Escenificando el fracaso

La fuerza de la Monarquía parlamentaria es el enemigo a abatir por ese coctel de malos instalado en el BOE. Y su antídoto principal en defensa de la democracia en España.

Tras los baldíos esfuerzos del apparatchik monclovita, incluida la vigilancia en su día de las redes sociales por el ascendido general de la Guardia Civil, por evitar la popularización de un fracaso que la Universidad de Cambridge -tampoco es garantía de nada visto el patio universitario- acaba de situar como el más sonado en la gestión de la crisis sanitaria, un triple salto mortal ha llevado el filibusterismo presidencial a la categoría de Pinito del Oro (eso sí, con red).

Los indicadores, desde los más crueles y dramáticos, como el abandono de un bebé por su madre adolescente en Barcelona o el enésimo crimen de violencia doméstica (tres en los últimos días, y por cierto entre ellos dos de hombres a mano de sus respectivas parejas, una mujer y otro hombre), hasta el esperpéntico apagón general de Tenerife, coinciden -lamento mucho tener que recordarlo- con la “normalidad” nada nueva de Venezuela o con la ancestral normalidad de la Cuba comunista.

Las normas y leyes acaban en la práctica protegiendo al delincuente en un escandaloso desprecio de la propiedad privada (ajena) que, con el de la Monarquía, son objetivo prioritario de los desaprensivos que okupan -mire usted por dónde- las poltronas gubernamentales

La profesionalidad de la okupación de viviendas merece capítulo aparte por su propia complejidad y la transversalidad de las normas y leyes que en la práctica acaban protegiendo al delincuente en un escandaloso desprecio de la propiedad privada (ajena) que, con el de la Monarquía, son objetivo prioritario de los desaprensivos que okupan -mire usted por dónde- las poltronas gubernamentales.

Confieso que me cuesta trabajo, de una semana para otra, centrarme en el asunto de mayor relevancia o en el de mayor trascendencia -que no necesariamente coinciden- y me resulta más confortable entregarme a estas misceláneas de nombres y cosas -a menudo cosas y nombres intercambian sus papeles y significados- en las que suelen acabar mis elementales muestras de disidencia.

Ya se ha dicho todo de las gallegas y las vascas (a elecciones me refiero), desde Errejón -que saltó primero- hasta Tezanos -que está a la comba permanente- pero lo más tierno es de Ábalos, ese zoquete empoderado, que es capaz de interpretar el resultado de las primeras como un tropiezo del PP de Pablo Casado.

Más disperso y locuaz en su propio ecosistema de vaciedades y en la resaca del mismo lunes, el inefable Rodríguez Zapatero sugiere nombramientos independentistas –“soberanistas de ayer” (sic)- sin proponer la baja de los podemitas y, en consecuencia, aumentando ministerios (¿más todavía?), o sustituyendo socialistas entre aquellos de los que aún no hemos aprendido nombre. No lo dejó claro en su telemática comparecencia en el Fórum de Nueva Economía mientras, eso sí, se esforzaba en blanquear a Maduro aceptando la “realidad chavista” (sic) y hablando cínicamente de “partes”, dictador y oposición, como equivalentes, obviando y negando la asimetría hasta equipararlas, a la vez que Mike Pompeo afea el evidente giro del gobierno de España.

“ … la fuerza es un crimen a los ojos de los necios, los débiles y los tontos” a decir de Pérez Reverte  en La Posada de Dickens, el artículo que le ha merecido el Mariano de Cavia y ha permitido al Rey defender la libertad de prensa que Iglesias busca secuestrar a golpe de talonario. La fuerza de la Monarquía parlamentaria es el enemigo a abatir por ese coctel de malos instalado en el BOE. Y su antídoto principal en defensa de la democracia en España.

Pero la escenificación del fracaso, con un par, ha sido ese funeral con formato de campamento exotérico y adolescente que en el volteo de espaldas podemitas durante el discurso del Jefe de Estado, tuvo uno de sus momentos más ridículos y despreciables.

Ni don Juan de Austria osó aparentar formar parte de la familia real como bastardo reconocido. La bastardía contemporánea de Sánchez es mucho más atrevida. No cabe que Felipe VI se acomode al juego tramposo que pretenden dictarle Carmen Calvo y María Jesús Montero (¡qué cansinas!) por encargo de a quien le gustaría tanto suplantarle al calor del comunismo. No cabe. Page y Felipe González aparte.

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