30 de marzo de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT
  • Eduardo Arroyo

    Globalización

    Eduardo Arroyo es doctor en biología y licenciado en bioquímica y en filosofía y letras. Fue socio fundador y columnista de “El Semanal Digital” desde los inicios. Crítico con su época, aboga por una nueva ética de los deberes humanos como primera garantía de la libertad.

Las élites contra el pueblo

Merkel: mujer del año para "Time", desastre del año para Alemania y Europa.

Merkel: mujer del año para "Time", desastre del año para Alemania y Europa.

Entre quienes muestran la mayor indiferencia por los sufrimientos de su pueblo y los que quieren sacudirse el yugo del economicismo y sus lastres ha sonado la hora de elegir bando.



El 17 de diciembre de 2013, Natarajan Chandrasekaran, director ejecutivo (CEO) de la principal compañía india de software, manifestó que “para nosotros, los mayores desafíos para el año que viene serán la política migratoria en los EEUU y las fluctuaciones de la moneda”.

Al parecer, la política migratoria del presidente Obama, pese a legalizar a 11 millones de inmigrantes ilegales, era considerada por Chandrasekaran como “restrictiva” y con potencial para perjudicar al mercado de 76000 millones de dólares que las tecnologías de la información aportan al sector.

Chandrasekaran consideraba que la ley era discriminatoria y que era en realidad una barrera nacional al comercio, dado que obligaba a las industrias a restringir la contratación de personal cualificado extranjero y a contratar localmente (Ver “TCS to keep watch on US immigration bill: CEO ET Bureau” Times of India, 17.12.2013).

En el mismo sentido que Chandrasekaran, el CEO de la multinacional Caterpillar, Douglas R. Oberhelman, declaraba el 4.12.2014 en la versión digital de The Daily Finance, preocupado por la movilidad de los profesionales extranjeros, que la economía japonesa se había estancado por negarse a recibir inmigración.

Y es que para las élites del mercado global la inmigración es una vaca sagrada. Más ejemplos: la consultoría global McKinsey&Co, presidida por el antiguo empleado de los Rothschild, Dominic Barton, publicaba su informe “A Window of Opportunity for Europe”, que la Unión Europea supone una sólida plataforma de renovación basada en su capacidad para absorber una nueva generación de trabajadores jóvenes.

Según la consultoría global, “la inmigración puede ser una cuestión política polémica pero contemplar la política migratoria –especialmente desde fuera de Europa- con ojos en favor del crecimiento puede atraer un significativo beneficio económico”. El informe habla de la inmigración como vía de paliar los efectos del invierno demográfico y también se pronuncia a favor de la “flexibilidad laboral” y de la reducción de la prestación por desempleo para reactivar el mercado.

Nada nuevo como se ve. Es importante, no obstante, destacar lo siguiente. Primero, existe un consenso casi universal entre las élites globales en favor de la deslocalización de poblaciones. En la era actual, se refieren especialmente a la “inmigración altamente cualificada”, dado que la mano de obra no cualificada bien se obtiene deslocalizando la producción –algo ya plenamente incorporado al discurso político habitual- o trayendo inmigración con la excusa del envejecimiento como estrategia de demolición del “Estado de Bienestar”.

En segundo lugar, es necesario destacar la disyuntiva abierta entre los aspectos “político” y “económico” de la inmigración, una disyuntiva en que razones económicas pretendidamente técnicas deben imponerse a la discrepancia y al control democrático.

Así, para McKinsey&Co,  aunque el aspecto político de la inmigración “puede ser una cuestión política polémica”, la dimensión de “crecimiento económico” claramente compensa. Este “crecimiento” viene por una pretendida renovación de la fuerza trabajo, y por el incremento de la demanda estimulada por los recién llegados.

Naturalmente, ni siquiera se introducen en el debate cuestiones como las convulsiones de todo tipo que conlleva la balcanización multiétnica, el gasto social disparado de los inmigrantes o los problemas de inseguridad y de destrucción de los derechos sociales adquiridos.

El consenso del poder económico a favor de la inmigración, como era de esperar, se ha transferido a la clase política. De ahí, que el vicepresidente Joe Biden se haya dirigido al foro de Davos en los siguientes términos: “Cuando la gente ve peligrar sus perspectivas de una vida decente, cuando estas perspectivas son eliminadas, la reacción humana inevitable es la ansiedad, la frustración, el miedo que proveé de terreno abonado a los políticos reaccionarios, a los demagogos de la xenofobia y a las opiniones anti-inmigración, nacionalistas e aislacionistas” (Reuters, 21.1.2016).

Al menos Biden muestra comprensión por los electores “reaccionarios” delante de toda esa cábala de ultrapoderosos que han conseguido su fortuna desdeñando a sus países y sacrificándoles en el altar de la globalización y del “Nuevo Orden Mundial”. El hecho es que esa política “reaccionaria” que denuncia Biden se abre camino en toda Europa, con el auge de partidos identitarios, e incluso en los EEUU, con la llegada de Donald Trump.

Es un hecho que cada vez más gente muestra su disconformidad con el diseño político realizado por élites a las que nadie votó y que muestran un futuro multicultural, multiétnico, multirracial y multilingüístico como modelo para toda la humanidad.

Por eso, una publicación totalmente infeudada a los intereses del capital global, como la revista Time puede designar a la nefasta Merkel como “mujer del año”; sin embargo es más que probable que Angela Merkel pierda su empleo en las primeras elecciones que tengan lugar en Alemania.

Así las cosas, en el horizonte se dibujan cada vez más nítidos las alternativas de nuestro tiempo: la vía global, capitalitalista y plutocrática, por un lado, y la popular, anticapitalista e identitaria, por el otro.

En esta dicotomía no caben las rebeldías de diseño –como Podemos o la CUP, en España o Syriza en Grecia-, dado que su discurso se muestra en plena sintonía con las élites del capital global y son opuestas a la afirmación coherente de las identidades populares y sus tradiciones.

Este es sin duda, el tema de nuestro tiempo. Cada uno deberá ubicarse en el bando que elija para la batalla final, que ya se adivina en ciernes.

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