25 de agosto de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Señor presidente, primero las víctimas de ETA; luego los presos

Con 312 asesinatos sin aclarar, priorizar el futuro de los presos de ETA sobre el de las víctimas es indecente. Sólo se explica por las deudas que Sánchez tiene con el nacionalismo.

 

 

Es imposible no encontrar una relación directa entre las cesiones, el discurso y la actitud del nuevo Gobierno hacia el separatismo catalán y el nacionalismo vasco y el apoyo, decisivo, que ambos le dieron a Pedro Sánchez para convertirse en presidente sin ganar en las urnas.

Por mucho que el jefe del Ejecutivo pretenda en vano presentar sus compromisos en un supuesto talante derivado de su capacidad de diálogo, a nadie se le escapa que es el pago de la factura que explica cómo el PNV, que había pactado el cupo y los Presupuestos Generales con el PP en unas condiciones muy ventajosas ya, respaldo una moción de censura sin precedentes en Europa para llevar a La Moncloa a un candidato con 53 escaños menos que el partido ganador de los comicios: simplemente, podría sacarle más, sorteando incluso algunas líneas rojas.

Una es, desde luego, dedicar más tiempo al futuro de los presos de ETA que a las víctimas de sus crueles andanzas. Y es lo que está haciendo el Ejecutivo al plantear antes el acercamiento de reos por terrorismo que la satisfacción de sus represaliados. Lo dicen las víctimas y, simplemente por sentirlo así, tienen razón.

Con 312 asesinatos sin aclarar, empezar por los presos en lugar de por las víctimas es intolerable

Son ellas quienes reclaman algo que la sociedad española, empezando por sus representantes políticos, debieran concederles motu proprio: recuerdo, homenaje, compensación y dignidad. Y cuando hay 312 asesinatos sin aclarar, poner como prioridad la aproximación de presos a cárceles vascas e incluso la cesión al Gobierno vasco de la política penitenciaria, es humillante.

Una indecencia

No sólo por los hechos concretos en sí, sino por el contexto político en que se inscriben de homenajes reiterados a terroristas cuando regresan a sus pueblos y de una equidistancia aparente en demasiados ámbitos que, con la excusa de consolidar la paz, sitúan en un plano parecido a quienes mataban y a quienes morías. Esto es una indecencia, simplemente.

 

 

Que las propias víctimas hayan renunciado a participar en un homenaje del Congreso programado horas después de la reunión de Sánchez y Urkullu es sintomático y exige una reacción inmediata de la clase política. Especialmente cuando, a la vez, los mensajes que emite el Gobierno con respecto al nacionalismo son igual de inquietantes: no tanto por las decisiones que pueda tomar, que también, cuanto por el blanqueamiento que supone en el caso de Cataluña, asfixiada por un secesionismo antidemocrático al que Sánchez o Iglesias conceden una autoridad y reconocen unas necesidades que no proceden.

 

El capítulo de ETA pone a prueba la resistencia moral, ética y humanitaria de una sociedad; y ni el cese de las balas ni la disolución de la banda merecen el más mínimo premio, especialmente si incluye la renuncia a contar este negro capítulo en los términos correctos: ha de haber buenos y malos y malos y vencedores y vencidos, pues una confusión al respecto ofende a quienes pagaron el más alto precio, debilita la democracia y avala la supervivencia de las razones que impulsaron el horror.

Sus facturas

Si Sánchez tiene facturas pendientes con sus aliados, debe abonarlas él. Y si no puede, que no lo haga a costa de los intereses colectivos, especialmente en espacios de consenso contra el terror que no pueden convertirse en moneda de cambio para consolidarse en un puesto que no le dieron los votos.

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