Nada es eterno

Pablo Iglesias ha sufrido un desgaste similar al de Nicolás Maduro. Ha pasado de acariciar los cielos a estar a punto de pasar al inframundo. Su Guaidó es Íñigo Errejón.

La cuestión del cambio ha preocupado a la humanidad desde la antigüedad. Fue Heráclito el que lo ilustró con una metáfora que ha perdurado hasta nuestros días, sobre si es posible bañarse en el mismo río dos veces. La política es cambio permanente y su dinamismo puede conducir a extremos, aunque se busque la estabilidad. Para bien o para mal, el cambio existe.

Nicolás Maduro está sufriendo una versión acelerada de este cambio, que resultaba difícil de imaginar hace sólo un mes. El régimen chavista parecía indestructible, pero quizá cabría describirlo como un edificio de buena fachada, pero construido con materiales deficientes, malos cimientos y expuesto a múltiples filtraciones; tarde o temprano, cualquier sistema construido con esos mimbres colapsará de súbito.

Aunque se reconoce como cabeza visible y aglutinante de este milagro colectivo a Juán Guaidó, estamos ante un verdadero compromiso colectivo de los partidos venezolanos de la oposición, que han superado sus diferencias y buscan inclusive integrar todo lo posible del chavismo, al que se quiere ofrecer una generosa Ley de Amnistía que puede favorecer el cambio de lealtades.

De algún modo recuerda al espíritu de la transición española, que en lugar de buscar el revanchismo, se decantó por el acuerdo y las cesiones mutuas. Se tiene claro que se desea evitar más enfrentamiento entre los venezolanos, y que lo único que se desea es volver a recuperar un sistema democrático que había quedado completamente corrompido e instrumentalizado por el chavismo.

Desde el extranjero, se van sucediendo los reconocimientos internacionales a Guaidó, siendo el último este jueves por parte del Parlamento Europeo, cumplido ya el plazo concedido para convocar elecciones. El domingo se espera el reconocimiento oficial por parte de los 27. Estados Unidos, además del reconocimiento sin ambages, como medida de presión ha congelado 7000 millones de dólares de fondos venezolanos.

Con un apoyo decreciente -¡hasta Pablo Iglesias, cual San Pedro, ha renegado de su anterior apoyo al chavismo!-, a Maduro no le queda más que encomendarse a Dios, como ya ha hecho públicamente en un estrambótico acto en una iglesia evangélica.

Resulta irónico que Pablo Iglesias, en paralelo a su hasta hace poco amada Venezuela chavista, ha sufrido un desgaste similar, pasando de acariciar los cielos a estar a punto de pasar al inframundo. Como en Venezuela, instrumentalizó Podemos para convertirlo en su cortijo y purgar toda oposición. Su Guaidó es un Íñigo Errejón que, de carácter más dialogante y menos sectario, pretendió abrir el partido para ampliar sus apoyos y fue condenado al ostracismo, pero, contra todo pronóstico, ha resistido y puede aglutinar tanto a antiguos partidarios de Iglesias como antiguos partidarios de Podemos que salieron por no comulgar con Iglesias.

Ahora, Iglesias resiste atrincherado con sus fieles en su chalet de Galapagar, con un perfil público bajo tras la cobertura de su baja por paternidad, aunque sigue activo en las redes y, con un lenguaje que poco tiene de moderado; condescendiente en el mejor de los casos, concede que "Íñigo, a pesar de todo, no es un traidor, sino que debe ser un aliado de Podemos".

 Tempus fugit, amigos mios.

 

*Politólogo, abogado y editor La justicia como equidad: un blog sobre democracia, política y participación.

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