17 de julio de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Por qué leer es vivir

El autor de 'El viaje de Ciriaco' indaga en el origen de la lectura, en su conexión con la vida misma y en el sinuoso placer de pasar páginas y saltar entre historias distintas.

 

 

“El hombre no es uno y simple: ¿por qué hay tan pocos retratos fieles? Porque se hizo posar al modelo en cierta época de su vida; al cabo de diez años, el retrato ya ha perdido su parecido”

René de Chateubriand

 

Acaba de celebrarse el día del Libro; soy de los que creen que no es necesario que algo importante deba tener un día en concreto para celebrar que ese algo existe. En la era en la que todo o casi todo se etiqueta y categoriza, quizá se haya olvidado el placer de mirar y ver, sin necesidad de que haya alguna otra causa que la de encontrar aquello que a nuestros ojos se manifiesta  y sin embargo, tantas veces pasa desapercibido.

La sonrisa de un hijo, el beso de un enamorado, el verde de los campos que ahora ya crece sin importarle lo más mínimo la mirada del ser humano; el abrazo que reconforta el alma y eleva el espíritu, y mil cosas más que cada día nos rodean, no necesitan de recordatorio alguno. Con él o sin él, ahí están y estarán, aunque tal vez no para quien, descuidado, lo olvide.

Pero los libros son diferentes. Siempre están ahí, esperando pacientemente a que decidas dedicarle el tiempo que sin duda requieren; inmunes a toda clase de excusas, ya han aprendido a sufrir en abnegado silencio aquélla que ocupa el trono de las grandes excusas: no tengo tiempo. Borges fue, además de uno de los grandes genios de la literatura universal, un devorador de libros, y se calcula en más de 3000 los ejemplares contados en su haber.

Aprendimos de Sancho Panza que no hay problema o situación que el refranero español no haya recogido antes, y que la lealtad a una buena causa

Estoy seguro de que para este genio, tal cifra, además de irrelevante, le parecería ridícula….pero tal vez fuera mucho menos comprensivo al respecto de nuestra falta de lectura, mal que nos aqueja en unos tiempos en los que la sobreabundancia es tal, que a veces el esfuerzo de seleccionar ya agota las ganas de sumergirse en las historias que entre sus páginas nos esperan.

Crecimos, mis hermanos y yo, en una casa repleta de libros, con una madre que aunque jamás nos forzó a leer, nos inoculó el dulce veneno de la lectura, y en las tardes de verano, cuando la canícula apretaba con tanta fuerza, recorrimos mundos subterráneos jamás explorados de la mano de Julio Verne, y con él nos zambullimos en un viaje de 20.000 leguas; surcamos las misteriosas playas y atolones del Índico, guiados esta vez por Emilio Salgari y Sandokán, antes incluso de ver en la tele cómo éste gritaba cimitarra en mano. Y aunque su rugido de tigre fue decepcionante, no borró la impronta que de él forjamos cuando ya antes lo habíamos leído.

Recorrimos peligrosas llanuras repletas de bisontes, acompañando a Old Shatterhand y el gran Jefe Winnetou en su conquista del Oeste, donde la irredenta naturaleza dejaba espacios para que el honor, la amistad y el valor también tuvieran su propia mano de cartas ganadoras; con Jack London descubrimos la fiebre del oro y la llamada de la naturaleza, entre colmillos blancos de una fiereza indomeñable.

Reímos y también lloramos con las aventuras del Capitán Trueno y su amigos; acompañamos a Bilbo Bolsón y después a Frodo por la glauca Comarca hasta llegar al flamígero infierno de Mordor, donde aquel perverso ojo que todo lo veía se colaba por entre las tapas de El Señor de los Anillos, robándonos alguna que otra noche de plácido sueño y regalando a cambio trémulas pesadillas.

Sentimos el hálito de rabia de Stephen King y su Cujo, que lejos de quitarme las ganas de tener como compañero de fatigas a uno de esos molosos, las acrecentó; él nunca tuvo la culpa de que un murciélago le mordiera su enorme trufa. Con It nunca más volvimos a ver a los payasos de igual manera; cambiamos a Ronald McDonald por los whoppers. Qué le vamos a hacer.

La lealtad

Recorrimos las llanuras de Castilla la Mancha, y entre molinos de vientos, presenciamos las batallas del caballero loco más cuerdo de nuestra historia, y aprendimos de Sancho Panza que no hay problema o situación que el refranero español no haya recogido antes, y que la lealtad a una buena causa, por muy descabellada que sea, ni el más potente Bálsamo de Fierabrás podrá destruir; entre los montes de la bella Soria vimos a una cierva blanca que perseguía los rayos de la Luna, mientras que dos amantes de piedra mostraban su eterno amor, exento ya de mutuas caricias pero a salvo de toda mofa y befa de la soldadesca francesa que, invasora a tiempo parcial, retornó a casa con la marsellesa entre las piernas.

 

 

Con García Márquez descubrimos el realismo mágico que tan honda huella dejó en mí, sabedor de que lo que era casi improbable que existiera, imposible no resultaba bajo el manto de la noche. La crudeza de aquella España herida y lastrada por el peso de su historia se mostró en toda su crudeza con la familia de Pascual Duarte; en las obras de Delibes y con el existencialismo de Unamuno. 

Aprendimos que la ciencia también tiene sus límites; nadie mejor que Mary Shelley y su Frankeinstein, nacido tras una tormentosa noche en Villa Diodati, para comprobar cómo el fin no siempre justifica los medios; Bram Stoker ideó al conde más famoso de la historia, dueño y señor de la oscuridad que reina la noche. Con Jekyll y Hyde aprendimos que la locura gravita mucho más cerca del intelecto de una mente brillante, pues solo los más audaces parecen dispuestos a cometer locuras para materializar sus sueños; Guy Endore retrató como nadie la bestial transformación y el abandono a los instintos más salvajes de la naturaleza lobuna que habita en el alma humana, quizá convencido de que Hobbes tenía razón.

En mi caso, ese canon de terror que estos cuatro libros compusieron en los recueros de mi memoria, quedó completo con El Retrato de Dorian Gray, un canto a una belleza tan completa como efímera, que alcanzó el don de la inmortalidad.

Quién cambia a quién

Algunos de esos libros los he leído a lo largo de mi vida en diversas etapas; y en cada una de ellas, sus historias adquirían matices, detalles y en definitiva conclusiones, que no coincidían con las que dormían soterradas en un túmulo de vagos recuerdos y ahogadas en la cripta de mi subconsciente, como si fueran ellos, los libros, y no yo, quienes hubieran sufrido los cambios que nunca dejan de sorprenderme.

Creo que, en realidad, ese fenómeno ocurre, pero en sentido contrario. La magia de los libros reside en que, siendo inmortales, su rostro perpetuo es no obstante percibido de manera diferente por sucesivas generaciones de lectores. Leer y escribir son, a mi juicio, el anverso y el reverso de una misma realidad: la vida.

 

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