14 de octubre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Si Mariano Rajoy no ha elegido a Albert Rivera su sucesor, lo parece

Rajoy y Rivera estrechándose la mano ante las cámaras.

Rajoy y Rivera estrechándose la mano ante las cámaras.

La etapa política del presidente del Gobierno y del Partido Popular ha sido parsimoniosa. Es natural que su adiós refleje tales atributos. Génova está hoy en llamas.

Si no fuera porque conozco desde hace años a Mariano Rajoy y sé que no traicionaría al PP, diría que ha hecho un pacto secreto con Albert Rivera para que sea él, al final de su mandato, quien le releve al frente del centro derecha español. Así, como suena. Allá por 2020, el sucesor de Rajoy sería Rivera y Cs vendría a sustituir al PP.

Es decir, que es una filfa eso de que vaya a haber carrera sucesoria en el Partido Popular. Ni Alberto Núñez Feijóo, ni Soraya Sáenz de Santamaría, ni María Dolores de Cospedal tienen ninguna posibilidad… El futuro estaría escrito y apuntaría naranja. A tiempos nuevos apariencias nuevas. Vean la propuesta-senda de Manuel Valls para Barcelona.

Desde luego, si fuese así, la jugada saldría redonda para ambos. Rajoy ganaría el tiempo que necesita para irse cómodamente de La Moncloa, y dejaría en su lugar a alguien de confianza que podría haber sido perfectamente su propio presidente de Nuevas Generaciones. Y Rivera, sin mayores sobresaltos, abriría sus brazos para recibir el legado político de un gran partido  y a los fieles populares del centro derecha. Miel sobre hojuelas.

Además, así el PP se ahorraría una muy compleja refundación, imprescindible tras el rajoyismo, que lo ha convertido en una formación política sin alma y sin ánimo, muy desacreditada por la corrupción, aunque haya sabido afrontar con éxito y determinación la gravísima crisis económica.

Ello por no hablar de los beneficios que obtendría su partido en materia de regeneración. Porque renovar el PP y cambiar su imagen es imposible con Rajoy a la cabeza. Mientras él no diga adiós, su presencia lo impregna todo. Su figura marca el rumbo del aire de la opinión pública.

La etapa política de Mariano Rajoy ha sido parsimoniosa. Es natural que su adiós refleje tales atributos. Génova está hoy en llamas: quemado el PP valenciano, se consume ahora el PP de Madrid. Los dos principales graneros de votos del Partido Popular están en ruinas. Se derrumba el PP, seguro. Pero su líder debe guardar la calma imprescindible de quien tiene la obligación de decidir sin equivocarse.

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