07 de junio de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

La pelea política por sobrevivir: Arrimadas se juega su futuro a vida o muerte

Inés Arrimadas, presidenta de Ciudadanos

Inés Arrimadas, presidenta de Ciudadanos

Su partido confía en ella ciegamente, pero le ha tocado salvar a Ciudadanos tras la marcha de Rivera en el peor momento posible: el riesgo de desaparición no es una quimera.

 

 

 

Muchas veces, en política, la virtud consiste en comprender los signos de los tiempos. Y adaptarse a ellos. A buen seguro, Inés Arrimadas no hace ascos a esta máxima, ahora que le toca  “tirar del carro” de Ciudadanos. La tragedia del coronavirus es algo así como un laboratorio de pruebas para los partidos. Deben comportarse de forma distinta.

Además, la idea de consenso se ha inoculado en la opinión pública, hastiada de una cerrazón ideológica que diluye fuerzas imprescindibles para afrontar el reto social y económico. Ya nada es igual que hace un mes. A todo ello da vueltas la líder naranja durante su confinamiento en Madrid, mientras espera animosa el nacimiento de su primer hijo.

En Cs, aunque a trompicones, ya se pasó la página de un líder tan personal como Albert Rivera, con sus luces y sus sombras, a quien tanto gustaba estar en misa y repicando y que tuvo al alcance de sus dedos jugar un papel muy relevante en la gobernabilidad de España… y lo rechazó. Su sucesora se topa ahora con la amenaza, bien posible, de caer en la irrelevancia. Y con ella, amarrado a su suerte, el partido que encabeza.

Cabe reconocer el valor que tiene asumir la inquietante herencia de Rivera. Sin dudarlo, Arrimadas tomó el testigo tras una caída en picado desde las nubes hasta el frío suelo. Se estrelló.

 

Cs dejó de ilusionar. Los españoles no lo percibieron como algo útil. Le dieron llamativamente la espalda. Así que tomó las riendas de una organización política en estado de coma. Y con sus principales mandatarios en desbandada.

De ahí que sea legítimo y comprensible su arriesgado paso de tender la mano a Pedro Sánchez para ocupar un lugar en la Mesa de la Reconstrucción. La presidenta naranja no se fía de Sánchez, a quien ha criticado sin descanso estos últimos meses, pero es su forma de intentar reincorporarse al “juego político”, porque la feroz confrontación partidista había dejado a Ciudadanos casi sin protagonismo. No es extraño que algunos observen este movimiento como un intento desesperado por sobrevivir

El ninguneo

Evidentemente, debe afrontar las consecuencias de esta decisión. No puede dejar de lado que preside una formación cuyos electores, su único y cada día más débil  sustento,  son principalmente antiguos votantes de centro derecha. Intentar orillar la aversión de las bases naranjas a Pablo Iglesias y a Unidas Podemos, y más aún a los independentistas catalanes, es instalarse en un terreno poco confortable.

La imagen de Arrimadas sentada al mismo nivel que Gabriel Rufián (ERC) y Laura Borrás (JxCAT) va a chirriar a quienes convirtieron la marca Cs en un referente en Cataluña. Más cuando las reglas marcadas por Sánchez diluyen el "consenso". Basta ver el ninguneo que ha supuesto situarla a ella en las últimas reuniones por videoconferencia, en el mismo plano de EH-Bildu. Nada nuevo, por cierto, bajo el sol sanchista.

 

 

En ningún caso la participación de Ciudadanos en la Mesa representa una confianza ciega en un pacto de Estado con fuerzas claramente hostiles al orden constitucional. De hecho, nunca ha ahorrado la líder naranja los reproches a la gestión del Gobierno, aunque considere que la situación que vivimos le obliga a intentarlo.

En esa misma senda se inscribió ya el apoyo parcial y con matices que Arrimadas prestó al gabinete en varios de los decretos económicos. La nueva consigna, sin medias tintas, es apostarlo todo a intentar aparecer como una fuerza útil.

"Que, en un país tan poco acostumbrado a la búsqueda de la unidad, seamos capaces de sentarnos juntos es una noticia de calado": así justifican los dirigentes naranjas este salto. "El enorme reto ante nuestros ojos –añaden- exige un escenario sin fisuras".

El planteamiento es simple: “Ciudadanos es un partido de Estado, y como tal debe asumir su responsabilidad e implicarse en la resolución de la mayor crisis de nuestra historia. Si los españoles lo perciben así, nos volverán a mirar y escuchar”. Es el diagnóstico que sale hoy del cuartel general de la madrileña calle Alcalá. Es el nuevo barco con el que Inés Arrimadas intentará llegar a una costa segura.

 

Con sólo diez escaños en el Congreso, Arrimadas, debería también poder apoyarse para esta empresa en su poder territorial y local. Sin embargo, la presencia institucional de Cs ha quedado muy diluida en esta dura crisis.

El coronavirus implica ante todo “servir”: saber gestionar. Y buena parte de sus piezas en los gobiernos autonómicos han chirriado. Han perdido el partido casi por incomparecencia. De forma estentórea, además. Por ejemplo, en la Comunidad de Madrid, donde Isabel Díaz Ayuso se vio obligada a apartar sin contemplaciones del control de las residencias de mayores al viceconsejero de Políticas Sociales, Alberto Reyero (Cs), para incluirlas bajo el mando del responsable de Sanidad, Enrique Ruiz Escudero (PP). Las urgencias primaban, y la ineptitud del político naranja ha sido un clamor que se ha extendido por todo el país.

"No es sencillo"

Las señales demoscópicas apuntan a que Ciudadanos corre el riesgo de desaparecer. El nerviosismo aumenta tanto en las instituciones donde se mueven sus cargos como, por extensión, en la sede central del partido. Y se añaden otras dificultades.

No es sencillo maniobrar buscando un hueco en el panorama político bajo la sensación permanente de estar subordinados a los populares. Tampoco es menor el problema del desconocimiento social que sufren sus actuales dirigentes, más allá de la lideresa.

Así las cosas, sería estúpido que alguien se llamase a engaño. La joven presidenta de Ciudadanos se enfrenta a una misión imposible en el peor momento posible. Por mucho que sus fieles confíen en su capacidad. Que confían. Inés Arrimadas transita un camino tortuoso y para llegar a algún destino seguramente no le vale sólo con meter a Albert Rivera en el baúl de los recuerdos –por eso de matar al padre– ni con ser fiel a las señas de identidad fundacionales de su formación.  

 

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