El bus, la asignatura pendiente de la movilidad en Valencia

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Para el gobierno tripartito de izquierdas del Ayuntamiento de Valencia cambiar la movilidad en la ciudad es una obsesión. Se potencia la bicicleta y el patinete, se penaliza al vehículo de motor, ¿y qué pasa con los autobuses?

Es evidente que según el tipo de vehículo en el que te desplaces por Valencia gozarás de mayor o menor libertad. La victimización de los automóviles se comprueba a diario con la reducción de carriles y regulación semafórica que en lugar de pacificar estrangula el tráfico. Bien mirado los estrangulados quedan finalmente en paz, pero no parece que sea el método más adecuado para evitar los conflictos.

El auge de la bicicleta se da fundamentalmente por impulso institucional y entre quienes viven en el centro, estudiantes y turistas, todos con pequeñas distancias a cubrir, como explicaba a ESdiarioCV el ingeniero Gerardo Ibáñez. Para los que no se hayen en ese caso queda el metro y el autobús, de los cuales sólo es de incumbencia municipal el segundo. Y, ¿qué se está haciendo por mejorarlo para así convencer en vez de vencer al conductor de que deje su vehículo particular en casa? Pues de momento, en horas punta, hacer esperar hasta veinte minutos al usuario para poder subirse a un autobús de la EMT. Ciudadanos ha prometido que de gobernar lo rebajará a diez minutos máximo.

Lo que hemos visto por parte del actual equipo de Joan Ribó y Giuseppe Grezzi no apunta en esa dirección. Buen ejemplo de ello son episodios como el de los conciertos de la Marina de Valencia para los que no se previó el número suficiente de autobuses. Asistieron a estas muestras de agenda cultural nocturna 70.000 personas. Grezzi dispuso 26.000 plazas de autobús entre las 18 y las 23 horas, y sólo 6.000 entre las 23 y las 3.30, que es cuando suelen acabar los conciertos. La presidenta de la Federación de Vecinos de Valencia, María José Broseta fue muy clara: “no se puede estar vendiendo el discurso de que se deje el coche en casa, cuando una vez finalizan los eventos, el transporte público es testimonial”.

Una forma de actuar que contrasta con las palabras del alcalde Joan Ribó cuando, en el verano de 2016 afirmó que defendería “el servicio de autobuses hasta sus últimas consecuencias, pues sin la EMT la ciudad sería un caos”. ¿Estaba en peligro la EMT con el Gobierno de Mariano Rajoy? Pues parece que no, porque el Ministerio de Hacienda simplemente había pedido información por escrito sobre un ente deficitario, como había hecho con otras empresas españolas en cumplimiento de la normativa europea, sin mayores consecuencias.

Tampoco ayudaron a popularizar este transporte los cambios de líneas obrados hace dos años, sin consenso ni participación real, que motivaron quejas vecinales en las Juntas Municipales de Distrito con hasta 10.000 firmas en contra. El año pasado el concejal, pasando de los vecinos, afirmó que “no podemos aceptar propuestas que desvirtúen el proyecto y no nos hagan llegar al resultado que queremos”. Una vez más la falta de diálogo con los interesados prevaleció sobre las promesas electorales.

Al respecto de los retrasos, los trabajadores se han quejado en reiteradas ocasiones de la dificultad añadida que suponen los problemas de tráfico en el centro para el cumplimiento de los horarios. Son muchos los que dudan de que con las obras en marcha en agosto en la ciudad -que no podrían no haber acabado para cuando empiecen los colegios- la situación mejore.

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