20 de junio de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

El Rey Juan Carlos no sobra nunca

El Rey Juan Carlos y el Rey Felipe, en una imagen del año pasado

El Rey Juan Carlos y el Rey Felipe, en una imagen del año pasado

Excluir a Juan Carlos I de cualquier sitio es un error que la Corona y el sistema institucional deben corregir. Porque es un símbolo de lo mejor que ha hecho España en largos 40 años.

 

 

La exclusión del Rey Juan Carlos I de la celebración del 40 aniversario de las primeras Elecciones Generales democráticas tras la Dictadura es una infinita torpeza, sin duda, achacable a la Casa Real y, en realidad, al conjunto del sistema institucional español.

Homenajear a Juan Carlos I es defender la Transición, atacada como nunca ahora por populismo y secesionismo

Ninguna razón protocolaria justifica la ausencia del principal protagonista de la efeméride conmemorada, un símbolo de la Transición que él mismo encabezó junto a un buen puñado de dirigentes políticos de todas las ideologías, con el sentido de Estado que ahora tanto se añora, y del conjunto de una sociedad española deseosa de homologarse con el sistema de libertades y garantías que ya imperaba en el resto de Europa.

Sin complejos

Dejar fuera a don Juan Carlos mientras se aplaude lo que hizo, con la excepción del grupo político que más discute aquel espléndido ejercicio de sensatez colectiva y que más agresivo es con la propia Monarquía Parlamentaria que sustituyó al franquismo, supone una afrenta absurda a su figura icónica, pero también un desprecio al conjunto de una obra transversal que hoy más que nunca se discute desde el populismo y el secesionismo con demagogia, irresponsabilidad y n claro objetivo político.

No alimentar al populismo

Seguramente la traumática abdicación de don Juan Carlos, por unos errores que debieron haberse incluido en el capítulo de la intimidad personal seguramente, fue la primera concesión al populismo y eso explica el antagonismo existente entre el respeto y admiración que despierta en la mayoría de los españoles y la dificultad de la Casa Real para encajarle en la 'nueva Monarquía' que representa don Felipe, cuyo primer trienio ha estado marcado por el acierto en un contexto especialmente difícil. Este error, completado por otro de su padre al hacer público un malestar lógico que debiera haber reservado para la intimidad, no puede empañar en todo caso su incipiente trayectoria.

 

"Felipe VI se equivocó en no invitar a su padre; y el Rey Juan Carlos lo hizo al hacer público su malestar. Ambos lo hacen muy bien y su obligación es no ayudar a quienes utilizan estos episodios para minar a España"

 

Pero sí le debe hacer reflexionar, y con él a toda la clase política española. En un país donde se pasean con bochornoso impudor ideas, discursos y apuestas por regímenes tan perversos como el de Maduro o Fidel; donde se sienten más reconocidos los amigos de los terroristas que sus víctimas o donde se desatan desafíos tan indecentes como el independentismo golpista; esconder a Juan Carlos I no sólo injusto, sino también dañino para esa apuesta por la convivencia, la reconciliación y el progreso que ha simbolizado la Corona, como emblema de una España que suele mirarse a sí misma con complejo, alimentando con ello las inquietantes soflamas a la ruptura que se escuchan cada día.

La vergüenza, de otros

Quienes deben sentir vergüenza no son precisamente quienes lideraron la Transición, sino quienes la pisotean con fines perversos y opuestos al loable espíritu que aque episodio histórico sembró. Homenajear al Rey emérito, en fin, no sólo es una buena manera de mostrar agradecimiento, sino la mejor forma de contraponer a tanto despropósito una idea de España moderna, orgullosa y dispuesta a cuidar su democracia ante cualquiera que pretenda deteriorarla.

 

 

 

ESD
Comenta esta noticia
Update CMP