Luz en la oscuridad; la lucha de Consuelo Correcher por encontrar su camino

El autor describe, en primera persona, el día a día de una valenciana residente en Santiago que perdió la visión progresivamente. Sus sensaciones, sus sentimientos, su esfuerzo...

Su voz es limpia y cálida, de cadencia elegante y pausada, contenida en ocasiones, como seleccionando delicadamente las palabras que mejor reflejen lo que desea expresar. Habla en todo momento en un tono bajo y profundo, algo decaído y lánguido, pero con una suave inflexión que trasmite una agradable percepción de credibilidad, generando en mí una sensación de cercanía. 

Ella no ve y yo no la veo.      

Yo estaba especializada en adaptación de problemas de lenguaje. Dislexia y demás. Niñas que tenían problemas de este tipo yo las ayudaba a integrarse. Y es que siempre se me dio bien atender niñas con dificultades. Por eso me dolió tanto dejar la escuela, porque enseñar era mi auténtica vocación.

 

No soy ciega de nacimiento. Fue hace algunos años cuando comencé a tener problemas de visión. Una enfermedad degenerativa llamada Retinosis Pigmentaria fue cerrándome la visión periférica poco a poco, como en un círculo. Hace algo más de un año que ya no veo nada.

 

Nunca he llorado por perder la vista. Para mí fue un drama pero nunca he llorado. Quizás porque jamás pensé que pudiera quedarme ciega. Sencillamente no era algo que contemplaba como posible. Se lo dijeron a mi marido, pero yo nunca lo imaginé. ¡No puede ser! ¿Cómo voy a perder la vista si me veo perfectamente las manos, distingo las caras, el techo, los poros de la pintura…? No podía creerlo..., pero sucedió.

 

Lentamente se me fue cerrando el campo visual. Primero la parte de abajo. Cuando leía un libro siempre parecía que estaba en la última línea, me caía mucho en los escalones, no veía los bordillos, me daba golpes con las esquinas y con las señales de tráfico, que, aunque no lo parezca, muchas están más bajas de lo que deberían. Y luego aquel niño que me cayó sobre el capó del coche. Fue un susto tremendo. Llevaba a mis hijos al colegio, había un terraplén con niños jugando y uno de ellos cayó encima. No le pasó nada, yo iba despacio y las madres confirmaron que había saltado. Me sentí muy mal, yo no lo vi venir en ningún momento. Los médicos nunca dijeron entonces que no podía conducir, pero ya no volví a coger el coche.

 

Pasado un tiempo nos trasladamos a Galicia mis hijos, que eran pequeños, mi marido y yo. Allí aprendí mecanografía, informática y taquigrafía (que nunca me sirvió de nada) y oposité para la Administración. Mi visión ya era escasa y decidí dejar mi profesión de maestra. Renuncié a la enseñanza porque entendí que no era lo mismo manejar niños que mover papeles.

 

Pocos años después, y con el 83% de invalidez, también tuve que abandonar el puesto de interina que había ganado, cuando fui incapaz de distinguir un original de una copia. Y dejé de trabajar definitivamente.

 

Mi vida ya se había girado del todo. Entonces todavía no llevaba bastón blanco y el perro guía tardarían cuatro años en dármelo. Me entregaron a Jevia, en Madrid, aunque es habitual ir a Rochester o New York para conocer y adaptarse al perro, pero yo no encontré las fuerzas para viajar a EE.UU.

 

Jevia es una labradora linda y cariñosa, muy obediente. La ONCE me la dejó en usufructo, como hace con todos los perros guía, además de cubrir el coste de adiestramiento, viaje y la estancia para compenetrarnos. Es grande el vínculo de afectividad que se crea. Trabaja, pero tiene la compensación de que prácticamente las veinticuatro horas diarias estamos juntas. Incluso duerme en nuestra misma habitación. La mayoría de perros pasa gran parte del día solos porque sus dueños salen o han de ir a trabajar; en cambio, ellos están siempre con nosotros y eso lo aprecian. El vínculo entre ciego y perro es muy fuerte. Son nuestros ojos porque son nuestros compañeros

 

