Turquía en la encrucijada

El futuro de Turquía resulta incierto tras el golpe de estado y la purga llevada a cabo por su presidente, Erdogan, que ha aprovechado para aumentar su poder

La actual República de Turquía ha recorrido un largo y tortuoso camino desde que Mustafa Kemal Atatürk la fundara en 1923, tras haber abolido el sultanato y el califato y haber logrado vencer, partiendo de unas condiciones pésimas del país tras la 1º Guerra Mundial, a las fuerzas de ocupación griegas que controlaban una parte importante de su territorio.

 

Esta victoria no fue casual, ya que Mustafa Kemal tuvo que echar mano de todo su genio como estratega militar y de grandes dosis de pragmatismo, renunciando a recuperar todos los territorios del difunto Imperio Otomano (incluyendo su propia Salónica natal, en la actual Macedonia griega) y centrándose en lo que se consideraba la cuna de la nación turca, la península de Anatolia. Logró involucrar en el esfuerzo de guerra a toda la nación y, en una lucha desigual y mal pertrechados, vencer y restaurar parte del orgullo nacional perdido.

 

Pero Atatürk fue mucho más que un líder militar, fue el Belisario que Turquía necesitaba para salir de la situación de atraso y decadencia que arrastraba y que le había valido el sobrenombre de "el enfermo de Europa". Estudioso incansable y con una visión global y a largo plazo, sentó el germen de un sistema democrático inédito en el mundo musulmán, y que serviría de inspiración posterior al movimiento panarabista de Nasser.

 

Las reformas no se circunscribieron únicamente a una democracia formal, sino que fueron integrales y afectaron, para bien, a toda la población. Atatürk dio derechos a las mujeres, a las que animaba activamente a acceder a la educación y al mercado laboral en igualdad con los hombres; llevó a cabo una depuración del idioma turco y la sustitución del alfabeto árabe por el occidental, adaptado y más acorde a la fonética turca; dio apellidos a sus ciudadanos; e inició la conocida como "revolución del sombrero", prohibiendo el antiguo fez y los turbantes y promoviendo una vestimenta realmente occidental.

 

Cierto es que hubo oposición a algunas de estas medidas e incluso muertos, y que el incipiente sistema democrático no tuvo verdaderas elecciones no tuteladas hasta 1950, pero ello no desmerece en absoluto el hecho de haber creado un país moderno, independiente y razonablemente estable; a pesar incluso de los cíclicos golpes de estado.

 

Sin embargo, si algo no cambia pronto, Turquía se encamina hacia un futuro incierto y posiblemente más gris. El intento de golpe de estado de julio de 2016 ha provocado hasta la fecha la mayor purga en la historia del país. No sólo se ha buscado detener y juzgar a los impulsores del golpe, sino que se ha aprovechado para, en el contexto de un estado de emergencia que dura ya dos años, intentar acallar cualquier disidencia política. Como lo definió el antiguo editor jefe del diario turco Cumhuriyet, "se trata de la mayor caza de brujas en la historia de Turquia".

 

Hasta la fecha, el número de personas afectadas por las purgas supera ampliamente las 100.000; muchas de ellas sin juicio ni acusación formal. Además de miembros de las fuerzas armadas, la limpieza se ha cebado con muchos trabajadores del poderoso e influyente sector público turco (jueces, fiscales, profesores de universidad...), sospechosos de ser simpatizantes de Fethullah Gülen, líder religioso con el que el AKP de Erdogan tuviera antaño una verdadera luna de miel. Con la ruptura, vino el desamor.

 

La popularidad obtenida por Erdogan tras el intento de golpe de estado fue aprovechada también en la polémica aprobación del referendum para reformar la Constitución turca de 2017. Formalmente se trataba de una cuestión de cambiar de un sistema parlamentario a un sistema presidencialista, pero con unos añadidos perversos: por un lado, permitiría a Erdogan esquivar la limitación de mandatos, al comenzar a contar de cero, y, por otro, le dotaría de amplísimos poderes, incluyendo control sobre el poder judicial, que sería cualquier cosa menos independiente.

 

Todo lo anterior es más que preocupante. Turquía es un país que, por su emplazamiento estratégico clave y por su particular historia y relación con Europa, debe ser tenido en consideración a la hora de planificar la política exterior europea, pero de modo coherente y defendiendo siempre los principios democráticos que nos caracterizan.

 

De momento, la actual represión desproporcionada en Turquía ha tenido como consecuencia la suspensión sine die de las negociaciones de adhesión y la emisión por parte del Parlamento Europeo de sendos textos en los que, recalcando la importancia de Turquía para la UE y la necesidad de que siga vinculada con Europa, entienden que no es posible ahora avanzar en este sentido ahora. En el mejor de los casos, hay quien opta ya por olvidar definitivamente la idea de la adhesión y centrarse en negociar un nuevo acuerdo de asociación.

 

Para hacernos una idea, cerca del 45% de las exportaciones turcas van destinadas a territorio europeo, así como el 4,4% de las europeas van a Turquía, siendo nuestro cuarto mayor mercado de exportación. Es además un país clave que sirve de tapón migratorio, aunque la UE debería replantearse a qué precio, para que no se produzcan de nuevo momentos tan vergonzosos como la de la crisis de refugiados sirios.

 

El futuro de Turquía está ligado al resultado de las primeras elecciones presidenciales que se celebrarán en 2019, si no hay adelanto electoral. Si Erdogan se perpetúa en el poder, nada apunta a cambios positivos en el corto plazo.

 

*Politólogo y graduado en Derecho

 

 

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