20 de mayo de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

¿Nadie va a parar los reiterados excesos del infame Quim Torra?

 

 

El presidente de la Generalitat protagoniza casi a diario algo ofensivo, ilegal o ambas cosas a la vez, sin que nadie con autoridad le haga un reproche ni, como es su obligación, intente frenarlo. El pasado fin de semana se alineó con Gibraltar, llegando al desdoro de pedirle a la Unión Europea que adoptara la posición más perjudicial para España, como si ello no dañara también a Cataluña.

Y el lunes, a través de un delegado, anunció con descaro la apertura de una tercera tanda de "embajadas" en el extranjero destinadas -como dijo ya sin ambages- a promocionar el independentismo en todo el mundo: una ilegalidad flagrante, amén de un dispendio en una Comunidad que tiene hasta a sus médicos en huelga por la falta de recursos.

Pisotear la Constitución

Son las dos últimas afrentas de un presidente que ha hecho del desafío, el exabrupto, el exceso y la incitación al delito, en casos como el de los CDR, una manera de ocupar un cargo institucional existente por mor de la Constitución a la que cada día trata de pisotear.

La condescendencia y las cesiones de Sánchez a Torra no son positivas para España, sólo para sus planes personales

Pero el gran problema no es tanto qué hace un movimiento antisistema como el secesionista, sino cómo le responde el Estado de Derecho, encabezado por su poder Ejecutivo. Y lejos de replicar esa campaña constante, la alimenta desde Moncloa en un grado tan superlativo como indigesto.

La lista de concesiones y silencios es ya abrumadora, e incluye incluso la concesión de una gestión hegemónica de la educación pública, marcada por la práctica abolición del español como lengua de uso frecuente en las aulas. Por no hablar de la promesa de incrementar la inversión pública en Cataluña, supuestamente lastrada por un déficit inexistente, pese a que los datos oficiales indican que en la última década -la de la crisis- solo Andalucía ha recibido más dinero en este capítulo.

Es imposible no entender todas estas cesiones, entre las cuales la renuncia política a la réplica es más importante que la condescendencia en cuestiones concretas, como el pago que Sánchez hace al nacionalismo por haberle apoyado en su tortuoso viaje a La Moncloa.

En nada está beneficiando a España la generosidad pastueña de Sánchez hacia Torra y sus socios, pero a él sí le sirve para alcanzar un puesto institucional negado sistemáticamente en las urnas y preparar el camino a alianzas futuras más sólidas, en Madrid y Barcelona, de incierto precio para la España democrática conocida.

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