Es difícil moverse por la calle. A veces unos derechos chocan con otros y todos los discapacitados luchamos por salir adelante. A los ciegos nos perjudica cómo están desapareciendo los bordillos. Al perro guía se le enseña a que busque el cruce. Le damos la orden y él se acerca al bordillo, y no baja hasta que se le dice. Con las rampas se despistan. También cuando caminamos con bastón buscamos el bordillo para cruzar. A menudo vivimos la calle confundidos. Al menos las texturas del suelo ayudan, es necesaria cierta rugosidad. Los perros las detectan y si están bien puestas, estemos en el lugar que estemos del mundo, sabemos que ahí hay un cruce. Hay muchas ciudades, por ejemplo en Santiago, donde vivo, donde las rampas se colocan con bordillo en los laterales y son muy peligrosas porque tropiezas y caes. Prima el diseño, el ego de políticos y arquitectos por encima de la accesibilidad.

 

Podría decir que me he vuelto muy dependiente. Es lo que peor llevo. De ser una mujer independiente y autónoma pasé a depender de los demás. Jevia me ayuda al menos a liberarme un poco. Los recortes han traído la retirada del autobús que pasaba cerca de casa. Ahora necesito casi cada día que mi marido o alguna amistad me lleve hasta Santiago. Solo está a tres kilómetros…, una barrera infranqueable para mí.

 

Es verdad eso de que se desarrollan otros sentidos, por ejemplo, el del oído. Yo percibo una mayor gama de sonidos, me lo ha confirmado el otorrino. Es porque tengo que ir muy concentrada cuando voy por la calle para percibir la dirección en la que van los coches o cuando paran. Los semáforos. Dar las órdenes a Jevia. Hay que prestar mucha atención constantemente. No se puede hablar cuando vas con el perro guía, ni distraerle, ni jugar con él. Tampoco cuando caminas, orientada con el bastón blanco.

 

A veces pienso que todo esto es como una bromita que no te crees demasiado, pero que al final resulta que va en serio. No he perdido todavía la sensación de los colores. Aun sueño como si viera. Creo que tengo una realidad paralela. Me imagino cosas que estoy segura que no son reales porque me pierdo el contexto del lenguaje visual. Yo todavía lo tengo en la memoria. El lenguaje visual es muy grande. La información que nos entra por los ojos es el ochenta por ciento de toda la información. Cuando una persona habla, habla con sus manos, con su mirada, con su expresión facial, con su cuerpo, y yo todo eso me lo pierdo, y a veces meto la pata.

 

Hay ocasiones en que digo ¡Oye, que bien ha estado, que agradable! y se hace un silencio cómplice. Eso quiere decir que no ha estado tan bien como yo he percibido. Entonces los imagino mirándose unos a otros, alzando los hombros, azorados. Porque esta sociedad, el mundo entero, está diseñado para ser visto. Cada vez más. Vivimos en la era de la imagen. Las películas, que siempre alguien tiene que describirme las escenas; los ordenadores, las pantallas de televisión cada vez más gigantes, las indicaciones viarias y las señales de tráfico; el móvil, los vídeos y mensajes, el Whatshap, con la voz automática que traduce: “mujer lanzando un beso” “corazones palpitando” estrella con destellos”, que escuchados con dicción monocorde dan poca risa y tampoco inspiran demasiada ternura o romanticismo.

 

Creo que esto que me ha sucedido forma parte de esos auténticos problemas que a veces trae la vida. La gente crea complicaciones tremendas por cuestiones muy pequeñas, pero hay que saber apreciar lo que realmente tiene valor. Sé que ya nunca recuperaré la vista, que no hay vuelta atrás para estas gafas negras que me escudan, es verdad que por mucho que luche seguiré teniendo barreras, y conforme me hago mayor todavía serán más altas. Pero hay que seguir viviendo. Yo no tiro la toalla, nunca hay que hacerlo.

 

Consuelo Correcher es una valenciana que ahora reside en Santiago de Compostela, después de vivir unos años en Madrid ejerciendo su profesión de maestra. Fue un encuentro telefónico. Al final de la charla me ofreció ponerme en contacto con otros ciegos, algunos de nacimiento, o ir a la ONCE, acudir al comedor donde se reúnen, informarme de otras realidades, visitar a la trabajadora social. Le digo que no es necesario, que me interesa ella, su vida, sus vivencias, la lucha diaria por hallar su nuevo camino, su propia luz en la oscuridad. Tan solo eso he pretendido.

 

*Autor de Sueños de escayola

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