agenda constructiva, en mantenerse y ser útil de manera razonable.

Vender la idea de que España entera es corrupta no sólo es tan injusto como señalar anticonstitucionalmente a una raza, un credo o una ideología; sino que además aleja al ciudadano de los avances que hacen falta en una materia tan espinosa y ofensiva: nada peor para resolver un problema que presentarlo como un magma colectivo e irresoluble en el que, se haga lo que se haga contra quien lo merezca, no servirá de nada hasta que los salvadores de la patria tomen el testigo e impongan su Arcadia feliz.

Al PP, más allá de la colección de escándalos que no abochornan más a quien reclame un cadalso global que a quienes simplemente pedimos una intervención judicial impecable y una respuesta política presentable, le ha faltado en esto lo que le ha faltado en todo: un relato alternativo al dominante, que no se inspira en la fuerza de los argumentos ni de los datos sino en la estimulación simplona de las emociones.

Al PP le ha faltado y le falta un relato alternativo al dominante, con más altavoces y mejores eslóganes

Que con un González apartado de la cabecera electoral y una Cifuentes ajena a esos hechos y primera denunciante de los mismos el Pablo Iglesias de turno (el de las millonadas de Venezuela, que aunque incluso no sean delito son indecentes e incompatibles con la ética elemental exigible a un demócrata europeo) se permita airear una moción de censura contra el Gobierno de Madrid a pachas con Ramón el pisito Espinar e Iñigo becas Errejón y, no contento con ello, aproveche para reclamar algo parecido contra Rajoy sin que haya una respuesta frontal convincente; lo diría todo de la tibieza argumental, de la modestia intelectual y de la inanidad política de un PP incapaz de entender, a estas alturas, que el juego no depende de lo que sea verdad, sino de lo que sea presentado como verdad con más altavoces y mejores eslóganes. De momento, Cospedal ha sido la que más claro ha visto ese riesgo, reaccionado con la misma vehemencia que ya le llevó a echar al impresentable Bárcenas.

Porque España, pese a todos los casos de corrupción que han asolado a PP y PSOE en distintas etapas, ha dado un salto soberbio en 40 años de democracia pilotada por ambos; y no entender que quienes entierran esa evidencia para presentar los desvaríos codiciosos, la avaricia más impúdica y el choriceo más ramplón de unos pocos sólo intentan con ello ‘asaltar los cielos’ en tramabús, sería el último gran error de los muchos cometidos.

 

 

 

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