25 de agosto de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Qué callados se quedan, Iglesias y compañía, cuando la represión es comunista

La visita del presidente de China, un régimen comunista con un millón de internos en campos, no ha hecho levantar la voz a quienes más lo hacen en otros casos.

 

 

Sin duda España hace muy bien en intentar mantener una buena relación con China, uno de los tres países que, junto a Estados Unidos y la India, van a marcar el futuro económico de la humanidad. Y en ese sentido, la pompa conferida a la visita de Estado de Xin Jingping, está más que justificada y supone un éxito para la diplomacia española. 

Sólo escuchar al presidente chino citar el Quijote de Cervantes como obra de referencia desde que era joven supone un aldabonazo para la "marca España", para su idioma, sus productos y sus intereses comerciales: con ningún país es fácil entenderse en un contexto internacional tan complejo y competitivo, pero mucho menos con uno de las peculiaridades culturales, geográficas, políticas y sociales del gigante chino.

Dicho lo cual, conviene destacar hoy el silencio atronador de quienes, en lances mucho menores, hipotecan esos intereses por permitirse un autohomenaje a su imagen política. ¿No es acaso China un país puntero también en la represión de derechos elementales, entre ellos la libertad política o la competición entre partidos distintos en las mismas condiciones?

Los Garzón, Iglesias y Monedero nunca tienen nada que decir sobre régimenes liberticidas sin reprimen en nombre de sus ideas comunistas

¿No es acaso un régimen que, desde los parámetros occidentales, puede ser incluido en el epígrafe de los más liberticidas, como resume el cautiverio de hasta un millón de personas en distintos 'campos de reeducación' del país? ¿No es el monocultivo político comunista un ejemplo de imposición caciquil que empapa todos y cada uno de los ámbitos de actuación del ser humano allí nacido o residente?

Habrá que recordárselo

Todas las respuestas a esas preguntas son positivas, pero ninguno de los dirigentes que a menudo se hacen los escandalizados por las relaciones con los países del Golfo, de las que dependen por ejemplo miles de trabajo en la bahía de Cádiz, han levantado la voz, como no lo hicieron hace unos días sobre Cuba ni lo hacen sobre Venezuela.

La afinidad política con todos esos países, de corte comunista pese a sus múltiples diferencias reales, explica que los Monedero, Garzón o Iglesias enmudezcan, como si los derechos humanos y las libertades fueran más o menos importantes en función de quién las reprime. Y, aunque duela callarse viendo los excesos de un régimen como el de Pekín, está bien que lo hagan.  Pero convendrá recordárselo cuando, en otro lance en el que también España se juegue intereses estratégicos, todos ellos intenten golpearse el pecho por la humanidad.

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