30 de marzo de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

El Gobierno no puede seguir consintiendo el acoso separatista al Rey Felipe VI

Sánchez debe cortar, de manera clara, contundente y urgente; el acaso del separatismo a la Jefatura del Estado. Nada justifica aceptarlo ni tampoco callarse ante un fenómeno lamentable.



 

El independentismo, y todas las instituciones que ocupa comenzando por la Generalitat, ha elegido una nueva diana en la que concentrar sus iras como símbolo de los supuestos agravios de España hacia Cataluña: desaparecidos Rajoy y el Gobierno del PP, el elegido es el Rey.

Y para demostrarlo, sostiene una insólita campaña de boicot que, de manera sorprendente, se ha recibido con silencio desde el Gobierno, como si fuera normal, inevitable, poco relevante o perfectamente compatible con una supuesta normalización de las relaciones con la Generalitat, resumidas en el controvertido -e insuficientemente explicado- encuentro de esta semana entre Pedro Sánchez y Quim Torra.

Acosar, boicotear y zaherir al Jefe del Estado es algo intolerable que no se puede ni admitir ni justificar más

Al Jefe del Estado se le ha declarado persona non grata en Gerona, se le ha señalado en incontables diatribas políticas de cargos públicos catalanes, se le ha obligado a mudar de escenario para los Premios Príncipe de Asturias y, finalmente, se le negado una invitación para asistir al aniversario de los terribles atentados terroristas de Barcelona y Cambrils.

El 'enemigo'

El separatismo siempre necesita inventar un enemigo verosímil sobre el que proyectar su propaganda victimista, algo imposible con un Gobierno, el de Sánchez, cuya existencia ha dependido de sus votos: no puede señalar a La Moncloa, en fin, si su inquilino está allí gracias al apoyo unánime de todos los partidos nacionalistas catalanes y vascos.

 

 

Es ahí donde irrumpe la figura de Felipe VI, cuya papel frente al delirio independentista fue además sonado a través de una aplaudida comparecencia televisiva en la que asumió el liderazgo social y constitucional que requería el momento, sin salirse de sus funciones pero también sin renunciar a ellas, algo que la ciudadanía en general agradeció.

Y precisamente por eso, ni se puede tolerar ni se debe asumir la institucionalización del agravio y la exclusión desde la Generalitat, por mucho que el Rey no necesite permiso para participar en cuantos actos se considere oportuno en una comunidad autónoma que, le guste o no al independentismo, sigue siendo España y sigue teniendo el mismo Jefe de Estado que el resto.

El silencio de la propia Casa Real es deudor del que mantiene el Gobierno. Pero alguien tiene que romperlo y evitar este desaguisado

La subordinación política que la Casa Real tiene con respecto al Gobierno de turno hace aún más evidente la relación entre el silencio de la Monarquía ante el desprecio y la actitud complaciente de Moncloa con el separatismo: recibir a Torra con un lazo amarillo y tolerar que aparte al Rey son dos trágalas que el presidente Sánchez quizá no tenga más remedio que asumir por haber llegado así al poder, pero que España no se puede ni debe permitir.

Una reacción

Nada bueno se puede construir si la premisa para calmar al nacionalismo es darle todo lo que pida, consentirle todos sus excesos o blanquear todos sus objetivos. Y tolerarle que ofenda a la Jefatura del Estado, se tengan ideas monárquicas o republicanas, es sencillamente inadmisible. Si el Gobierno lo acepta y algún otro partido más incluso lo aplaude, tendrán que ser PP y Ciudadanos quienes le den a este episodio la dimensión de gravedad institucional que sin duda tiene.

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